OTRAS INQUISICIONES: Gustavo Sainz y su vida inventada

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Por Pablo Cabañas Díaz

Diez años después de su muerte, Gustavo Sainz -quien murió el 26 de junio de 2015, en Bloomington, Indiana- ha vuelto. No con un nuevo libro —eso sería imposible—, sino con una entrevista inédita. Su hermano, José Luis, la grabó cuando el escritor ya tenía la memoria rota como una radio vieja que capta señales confusas. El texto, publicado este mes en la Ciudad de México como monólogo confesional, es más que una evocación: es un mapa sentimental del autor de Gazapo, el cronista salvaje del México que aprendió a decir groserías en voz baja.

Gustavo tenía una frase que soltaba entre risas y humo de cigarro: “Soy hijo de un rico abogado”. Era parte de su leyenda personal, como el Dsitrito Federal infinito de los años sesenta. Sainz se inventó un origen, una biografía paralela, porque entendía que en México la verdad estorba y la literatura salva.

Murió en Indiana. Muy lejos de la calle de Río Nazas, del Palacio de Hierro y de las redacciones de los suplementos culturales. A esas alturas ya no recordaba todo lo que había escrito. Ni falta que hacía: lo que importaba era el eco de su voz en los que lo leímos cuando éramos jóvenes, y creímos que Gazapo era un espejo roto donde por fin nos reconocíamos.

Publicada en 1965, Gazapo fue una patada en la puerta cerrada de la literatura mexicana. El lenguaje se desbordaba, los personajes hablaban como hablaban los adolescentes en el parque Hundido, en la Condesa, en el Metro. No había argumento. No había moraleja. Era puro vértigo. Era un diario íntimo sin nombres. Era, como escribió alguien, “una novela sin papá, sin reloj, sin corbata”.

Después vino La princesa del Palacio de Hierro, que no fue una continuación, sino una pirueta. Sainz abandonó la furia juvenil para flotar en una historia absurda y melancólica sobre una mujer que no era princesa ni vivía en un palacio. La ciudad ya no era el escenario: era la protagonista. Las calles hablaban, los anuncios titilaban, las conversaciones eran fragmentos de una sinfonía descompuesta. Era Fellini con acento defeño, era un cuento de hadas narrado desde la banqueta.

La entrevista publicada este año muestra a un Sainz cansado, disperso, dulce. Su hermano lo recuerda desorientado, sin saber si ya había escrito algo o si lo estaba imaginando apenas. “Ya no recordaba los libros, pero aún recordaba las risas”, dice José Luis. Y en ese detalle hay una clave: Sainz fue muchas cosas —novelista, periodista, profesor, errante—, pero sobre todo fue un hombre que entendía el poder de la carcajada.

Su obra, como su vida, siempre caminó por los márgenes. Hoy, una década después, sus novelas vuelven a circular entre jóvenes que ya no usan corbata, que siguen buscando sentido entre emojis y ausencias.

Porque Gustavo Sainz fue eso: un explorador de lo banal, un poeta de lo ridículo, un gazapo que se volvió clásico. Un hombre que convirtió el ruido de la ciudad en literatura. Y cuya voz, como la de un viejo amigo que no avisa pero llama, aún se escucha si uno afina el oído justo cuando empieza a oscurecer.

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