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Pablo Cabañas Díaz
Según las Naciones Unidas, en 2015, México fue el segundo país con el mayor flujo de migrantes a nivel mundial ―12 millones en Estados Unidos, sólo superado por la India con 16 millones en el exterior, seguido por la Federación Rusa con 11 millones, China con 10, Bangladesh con 7 y Paquistán con 6 millones de personas residiendo en el extranjero.
La migración de centroamericanos con destino a Estados Unidos, a través de México, data de una larga historia. En los últimos años, los países de origen han sido predominantemente: El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Las estimaciones sobre la cantidad de personas, que cada año ingresan a México con la esperanza de llegar a la potencia del norte, van desde 150 mil hasta 400 mil migrantes (Organización Internacional para las Migraciones 2014), además no es fácil separar a los centroamericanos de quienes no lo son, como sudamericanos, caribeños, o incluso asiáticos y africanos.
Con las estadísticas del Censo de Estados Unidos, es posible lograr un mayor acercamiento a los cambios en la magnitud del fenómeno, esto es, a la cantidad de personas oriundas de Centroamérica que lograron llegar a la potencia del norte. Entre 1980 y el 2015, el número de inmigrantes centroamericanos pasó de 354 mil a 3 millones 385 mil, esto es un crecimiento de más de 10 veces en 25 años.
El grado de expulsión, sin contar a quienes se quedan en México o van a otros países, puede valorarse, comparando la cantidad de los centroamericanos que residen en Estados Unidos, respecto al total de la población de origen.
Según estimaciones del Pew Research Center, entre el 2007 y el 2015 la inmigración de origen hondureño aumentó 32%, la de guatemaltecos lo hizo en 31%, pero la de salvadoreños en 19%. Fueron 595 mil los inmigrantes de El Salvador en 1990, 1 millón 200 mil en 2007 y 1 millón 420 mil en 2015; los procedentes de Guatemala pasaron de 265 mil a 750 mil y 980 mil en los mismos años; mientras tanto, los originarios de Honduras registraron 115 mil, 480 mil y 630 mil, respectivamente.
A
 excepción de Panamá y Costa Rica, los países centroamericanos tienen una gran dependencia de las remesas, junto con Haití, Jamaica y República Dominicana en el Caribe.
Estados Unidos, por lo tanto, no necesita ni quiere una inmigración descontrolada, esto conlleva el establecimiento de políticas tendientes al aumento de las deportaciones, un cierre de su frontera con México y presiones cada vez más fuertes  para que restrinja el paso de migrantes en territorio nacional.
Los efectos de las políticas restrictivas sobre la migración centroamericana conllevan violaciones de derechos humanos. La política de Estados Unidos sobre México y Centroamérica, que enfatiza solo la seguridad, no incide en la reducción de los factores que propician la expulsión de personas de sus lugares de origen, y  no es tampoco  garantía de una disminución al mediano plazo del  tránsito de migrantes de forma permanente como viene ocurriendo desde los años ochenta del siglo pasado.

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