Por Pablo Cabañas Díaz
En la Ciudad de México de 1957, durante la presidencia de Adolfo Ruiz Cortines y en plena época de modernización urbana, un sacrilegio sacudió a la sociedad capitalina. José Valentín Vázquez Manrique, conocido como “Pancho Valentino”, un ex torero y luchador profesional de 28 años, se convirtió en el protagonista de uno de los crímenes más notorios de la década. Apodado “el matacuras” por la prensa sensacionalista, Valentino lideró un asalto fallido a una parroquia que terminó en asesinato, reflejando los temores de una ciudad en expansión donde la delincuencia urbana comenzaba a infiltrarse en barrios de clase media como la colonia Roma. Este caso, cubierto exhaustivamente por periódicos como La Prensa y El Universal Gráfico, simbolizó la colisión entre la fe católica arraigada en México y la marginalidad de personajes del bajo mundo.
Pancho Valentino, originario de la Ciudad de México, había intentado carreras en el toreo y la lucha libre, destacando en arenas como la México, pero su vida derivó en la delincuencia por ambición y pobreza. Vividor nocturno, golpeador de mujeres y padre de un hijo de seis años, soñaba con riquezas rápidas. Junto a un grupo de cómplices –incluyendo a Ricardo Barbosa (autor intelectual, ex torero), Pedro Vallejo (“El México”), Pedro Linares (“El Chundo”), Rubén Castañeda Ramos (ex boxeador), Roberto Barrios Ulloa y Ricardo Ángeles García (carteristas)– planeó robar una supuesta fortuna en la casa parroquial adjunta a la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, en la calle Chiapas. El objetivo era el padre José Moll, un sacerdote portugués aficionado al toreo, quien se rumoraba guardaba un millón de pesos de limosnas. Sin embargo, Moll estaba de vacaciones, y la víctima resultó ser su compañero, el sacerdote español Juan Fullana Taberner, párroco teatino de 58 años.
El crimen ocurrió la noche del 9 de enero de 1957. Inicialmente planeado para Nochebuena de 1956 con disfraces (Valentino como médico), se pospuso y ejecutó con entrada forzada tras el último rosario. Valentino y sus cómplices irrumpieron en la casa, ataron a Fullana con alambre, lo golpearon brutalmente con varillas de hierro y lo estrangularon para silenciarlo. El sacerdote resistió, lo que escaló la violencia: recibió múltiples golpes en la cabeza, un pañuelo en la boca y un alambre en el cuello. Robaron solo una pequeña suma en efectivo, objetos litúrgicos y una imagen dañada de la Virgen de Fátima, interpretado como un acto de profanación. Los ladrones huyeron en un Buick, dejando el cuerpo en un charco de sangre.
El descubrimiento se produjo la mañana siguiente, cuando niñas vecinas entraron para la comunión y alertaron a un sastre local. La policía judicial, bajo el Servicio Secreto, inició una investigación frenética. Hipótesis iniciales apuntaron a un joven de 17 años, pintores o familiares de una estafadora denunciada por Fullana, pero pistas como el Buick con placas 10-00-24 y objetos robados vendidos en Tepito llevaron a los culpables. La prensa filtró detalles, generando una cacería nacional. Los primeros arrestos fueron de encubridores como María García Martínez; Barbosa cayó el 17 de enero. Valentino, fugitivo por Hidalgo, fue capturado el 26 de enero, y Vallejo en octubre en Ciudad Juárez. Durante interrogatorios, Valentino se exculpó inicialmente, culpando a sus cómplices, pero confesó su rol en el “aletargamiento”, alegando pobreza y desigualdad social, citando poemas y criticando a la Iglesia.
El juicio atrajo multitudes furiosas, con intentos de linchamiento. Valentino, elocuente y cínico ante los jueces, fue condenado a 20-33 años de prisión, cumpliendo en Lecumberri y luego en las Islas Marías. Sus cómplices recibieron penas similares. El caso no solo expuso la ineficacia policial en una era de urbanización acelerada, sino que alimentó la nota roja, construyendo a Valentino como un “gran criminal” fascinante: ateo, pachuco y símbolo de la amenaza periférica. Inspiró crónicas literarias y persistió en la memoria colectiva como un recordatorio de la vulnerabilidad incluso en espacios sagrados, en un México católico donde el sacrilegio era imperdonable. Este suceso resaltó las tensiones sociales de los años 50: desigualdad, migración urbana y el auge de la delincuencia organizada. Pancho Valentino permanece como ícono de la criminalidad sensacionalista, un luchador caído en la oscuridad.
