OTRAS INQUISICIONES: La pintura mexicana del siglo XXI: entre la memoria y el vértigo

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Por Pablo Cabañas Díaz

La pintura mexicana ha sido siempre un espejo turbulento de la nación. En el siglo XX fue épica, mural y pedagógica; quiso explicar al país, educarlo, narrarlo desde los muros. Hoy, en pleno siglo XXI, ese impulso no ha desaparecido, pero se ha fragmentado. Vivimos otra época: global, digital, incierta. Y el arte, como sismógrafo sensible, registra ese temblor.

La escena pictórica actual se caracteriza por una diversidad que desconcierta a los viejos manuales. Ya no existe una sola escuela ni un solo relato dominante. Conviven, a veces sin tocarse, la herencia del muralismo, el arte urbano, la pintura de caballete, la instalación y los lenguajes híbridos que vienen del diseño, el grafiti y las redes sociales. México dejó de mirarse únicamente a sí mismo y comenzó a dialogar —para bien y para mal— con el mundo entero.

En esa constelación destacan creadores como Flavio Martínez, conocido como Curiot, cuyas obras coloridas mezclan seres míticos, fauna imaginaria y símbolos del folclore nacional. Su pintura parece un códice posmoderno: hay ahí ecos prehispánicos, máscaras rituales y al mismo tiempo una estética cercana al cómic y al mural callejero. Algo semejante ocurre con Edgar Flores, Saner, quien ha construido un universo de personajes enmascarados que remiten a la cultura popular, a la lucha libre, a las fiestas de pueblo, pero reinterpretadas con un lenguaje contemporáneo y urbano.

Frente a esa corriente se sitúa Daniel Lezama, acaso uno de los pintores más sólidos de nuestro tiempo. Su obra, de gran formato y ambición narrativa, retoma temas históricos y nacionalistas con una mirada crítica y perturbadora. Lezama demuestra que la pintura figurativa sigue teniendo fuerza para interrogar al país, para incomodarlo incluso. No es un artista complaciente; es un cronista feroz de nuestras contradicciones.

Junto a ellos aparece una generación amplia y heterogénea: Luis Argudín, José Antonio Álvarez Morán, Antonio Gritón y muchos otros que exploran técnicas diversas, desde el realismo minucioso hasta la abstracción más libre. No hay un centro único. Hay archipiélagos creativos.

Lo interesante es que, a diferencia del pasado, la pintura mexicana ya no pretende dictar una verdad colectiva. Más bien expresa dudas, fracturas, preguntas. Aborda la violencia, la desigualdad, la globalización, la migración, la identidad sexual, la crisis ecológica. El país que antes se pintaba como promesa hoy se pinta como problema.

El arte urbano ha jugado un papel decisivo en esta transformación. Los muros de las ciudades se han convertido en galerías abiertas donde dialogan tradición y modernidad. Allí se reinterpreta el viejo muralismo, pero sin el tono doctrinario de antaño. Es un muralismo sin Estado, sin partido y sin consigna: un muralismo libre.

Sin embargo, permanece una constante: la búsqueda de lo mexicano. Aun los creadores más cosmopolitas regresan, de una u otra forma, a los símbolos, a los colores y a las obsesiones del país. La identidad sigue siendo el gran tema, aunque ya no como dogma, sino como interrogación.

La pintura mexicana del siglo XXI es, en suma, un territorio en disputa. No posee la unidad de los tiempos de Rivera, Orozco y Siqueiros, pero tiene algo quizá más valioso: pluralidad, riesgo, libertad. En esa diversidad late un México complejo que se resiste a ser reducido a una sola imagen

 

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