OTRAS INQUISICIONES: Díaz Ordaz: 1968 y la política

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Pablo Cabañas

Ante un Congreso de la Unión que le brindaba prolongados aplausos, el entonces presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, asumió durante la lectura de su quinto informe de gobierno, el 1 de septiembre de 1969, su responsabilidad en la matanza del dos octubre de 1968. “Asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política histórica, por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”, dijo ante la Cámara de Diputados y en respuesta obtuvo un minuto y tres segundos de aplausos.Díaz Ordaz, entendía el ejercicio del poder como el sometimiento del otro. Su carrera política se la debía al cacique poblano, Maximino Ávila Camacho quien lo impulsó en la administración pública, pero también le hizo ver que humillar era escencial en la política.
Maximino, fue su padrino político, primero, al nombrarlo vicerrector de la Universidad de Puebla, y luego, como secretario de Gobierno en la administración del gobernador Gonzalo Bautista Castillo, sucesor de Maximino. Más tarde, una vez muerto Maximino, tuvo el respaldo de Adolfo López Mateos, de quien fue secretario de Gobernación, su mano derecha, negociador en su ausencia y virtual sucesor. Las personas que le fueron cercanas han dicho que era obsesivo con la disciplina y el orden que, día con día, mantenía hasta los mínimos detalles controlados, y ponían como ejemplo que incluso su ropa, estaba inventariada por él mismo
De joven, fue pobre, huérfano y tuvo que soportar penosas humillaciones, como aquella en que Maximino le hizo al nombrarlo presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje, reconociéndole como un incondicional desde el momento en que había declarado culpables de abandono de empleo a 30 mil obreros inconformes, algunos de los cuales habían marchado a la ciudad de México a protestar por un fraude electoral, y que los perdedores, Gilberto Bosques y Lombardo Toledano, denunciaron ante el presidente Lázaro Cárdenas sin ningún resultado.
Díaz Ordaz fue el último presidente cuando todavía había la creencia de que México estaba cerca de la modernidad. La figura de Díaz Ordaz se exaltó hasta la exageración. El presidente mismo se definía como  “siervo de la nación, la voz del pueblo, y voz de México”, el Estado, era en ese momento, por sobre todas las cosas, la imagen, la voz y la presencia del presidente de la República. Desde el momento en que hizo su juramento como presidente en 1964, impregnó en todos sus actos una ideología conservadora, a la cual asoció un moralismo cerrado, autoritario y reaccionario.
En su Primer Informe a la Nación, en 1964, que tituló “Mensaje del Primero de diciembre”: Explicaba: “Mi pueblo ha puesto su confianza en mí y sé muy bien que mucho demandarán; soy consciente de la enorme responsabilidad que asumo”. Díaz Ordaz llegó al extremo de expresar: “Mi voz es la de un mexicano típico, como hay muchos; sin embargo, el voto, expresado libremente por mi pueblo, me hacer ser, también, la voz de México. Esta era la idea del poder que tenía Díaz Ordaz. Los resultados de este estilo de gobernar lo sufrieron 49 millones de mexicanos que era la población que había en su sexenio.

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