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Pablo Cabañas Díaz.

En 1916, el antropólogo Manuel Gamio publicó un libro cuyo título es Forjando patria, en el que reúne sus artículos periodísticos, ponencias y ensayos sobre el problema de la unidad cultural nacional. El libro fue redactado al calor de la Revolución Mexicana. Con la aparición de esta obra se inició el fortalecimiento del discurso del mestizaje, como base de la identidad nacional, en el siglo XX mexicano. Gamio elabora la visión del mestizaje heredada de los intelectuales porfiristas, al tiempo que buscaba comprometerse con la causa de los indígenas y no solo con el legado sobredimensionado de la arqueología del Porfiriato.

Gamio vuelve a formular el ideal, heredado del siglo XIX, de “forjar patria” al promover la unidad racial y cultural de la Nación, mediante la idea de que la mayoría de los mexicanos es  mestizo. El mestizaje es un discurso que corresponde a la transformación social de la Revolución Mexicana, reclamando la integración de la clase media y de los sectores populares, de los obreros y campesinos y de los indígenas.

Gamio plasma una nueva relación entre intelectuales y Estado, aplicando lo que hoy llamaríamos políticas públicas de inclusión, a partir de la idea del mestizaje que buscaba“integración” del indígena. Gamio aspiraba a la fusión racial y cultural de la nación por la vía del mestizaje, porque cree que la unidad racial es trascendental para el desarrollo nacional.

El mestizaje se identifica como la superación de las barreras de clase. También se aspira a “indigenizar” a las capas medias. Para lograr ese mestizaje integrador, sería imprescindible conocer el sustrato cultural. Desde el Estado-cree Gamio- es posible implementar esa política cultural de sutura, capaz de “indigenizar” a las elites y a los grupos medios. En este proceso, el antropólogo tiene una importante misión, porque puede abrir los ojos al pueblo indígena que se encuentra dormido.

Gamio en su trabajo antropológico buscó estudiar al campesinado indígena en el presente, diferenciándose de la visión que dominaba en el Porfiriato. Gamio nunca buscó un reconocimiento de los indígenas como sujetos políticamente activos, con capacidad de organización y de resistencia. Por el contario su proyecto fue el de conducir a la población indígena “desde arriba” por la nueva élite dirigente surgida de la Revolución. Para lograr esa misión integradora, Gamio cree que el antropólogo tiene la alta misión de ayudar al Estado en un proyecto de alfabetización masiva, dotar de escuela y difundir el arte indígena, a fin de crear la sensibilidad que permita un ascenso redentor del conjunto de la sociedad, hacia un modelo   homogéneo, predominantemente occidental, español y católico.

El proyecto de Gamio, es doblegar la diferencia indígena, para que ésta sobreviva dentro de lo mestizo, apenas como fondo. Por eso el arte que exalta lo indígena es importante ya que es una soldadura con la identidad nacional: porque permite acercar, en comunión, a sectores sociales diversos, unidos por una experiencia estética compartida. Gamio promueve una continuidad “natural” entre el arte prehispánico y el occidental contemporáneo. De allí la importancia en “Forjando Patria” del capítulo “La obra de arte en México”, en donde Gamio diseña toda una galería del arte precolombino.

El mestizaje en América Latina durante la primera mitad del siglo XX, para sensibilizar a los lectores acerca de esta estética, e incluso sugiriendo su proximidad potencial respecto del arte de vanguardia. Aquí la meta es adecuar el gusto de las capas medias, para suturar la nación por la vía del arte por tanto cuando indígenas y capas medias tengan el mismo arte, “estaremos culturalmente redimidos”. El mismo trabajo llevado a cabo con el arte se despliega en torno a la religión: en el capítulo “Nuestros católicos”, Gamio intenta familiarizar al lector urbano sobre el sentido trascendente de las antiguas religiones indígenas, subrayando además la compatibilidad general entre el catolicismo y el paganismo indígena, aunque también reactualice viejos tópicos del discurso evangelizador, reponiendo jerarquías típicas del evolucionismo, más fáciles de suspender en el abordaje del arte.

El elogio del mestizaje como conciliación superadora de los antagonismos se despliega en todos los planos del ensayo, incluso frente a las identidades de género: Gamio postula que el sujeto femenino ideal para “forjar patria”, moldeando la “viril” raza mexicana, es la mujer “femenina”, punto medio entre los modelos antitéticos de la mujer “sierva” (asociada al servilismo indígena) y la mujer “feminista”, ligada al peligroso ideal extranjero de la emancipación. Esta advertencia sobre el riesgoso feminismo anglosajón, así como también la dura crítica al avance del protestantismo cuando analiza el mestizaje religioso. Una visión que hoy es en extremo polémica, en una sociedad , que reconoce y acepta  la diversidad religiosa.

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