Por Pablo Cabañas Díaz
El deterioro de las escuelas primarias mexicanas ha dejado de ser un problema administrativo para convertirse en un síntoma estructural de un Estado que ha optado por gestionar la precariedad en lugar de revertirla. Las cifras oficiales no esconden la crisis: la hacen visible. Más de 54,662 escuelas sin agua potable y 25,890 sin electricidad configuran una geografía del abandono que desmiente cualquier narrativa de progreso. En ese contexto, el maestro percibe en promedio 7,140 pesos mensuales, una cantidad que no sólo resulta insuficiente para vivir, sino que revela una desvalorización sistemática de su papel en la vida pública. La educación primaria, lejos de ser prioridad, se ha convertido en un espacio residual dentro de la política social.
Hace medio siglo, la escuela primaria era concebida como el cimiento de la República. El aula no era únicamente un espacio de instrucción, sino un lugar de integración nacional y de movilidad social. Hoy, esa función ha sido desplazada por una lógica de contención: mantener a los niños dentro del sistema el mayor tiempo posible, aunque ello no implique aprendizaje significativo. La caída del poder adquisitivo del magisterio es ilustrativa. Para equiparar el ingreso de 1976, un docente necesitaría percibir cerca de 33,000 pesos actuales. La distancia entre esa cifra y la realidad no es una anomalía, sino el resultado de decisiones políticas que han precarizado la profesión hasta convertirla en una actividad de subsistencia.
El estado físico de las escuelas confirma esta tendencia. La falta de servicios básicos no es un rezago aislado, sino la expresión de una política sostenida de desinversión en infraestructura. A ello se suma la brecha digital: la mayoría de los planteles carece de conectividad y de herramientas tecnológicas suficientes, lo que coloca a millones de estudiantes en una posición de desventaja estructural frente a un mundo cada vez más digitalizado. La escuela pública, en lugar de compensar desigualdades, las reproduce desde su propia precariedad material.
En este entorno, la deserción escolar en primaria comienza a adquirir una relevancia que durante años fue minimizada. Aunque las cifras oficiales sostienen que 95 de cada 100 niños concluyen este nivel, la realidad es más compleja. La pérdida acumulada de cerca de un millón y medio de estudiantes en educación básica durante el presente sexenio evidencia una fractura en la capacidad del sistema para retener a su población. En primaria, esta deserción no siempre se presenta como abandono definitivo, sino como ausentismo prolongado, rezago o trayectorias intermitentes que terminan por erosionar el aprendizaje. Cada niño que abandona —temporal o permanentemente— representa un indicador de que la escuela ha dejado de ser un espacio significativo frente a las presiones económicas y sociales del entorno.
La respuesta institucional ha sido, en gran medida, reforzar los mecanismos de permanencia a través de transferencias monetarias. Programas como la Beca Rita Cetina han incrementado sustancialmente su presupuesto, bajo la premisa de que el incentivo económico evitará el abandono escolar. Sin embargo, este enfoque revela una limitación de origen: se asume que la permanencia física equivale a aprendizaje, cuando en realidad ambos fenómenos pueden disociarse. El alumno permanece, pero no necesariamente aprende; asiste, pero no se apropia del conocimiento. Así, la política educativa se transforma en una operación estadística donde lo importante es la cifra de inscritos, no la calidad de los egresados.
El problema se agrava al observar el nivel de inversión. México destina alrededor del 3.2% del PIB a la educación, con un gasto por alumno que ronda los 3,513 dólares anuales, muy por debajo de los estándares internacionales. Esta limitación no sólo afecta la infraestructura, sino también la formación docente, los materiales educativos y la capacidad de innovación pedagógica. Sin recursos suficientes, la escuela primaria queda atrapada en un modelo de baja intensidad que difícilmente puede responder a las exigencias contemporáneas.
Los resultados en aprendizaje confirman el deterioro. Una proporción significativa de estudiantes no alcanza niveles básicos de comprensión lectora, lo que compromete su desarrollo futuro y limita sus posibilidades de integración social. La escuela, en lugar de ser una herramienta de emancipación, se convierte en un espacio de certificación mínima, donde se acredita el paso por el sistema sin garantizar la adquisición de habilidades fundamentales.
En este contexto, la deserción en primaria deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en un síntoma de un problema más profundo: la pérdida de sentido de la escuela como institución. Cuando el aula no ofrece condiciones materiales dignas, cuando el maestro sobrevive en la precariedad y cuando el aprendizaje pierde relevancia frente a la urgencia económica, el abandono —explícito o encubierto— se vuelve una respuesta racional. No es el estudiante quien falla al sistema; es el sistema el que ha dejado de ofrecer razones para permanecer en él.
El naufragio de la escuela primaria mexicana no es, por tanto, un accidente inesperado. Es el resultado de una acumulación de decisiones que han desplazado la educación del centro de la agenda pública. Mientras se privilegien soluciones de corto plazo y se pospongan las transformaciones estructurales, la deserción continuará avanzando, no siempre en forma visible, pero sí en sus efectos. Lo que se pierde no es únicamente matrícula escolar, sino la posibilidad misma de que la educación cumpla su función histórica: formar ciudadanos capaces de comprender y transformar su realidad.
