El Oro de Moscú es uno de los episodios más controvertidos de la Guerra Civil Española (1936-1939). Se refiere al traslado de 510 toneladas de oro —equivalentes al 72,6 % de las reservas totales del Banco de España en ese momento— desde Madrid hacia la Unión Soviética, entre octubre y noviembre de 1936.
España poseía entonces la cuarta reserva de oro más grande del mundo (alrededor de 708 toneladas en total al inicio de la guerra), custodiada principalmente en el Banco de España en Madrid. Con el avance rápido de las tropas sublevadas hacia la capital y el temor a que cayera en manos franquistas, el gobierno de la Segunda República —presidido por Francisco Largo Caballero (PSOE) y con Juan Negrín como ministro de Hacienda— decidió proteger y utilizar ese tesoro para financiar la guerra.
El 13 de septiembre de 1936 se firmó un decreto reservado (aprobado por el Consejo de Ministros y firmado por el presidente de la República, Manuel Azaña) que autorizaba a Negrín a trasladar las reservas “al lugar que estimase de mayor seguridad”, sin limitaciones. Negrín impulsó la idea de depositarlo en la URSS, el único país dispuesto a proporcionar armamento masivo a la República en medio del bloqueo de las democracias occidentales (por el Pacto de No Intervención).
El oro se trasladó en secreto: primero por tren de Madrid a Cartagena (octubre 1936), luego embarcado en cuatro buques soviéticos (Kim, Kursk, Nevá y Volgolés) rumbo a Odesa, y finalmente a Moscú, custodiado por la NKVD. Entre 1937 y 1938, la URSS vendió progresivamente 473 toneladas para pagar armas, municiones y suministros enviados a la República (tanques T-26, aviones, artillería). El coste total estimado de la ayuda soviética ronda los 750 millones de dólares de la época, similar al gasto franquista financiado por créditos de Alemania e Italia.
El régimen franquista convirtió el episodio en propaganda: lo presentó como un “robo” o “regalo” de Negrín a Stalin, acusando al gobierno republicano de traición y sumisión al comunismo. La expresión “Oro de Moscú” se popularizó en la posguerra como símbolo de expolio y corrupción, y se usó incluso en la Guerra Fría para descalificar a comunistas occidentales como “a sueldo de Moscú”.
Sin embargo, historiadores contemporáneos (basados en archivos soviéticos abiertos en 1991 y documentos republicanos, como los entregados por los hijos de Negrín en 1956 al régimen franquista) coinciden en que no fue un robo: el oro se entregó voluntariamente, se gastó en su totalidad en la guerra (con comisiones y sobreprecios soviéticos que beneficiaron más a la URSS), y las operaciones fueron aprobadas por el Consejo de Ministros y las Cortes. El resto del oro (193 toneladas) se envió a Francia (“Oro de París”) y se cambió por divisas.
En el siglo XXI, el debate persiste: para unos, fue una decisión desesperada y pragmática ante la falta de alternativas; para otros, un error estratégico que hipotecó la soberanía económica y fortaleció la influencia soviética en la República. No hay relación directa con el tesoro del yate Vita (joyas, reliquias y objetos incautados enviados a México en 1939 por Negrín para financiar el exilio), aunque ambos episodios comparten a Negrín como figura clave y alimentan narrativas de expolio republicano del patrimonio nacional.
El “Oro de Moscú” no regresó nunca: se evaporó en la guerra, dejando una herida económica en la España de posguerra y un mito que aún divide opiniones sobre la República, el comunismo y la gestión del patrimonio en crisis.
