OTRAS INQUISICIONES: El cura y el falsificador

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Pablo Cabañas Díaz

Se hacía llamar Enrico de Sampietro, pero su nombre verdadero era Alfredo Héctor Donadieu de origen francés, el cual, desde joven, mostró dotes en la réplica de documentos. Antes de llegar a ser Enrique de Sampietro, nombre que le tocó sólo en su última etapa, se llamó Adrián Dreesky; André Alfred de Villa, Henry Alfred Rey; Adrián Harles Delmont y tantos otros nombres que le sirvieron a Donadieu o Sampietro para salvar su vida y continuar, de nueva cuenta, en el mundo del delito, del que nunca pudo zafarse.

 

Además de falsificar papel moneda en varios países y de fugarse de la isla del Diablo en la Guayana Francesa, estuvo al servicio de Benito Mussolini en Italia. Pisó suelo mexicano y se dedicó a falsificar cheques de viajero y dólares. Atrapado por la policía, fue internado en Lecumberri, lugar en el cual conoció al padre  José Aurelio Jiménez Palacios. Buscando que la vida no le resultara pesada, el padre Jiménez dirigía una fábrica de cerveza en la cual trabajaban un número importante de personas. Sus clientes: los alrededor de cuatro mil reos de Lecumberri. En su celda tenía un pequeño altar, y a diario celebraba una misa para sus compañeros de prisión. Qué fue lo que unió a un sacerdote católico y a un aventurero con dotes de falsificador. Posiblemente, su odio al gobierno de Lázaro Cárdenas que, a su juicio, continuaba atacando la religión católica, impulsaba la educación socialista, expropiaba la industria petrolera y las grandes haciendas, entre otras cosas. Para ambos, todo ello era la mejor prueba de la inminente implantación del comunismo en México.

 

El padre Jiménez y Sampietro intercambiaron puntos de vista y la coincidencia fue total. No hubo mayores divergencias. Como al falsificador le incomodaba su encierro, anhelaba estar fuera del penal, y sin tapujos lo pregonó a los cuatro vientos, y la oportunidad no tardó en llegar. Fue sacado por los propios correligionarios del sacerdote, por la sociedad secreta conocida como La Causa de la Fe, dirigida por Ricardo T. Orendáin, un cristero de vieja alcurnia, embriagado por el dinero fácil y abundante.

 

Sampietro, dispuesto siempre a jugarse la vida con tal de conquistar la libertad, aceptó hacer trato con uno de los autores intelectuales de la muerte de Álvaro Obregón. El sacerdote Jiménez, quien en su momento había bendecido la pistola con que León Toral asesinó al General Obregón. Jiménez le ofreció a Sampietro la libertad, a cambio de falsificación de billetes, transacción que aceptó .

 

Una vez en la calle, Sampietro se escondió en innumerables sitios; su perseguidor y captor fue Alfonso Quiroz Cuarón. Siete años trató en dar con este artista de la falsificación. Finalmente entró a prisión en la que purgó su condena total y, en 1961, libre, fue expulsado de México. En esos años en que purgó su condena, Sampietro-Donadieu se hizo amigo de Quiroz Cuarón, éste descubrió en el artista una gran capacidad de lucidez y una excelente memoria y lo instó para que escribiera sus vivencias. Así fue como en la cárcel nació el libro de Sampietro: “Memorias de un Falsificador”.

 

El libro es ameno de principio a fin, uno no quiere abandonarlo hasta no leer la última página. En todos sus capítulos, Sampietro deja ver a un hombre amante de la emoción: Dispuesto arriesgar la vida y la seguridad: solitario, inteligente, amante de la buena vida, y, a la vez, arrepentido por sus faltas, amigo leal, tierno, caballeroso, solidario.

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