OTRAS INQUISICIONES: El bandido y la literatura

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Pablo Cabañas Díaz

En la literatura mexicana del siglo XIX, -señala la investigadora María Zalduondo de la Bluefield University -, ·la figura del bandido surge como un tema de fascinación e interés. Pero el bandido mexicano no es celebrado como el bandido social a la Robin Hood que describiría para el caso europeo. Para los autores mexicanos el bandido es un desafío al orden económico, social y político que el estado lucha por retener. Es un criminal vinculado por interés a la élite y que tiene aspiraciones a ser parte de ella. Más allá de ser una curiosidad histórica o articulación romántica, la construcción literaria del bandido mexicano a finales del siglo diecinueve apunta a una estrategia por parte de los autores de incriminar, de descubrir lo encubierto. La sociedad que se destapa en estas narrativas en una frontera borrosa entre la legalidad y criminalidad, entre lo legítimo e ilegítimo.

El bandido se convierte en un lenguaje figurado para la tensión entre el orden y el desorden que reinaba durante el porfiriato, período en que se escriben estas novelas. Entre las novelas incluidas en este estudio se encuentran La hija del bandido o los subterráneos del Nevado (1887) de Refugio Barragán de Toscano (1845-1916) y El bandido republicano (1889) de Juan S. Castro (¿-?). Ambas novelas fueron publicadas en Guadalajara y han pasado inadvertidas porque, entre otras razones, no surgen del centro cultural de la capital de México, desde donde los letrados conscientemente se proponen escribir una literatura nacional.

Zalduondo revela que las novelas de Castro y Barragán de Toscano nunca han sido analizadas por críticos literarios aunque compartan con otras novelas como El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) y Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno (1810- 1894) un tema: el bandido como figura ambigua que se desborda entre categorías de legitimidad y criminalidad. En las novelas de Castro y Barragán la figura del bandido funciona como lenguaje figurado que señala una resistencia al lema de “orden y progreso” que se propaga durante el porfiriato. Los límites que separan el discurso de autoridad y el de marginalidad son borrados y esto se convierte en una situación social que surge como tema recurrente en las novelas de estos autores.

 

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