Por Pablo Cabañas Díaz
Asistimos, con esa perplejidad que solo la historia de México sabe infligir a sus observadores, a una escena que parece arrancada de la dramaturgia del absurdo: la entronización de Sergio Mayer Bretón en el recinto sagrado de San Lázaro. No fue aquel el desenlace de una batalla dialéctica ni el triunfo de una tesis social, sino el resultado de un obsequio cupular, una concesión graciosa de la representación proporcional que ha degradado la curul a la condición de un mero set de televisión. Es, en esencia, la victoria del homo videns sobre el ciudadano pensante, una capitulación ética donde el pragmatismo más gélido y calculador ha decidido, con un desparpajo que estremece, que el rating es un sustituto aceptable —y acaso más lucrativo— de la conciencia social y el rigor legislativo.
En esta comedia de equívocos, Rafael Barajas, el hombre que con el trazo fino de su lápiz supo diseccionar las miserias y los excesos del viejo régimen, ha terminado por edificar su propio laberinto de contradicciones. Al asumir la defensa de lo indefendible, el “Fisgón” no solo extravió la brújula de la autocrítica, sino que incurrió en la soberbia intelectual que suele aquejar a los guardianes del dogma cuando el poder los seduce. Calificar de “estupidez” el reclamo legítimo de la base, de esos miles de ciudadanos que aún creen, con una fe casi mística, que la política debe ser un ejercicio de dignidad y no un mercado de vanidades, constituye una fractura dolorosa en la columna vertebral del movimiento.
Intentar silenciar el disenso sobre el affaire Mayer fue un acto de autoritarismo que pretendía blindar una “virginidad cupular” ya irremediablemente mancillada por el cálculo electoral de corto plazo. Barajas, transformado involuntariamente en el pararrayos de las decisiones de Mario Delgado, aceptó sacrificar su histórico prestigio para justificar una aritmética de votos que, al final del día, carece de alma y de destino.
La historia, esa maestra implacable que no perdona la frivolidad, nos mostró el desenlace de esta deriva en febrero de 2026. Mientras la nación aguardaba con aliento contenido el debate de reformas estructurales que definirían el siglo, el diputado Mayer, con la ligereza de quien cambia de vestuario para un nuevo acto de vodevil, solicitó licencia indefinida para sumergirse en el encierro de un reality show. Fue el epitafio de una simulación: la curul, que en la tradición republicana es el altar de la soberanía popular, fue tratada como un accesorio desechable, una prenda de vestir que se deja colgada en el perchero mientras se acude al llamado de las cámaras. El legislador no eligió la tribuna para defender al pueblo; eligió el confesionario mediático para alimentar su propia imagen, dejando en claro que su compromiso nunca fue con la transformación del país, sino con la persistencia de su propio narcisismo.
Esta desviación ideológica ha dejado al movimiento en una encrucijada vital. El arribo de Luisa María Alcalde a la dirección se percibió entonces como el oxígeno necesario para detener una deriva que amenazaba con convertir al partido en una agencia de colocaciones para la farándula. Resulta de una ironía casi literaria que el suplente, Luis Morales Flores —un hombre cuya biografía se ha forjado en la brega diaria de la Central de Abasto—, fuera quien tuviera que asumir la responsabilidad que el titular despreció. Es la paradoja de nuestro tiempo: el pueblo real entrando por la puerta de atrás para limpiar el escenario que los “consagrados” dejaron vacío por un contrato televisivo.
Al final, el caso Mayer queda registrado como un síntoma de la fragilidad del pensamiento crítico frente a la tentación del poder. Cuando se manda callar a la base para proteger a un oportunista, se clausura la viabilidad ética de un proyecto. La política, si no es pedagogía y congruencia, termina siendo solo una variante del teatro; un teatro donde los ciudadanos terminan pagando la entrada con su propia esperanza defraudada.
