Por Pablo Cabañas Díaz
En México, los desarrollos tecnológicos se anuncian antes de existir y se defienden después de haber fracasado. Durante la pandemia, cuando la urgencia exigía decisiones técnicas verificables, se presentaron respiradores “hechos en México” como prueba de autosuficiencia productiva. Nunca alcanzaron la escala ni la eficacia prometidas. Poco después, la vacuna Patria fue elevada como emblema de soberanía sanitaria, investida de una carga simbólica que sustituyó al rigor científico. Llegó tarde, fue marginal y resultó irrelevante frente al esfuerzo internacional. No fueron episodios excepcionales ni errores atribuibles a la emergencia. Fueron los primeros ensayos visibles de un método político que convertiría a la tecnología en instrumento narrativo antes que en capacidad material.
Ese método reaparece con el proyecto Olinia. El automóvil eléctrico fue anunciado como si ya existiera. Se le asignaron fechas, precios y una misión histórica antes de contar con baterías viables, prototipos funcionales o líneas de producción. Se afirmó que estaría listo para el Mundial de Fútbol de 2026, como si la ingeniería industrial obedeciera al calendario simbólico del poder. Hoy, a meses de ese evento, no hay un prototipo verificable, no existe una planta industrial, no se ha presentado un cronograma técnico confiable ni un modelo de negocio mínimamente serio. En su lugar persiste un discurso triunfalista que sustituye la evidencia por la consigna.
No se trata de una falla administrativa ni de un tropiezo coyuntural. Es una forma de concebir la política tecnológica como extensión del discurso gubernamental. Se actúa como si la voluntad política pudiera sustituir a la competencia técnica, como si la industria surgiera por decreto y como si la ciencia fuera una rama subordinada de la retórica presidencial. Esta lógica, presentada como ruptura con el pasado, reproduce en realidad el más antiguo de los vicios del desarrollismo retórico: anunciar modernidad sin construir capacidades productivas.
La contratación de Rocketel —una empresa de telefonía celular sin experiencia en automoción ni electromovilidad— para conceptualizar y coordinar el proyecto sintetiza esa confusión. Cerca de seis millones de pesos fueron asignados mediante invitación restringida, sin licitación pública, sin metas técnicas exigibles y sin plazos verificables. No se encargó un automóvil; se encargó una idea de automóvil. No se exigió ingeniería; se financió una narrativa. El Estado no compró tecnología: compró tiempo discursivo.
Se prometió un vehículo con un precio inferior a los 150 mil pesos sin que exista un cálculo serio de costos, una cadena de proveedores definida, acuerdos con fabricantes de baterías o un esquema de comercialización viable. Las fechas se desplazan con ligereza —de 2026 a 2027, del primer trimestre al tercero— porque no hay nada concreto que defender. Cuando el objeto no existe, el calendario se vuelve flexible y la responsabilidad se vuelve abstracta.
Como ocurrió con los respiradores y con la vacuna Patria, el peso del fracaso comienza a desplazarse hacia las instituciones académicas. Se menciona al IPN, al Tecnológico Nacional de México y a los centros públicos de investigación como si la universidad pudiera suplir la ausencia de industria y corregir la improvisación estatal. Esta coartada es tan recurrente como cínica. La academia investiga, forma conocimiento y desarrolla capacidades; no sustituye cadenas productivas ni absorbe fracasos de diseño político. Cargarle esa responsabilidad es socializar el costo del engaño y reservar el discurso para el poder.
El subdesarrollo no es una carencia de talento ni de inteligencia técnica. Es una mala administración del conocimiento y del poder. Olinia lo confirma sin ambigüedades. México no carece de ingenieros, científicos o investigadores capaces; carece de una política que entienda que la innovación no se decreta, se construye. Se confunde soberanía con simulación, innovación con ocurrencia y ciencia con propaganda.
La tecnología no se mide por la grandilocuencia del anuncio ni por la épica del discurso, sino por resultados verificables. Cuando esos resultados no existen, el lenguaje se convierte en sustituto de la realidad y el poder exige confianza como compensación por la ausencia de hechos. Olinia no inaugura nada: prolonga un mecanismo ya probado.
La vacuna Patria fue presentada como respuesta científica a una crisis sanitaria global y terminó convertida en un emblema vacío. Olinia sigue el mismo camino, aunque en otro sector. Cambian los objetos —un biológico, un automóvil— pero no la lógica. Anunciar primero, fallar después y pedir fe mientras tanto. Ese no es un error coyuntural ni una desviación menor. Es un método de gobierno. Y mientras no se rompa, la ciencia en México seguirá atrapada en la misma promesa que se repite, se desgasta y finalmente se desvanece, dejando tras de sí desconfianza.
