OTRAS INQUISICIONES Del Imperio de la Ley al Estado de Voluntad

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Por: Pablo Cabañas Díaz

El reloj de la democracia mexicana parece haber detenido su marcha en una hora de penumbra. Lo que hoy atestiguamos no es un cambio, sino una transmutación real del poder: el tránsito del Estado de Derecho —ese dique de la Ilustración contra la barbarie— hacia un Estado de Voluntad, donde la norma no es sino el eco dócil de un monólogo centralizado desde la cúspide. Habitamos una penumbra institucional donde el lenguaje ha extraviado su brújula y la Constitución se revela vacía ante la marea de la narrativa presidencial.

Esta metamorfosis tiene una explicación gélida y racional en la obra de Bruce Bueno de Mesquita —académico de Nueva York y Stanford, experto en teoría de juegos—, quien nos advierte que el poder no busca el bienestar común por romanticismo, sino su propia supervivencia mediante la gestión de círculos de lealtad. Según su teoría, los regímenes que derivan hacia el autoritarismo sobreviven reduciendo su «coalición ganadora». En México, este proceso se traduce en el desmantelamiento de los contrapesos para alimentar a un grupo pequeño de fieles con beneficios privados, sacrificando en el altar de la política los bienes públicos más elementales.

La Reforma al Poder Judicial se erige como el asalto final a la división de poderes. Al pretender que jueces y magistrados nazcan del sufragio y no del saber técnico, se fractura la independencia indispensable de la justicia. No se busca democratizar, sino asegurar que el juzgador no mire al Código, sino al termómetro de la aprobación oficial. El ciudadano queda así «huérfano de amparo», transformado de sujeto de derechos en un simple recurso de intercambio en la aritmética del mando.

Bajo esta lógica, México atraviesa una metamorfosis donde la ley no es un resguardo de la libertad, sino un instrumento de dominación. Mientras el discurso oficial celebra una soberanía recuperada, la realidad empírica narra una tragedia que la propaganda no puede ocultar. Los datos del INEGI revelan una herida abierta: la cifra negra de delitos no denunciados alcanza un pavoroso 92.4%, mientras que el 73.6% de la población camina con miedo en su propia ciudad. El Estado ha decidido privilegiar la supervivencia del grupo en el poder sobre la seguridad de sus gobernados.

Esta debilidad no es una carencia de fuerza, sino una anemia institucional deliberada. La vulnerabilidad digital del país, expuesta con la filtración masiva de 2.3 terabytes de información sensible que afectó a 25 instancias gubernamentales en este inicio de 2026, demuestra que la centralización no ha corrido a la par de la protección técnica. Con más de 41 mil millones de ciberataques anuales, México es el epicentro de una guerra híbrida donde el régimen se muestra capaz de estigmatizar al disenso, pero incapaz de blindar sus propios secretos. Es la paradoja del autoritarismo contemporáneo: un gigante con pies de barro que vigila hacia adentro pero se desmorona ante el asedio externo.

La soberanía se disuelve en un mapa de control territorial fragmentado, donde el crimen organizado ha dejado de ser un fenómeno delictivo para convertirse en un sistema de gobernanza paralelo. Con grupos presentes en el 75% del territorio, el Estado no es quien garantiza el orden, sino quien lo observa con impotencia desde el balcón de la retórica. Esta erosión impacta ya en la viabilidad del desarrollo; instituciones como el FMI y la OCDE advierten que la inversión productiva requiere tribunales imparciales, ajenos a los vaivenes de la popularidad.

Finalmente, el uso de los aparatos de comunicación para invalidar la inteligencia crítica choca con la terca realidad de la violencia: el 73% de reprobación al manejo del crimen organizado sugiere que la propaganda tiene un límite infranqueable. México se encuentra en un estado de excepción institucional donde la arquitectura del poder se revela en el silencio de los contrapesos. Como bien apunta Bueno de Mesquita, la diferencia entre una democracia y una autocracia no es la bondad del líder, sino a cuántas personas debe rendir cuentas para no caer. En este Estado de Voluntad, el círculo se ha cerrado. La historia nos enseña que cuando la norma es solo el ropaje de la voluntad, la justicia calla y la libertad se convierte apenas en un eco lejano.

 

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