En el ocaso de su vida, José Saramago, hombre de convicciones inquebrantables y premio Nobel de Literatura, decidió trazar una línea roja frente a la Revolución cubana. Su ruptura en 2003 no nació del desprecio, sino de una lucidez dolorosa: comprendió que un proyecto emancipador que sacrifica la libertad de expresión por la disciplina militar deja de ser revolución para convertirse en tiranía. “Hasta aquí he llegado”, sentenció. Hoy, esa advertencia resuena con una vigencia inquietante frente a la política exterior de México bajo la administración de Claudia Sheinbaum, donde la nostalgia ideológica parece haber nublado el juicio sobre la realidad material de la isla.
La postura de México se escuda bajo los principios de soberanía y no intervención, pero detrás del velo diplomático existe un andamiaje financiero y energético que sostiene al régimen de La Habana. Según datos de la firma Kpler, México se consolidó en 2025 como el principal proveedor de crudo de Cuba, enviando un promedio de 12,284 barriles diarios. Este flujo no es un gesto simbólico; representa el 44% de las importaciones totales de la isla. Mientras Venezuela —histórico mecenas de la Revolución— reducía su apoyo por su propia implosión interna, México había ocupado ese vacío, incrementando sus envíos en más de un 50% respecto al año anterior.
Esta asistencia se daba en un momento de fragilidad extrema para México. Pemex, la petrolera estatal, arrastra una deuda superior a los 100 mil millones de dólares y enfrenta una crisis operativa sin precedentes. Resulta paradójico que un país con tales urgencias financieras subsidie la supervivencia de un sistema eléctrico cubano que, según su propia Oficina Nacional de Estadística, opera en niveles de colapso. En Cuba, el petróleo mexicano no se traduce en desarrollo, sino en un respirador artificial para un modelo que el Fondo Monetario Internacional proyecta con crecimiento cero para 2026, atrapado en una inflación de tres dígitos y una escasez de bienes básicos que asfixia a la población.
A la ecuación energética se suma la exportación de servicios profesionales. La contratación de más de 3,000 médicos cubanos en México opera bajo un esquema donde el Estado cubano retiene la mayor parte de los ingresos, fortaleciendo a los conglomerados empresariales controlados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Así, la cooperación mexicana no impulsa reformas estructurales en la isla; por el contrario, estabiliza la arquitectura del control militar.
Mantener esa política exterior como un dogma inamovible es ignorar que la lealtad sin crítica es una forma de complicidad. Al igual que Saramago, México debería entender que mirar a Cuba con los ojos del pasado impide ver el sufrimiento del presente. La “melancolía institucional” que hoy guía la relación bilateral confunde la solidaridad con el sostenimiento de un statu quo agotado. Si la política exterior no se ajusta a los datos y a la ética de los derechos humanos, terminará por traicionar los mismos ideales de justicia que dice defender. La responsabilidad de una política exterior no reside en alimentar mitos, sino en enfrentar las realidades con la honestidad que el futuro exige.
