OTRAS INQUISICIONES: México ante el espejo de sus ausencias

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Por: Pablo Cabañas Díaz

Como bien plantea el filósofo italiano Giorgio Agamben en su influyente obra Homo Sacer, la tragedia de la modernidad reside en la producción de una “nuda vida”: aquel ser humano reducido a su existencia biológica, despojado de todo estatus jurídico y, por tanto, susceptible de ser borrado sin que su desaparición constituya un hecho punible para el sistema. Agamben nos advierte que el poder soberano tiene la capacidad de situar a ciertos individuos en un “estado de excepción” permanente, donde la ley existe solo para excluirlos. Bajo este rigor analítico, la nación se enfrenta hoy a una estadística que no es solo numeralia, sino la cartografía de una soberanía que se desvanece en sus propios registros.

El reciente informe sobre la situación de personas desaparecidas en México constituye la confesión técnica de una fractura histórica que nos desangra desde hace décadas. Este documento, que abarca la memoria del país de 1952 a 2026, representa el intento burocrático por ordenar un caos que desborda las instituciones. Sin embargo, como señala el académico Gabriel Gatti en su estudio Desaparecidos, la desaparición no es solo la ausencia de un cuerpo, sino la destrucción de la identidad y del lenguaje que permite nombrarla. Bajo esta premisa, lo que subyace en las cifras expuestas por la autoridad es la radiografía de un sistema que permitió que la administración fuera el cómplice silencioso de la impunidad.

El informe destaca que, de las 132 mil personas desaparecidas, 46 mil 742 registros no cuentan con datos suficientes para iniciar una búsqueda real. Esta revelación es la apoteosis de la negligencia: el sistema recibió el grito de auxilio, pero aceptó apelativos y referencias vagas como “Juanito” o “La Niña” sin contexto alguno. Al negarle al 36% de las víctimas la estructura mínima de identidad, se les condenó a esa “nuda vida” agambeniana; una inexistencia jurídica que impide, incluso hoy, la apertura de carpetas de investigación formal.

Se enfatizó una división histórica entre los periodos de represión política y la violencia criminal contemporánea, pero los datos arrojan una luz cruda sobre la esquizofrenia de nuestras instituciones. El hallazgo de más de 40 mil personas que registraron actividad legal —matrimonios o trámites tributarios— años después de su reporte de desaparición, demuestra que la mano del Estado que recauda o vacuna ignora sistemáticamente lo que hace la mano que busca. Localizar a miles de personas simplemente cruzando bases de datos evidencia que el problema no siempre es la ausencia física, sino la falta de una inteligencia coordinada.

Frente a este escenario, las nuevas alertas y plataformas de identidad intentan restaurar el orden perdido. No obstante, la verdadera encrucijada no es tecnológica, sino ética. La centralidad de los colectivos de familiares en este proceso es la prueba de que las víctimas han tenido que suplir la abdicación de las instituciones. No se necesitan más leyes de papel, sino una voluntad que tenga el valor de mirar sus propias sombras y devolverle el nombre a quienes la desidia intentó borrar de la faz pública.

El informe es un punto de partida necesario, pero el abismo entre la norma escrita y la realidad de las fosas sigue siendo profundo. De los casos con datos completos que no muestran actividad alguna, solo una mínima fracción cuenta con una investigación formal. Aquí reside el núcleo duro de la tragedia; el espacio donde la justicia se detiene y la vida se vuelve una estadística permanente.

Una sociedad que normaliza la contabilidad de sus desaparecidos como si fuera un inventario de mercancías extraviadas ha renunciado a su fundamento ético. La desaparición no es un fallo técnico del sistema, es la negación radical de la alteridad; es el acto de convertir al otro en una nada administrativa para eludir la responsabilidad de su resguardo. Si la respuesta política se limita a la depuración de listas y al perfeccionamiento del algoritmo, estaremos asistiendo a una segunda desaparición: la de la verdad. En este laberinto de desmemoria, encontrar al ausente es el único camino para rescatar nuestra propia humanidad, hoy cautiva en la indiferencia de un gobierno que intenta contar el dolor sin sentirlo.

 

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