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OTRAS INQUISICIONES: Librería Zaplana : memoria en la Ciudad de México

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PABLO CABAÑAS DÍAZ

En el corazón bullicioso de la Ciudad de México, entre el ruido incesante y el vértigo urbano, persiste un lugar que se resiste a la fugacidad de la era digital: la Librería Zaplana. Fundada en 1945 por Andrés Zaplana, esta emblemática casa del libro fue, y aún es, un santuario para lectores, estudiantes y amantes de la cultura que buscan algo más que un simple volumen.

Zaplana no fue una librería más. Su oferta amplia, que abarcaba desde textos científicos hasta literatura y arte, rompió con la tradición del mostrador impersonal y distante. Como señala el escritor Adolfo Castañón, Zaplana instauró un contacto directo entre el lector y el libro, derribando la barrera entre vendedor y cliente. Era un espacio vivo, donde la palabra escrita se volvía accesible, donde el conocimiento no estaba vetado por precios inaccesibles ni muros invisibles.

La familia Zaplana, liderada por Andrés y más tarde por su hijo Andrés Zaplana Poulat, supo entender el papel vital que una librería podía tener en la vida cultural de la ciudad. Más allá del negocio, hubo un compromiso con la difusión de la lectura y el arte; incluso respaldaron proyectos editoriales independientes, como la revista El Cuento, que dejó una huella en la literatura mexicana de los años sesenta.

Hoy, la historia de Zaplana es también la historia de las librerías de viejo en la capital mexicana: espacios que sobreviven contra viento y marea, acosados por la crisis económica, la homogeneización cultural y la irrupción implacable de los libros digitales y las grandes cadenas comerciales. De las ocho sucursales que alguna vez florecieron, apenas quedan dos; pero esas dos, como testigos silenciosos, custodian la memoria de una época en que la ciudad respiraba con el olor de las páginas impresas.

La sobrevivencia de Zaplana es un acto de resistencia cultural. En sus anaqueles, entre libros gastados y ediciones raras, se guarda más que papel y tinta: se preserva el acto mismo de leer como ritual y encuentro, como experiencia colectiva y reivindicación de la diversidad intelectual.

En tiempos donde la palabra se dispersa en redes efímeras, donde el acceso al conocimiento se mide en clics y algoritmos, Zaplana nos recuerda que el libro sigue siendo un territorio para habitar con calma, un refugio contra la vorágine contemporánea. Que en la ciudad más grande del país, aún puede encontrarse un espacio donde la cultura se mantiene viva, contra todo pronóstico.

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