Por Pablo Cabañas Díaz
Hace cuarenta años murió Juan Rulfo (1917 –1986), y con él no se extinguió una voz, sino un silencio que sigue hablando. Su muerte, como su obra, fue una forma de permanencia: pocas páginas, una resonancia interminable. Recordarlo hoy obliga a volver a ese punto de origen donde la literatura mexicana del siglo XX se bifurcó con una nitidez casi simbólica.
Octavio Paz (1914 -1998) y Juan Rulfo nacieron casi al mismo tiempo, como si la historia literaria de México hubiese decidido engendrar, en un mismo gesto, dos conciencias destinadas a mirarse de reojo: uno desde el vértigo del verso, el otro desde la hondura silenciosa de la prosa. Entre 1914 y 1917 no sólo se cerró una década convulsa, sino que se abrió una fraternidad generacional que en los años cincuenta dividiría la literatura mexicana entre la respiración del poema y el murmullo de la novela. Se encontraron en 1953, cuando Paz regresó a un país que ya no era el mismo —ni él tampoco—, y durante un tiempo compartieron los rituales del reconocimiento: el Centro Mexicano de Escritores, El Colegio de México, las tertulias en la casa de Octavio y Elena Garro, esos días que Elena Poniatowska evocaría como un paréntesis luminoso, “los días felices de Octavio Paz”. Coincidieron también en Radio Universidad, como si la palabra necesitara entonces atravesar el aire: Paz con su Antología caprichosa, Rulfo con Novelas y novelistas de nuestro tiempo, dos maneras de ordenar el canon desde la voz.
Con el paso de los años, la cercanía se volvió distancia, una distancia que otros se empeñaron en llamar rivalidad. No hubo polémicas ni duelos públicos: Rulfo evitaba el ejercicio crítico y Paz prefería la reflexión al ajuste de cuentas. Sin embargo, la crítica construyó un teatro de oposiciones: el nacionalismo frente al cosmopolitismo, lo rural contra lo urbano, el compromiso histórico frente a una supuesta evasión estética. Pero esa escenografía se derrumba al leer con atención las palabras de Paz, siempre generosas, siempre lúcidas, cuando hablaba de Rulfo como uno de los fundadores de la nueva literatura hispanoamericana. En Pedro Páramo vio un diálogo de muertos, una novela hecha no de imágenes sino de sonidos, de ecos y murmullos; un lenguaje antiguo y universal, el idioma de quienes ya no tienen cuerpo. No era casual —decía— que el libro hubiera querido llamarse Los murmullos: ahí estaba su verdad profunda.
Lejos de cualquier conspiración, Paz elogió a Rulfo en 1959 como el escritor que había sabido escapar al corsé del realismo socialista; en 1960 celebró Pedro Páramo como una de las grandes novelas mexicanas del siglo, capaz de dialogar con D. H. Lawrence y Malcolm Lowry; en 1961 lo propuso para el Premio Formentor junto a Borges y Carpentier. Escribió sobre él en Vuelta y Letras Libres, rescató textos inéditos, lo leyó y lo hizo leer. Frente a las acusaciones de envidia —como las formuladas por Heriberto Yépez— quedan los hechos, que son también una forma de la literatura. Jorge Aguilar Mora, en La sombra del tiempo, lo entendió mejor: Paz y Rulfo se tocan en el nudo simbólico de la paternidad, en ese conflicto mortal por el origen y la identidad que atraviesa tanto al poeta como al cacique de Comala. Así, más que un desencuentro, lo que los une es una pregunta compartida: ¿de quién somos hijos cuando la historia y la muerte reclaman la última palabra? En ese interrogante, más que en cualquier disputa, se cifra la verdadera conversación entre Octavio Paz y Juan Rulfo.
