OTRAS INQUISICIONES: “Curandero-charlatán”

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Pablo Cabañas Díaz-
En el año 2018, la investigadora Claudia Agostoni, del Instituto de Investigaciones Históricas, publicó un artículo que lleva por titulo : “Ofertas médicas, curanderos y la opinión pública: el Niño Fidencio en el México posrevolucionario”, en este texto señala que en 1947 se presentó en la ciudad de México el libro : “El problema social y legal del charlatanismo”. Su autor, Francisco González Castro, era al momento de escribir esa obra secretario  general  de  la  Universidad  Nacional  Autónoma  de  México.  González Castro,  dedicó una parte de  su  estudio  a  denunciar  y  cuestionar  la  enorme  popularidad  que  había gozado José Fidencio Constantino Síntora (1898-1938), mejor conocido como el Niño Fidencio. En los años cuarenta, médicos, autoridades estatales y federales de salud, al igual que González Castro, calificaron a Fidencio como un “fraude médico” y como un “curandero-charlatán”.
Fidencio formó parte del mundo de la medicina popular, plural y profundamente religiosa que prosperó entre 1880 y 1940 en los estados del norte de México: Baja California, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Sinaloa, Sonora y Tamaulipas, al igual que en Arizona y el sur de Texas, Estados Unidos. En esa vasta región del país, “alejada de los espacios e imágenes religiosas tradicionales” y carente de servicios médicos y asistenciales, se registró un flujo masivo de migrantes procedentes de muy diversos estados del país, debido a la ampliación de las líneas de ferrocarril en Estados Unidos y su comunicación con los ferrocarriles de México. Los fenómenos migratorios, de los años 20 y 30 del siglo XX, generaron profundas transformaciones demográficas, laborales, religiosas y culturales, posibilitaron la confluencia y renovación de múltiples prácticas médicas, curativas y asistenciales y fortalecieron y popularizaron un sinfín de devociones religiosas en ambos lados de la frontera México-Estados Unidos.
Las actividades curativas de Fidencio iniciaron en 1925, cuando trabajando como peón en la hacienda de Espinazo comenzó a atender a jornaleros lastimados o enfermos y a mujeres durante el trabajo de parto, haciéndose de un modesto pero creciente renombre como un curandero amable, benévolo y bondadoso, estando él convencido de que curaba por mandato divino. Dos años después, en 1927, curó al propietario de la hacienda de Espinazo de una enfermedad que los médicos diplomados habían sido incapaces de diagnosticar y de curar. En agradecimiento, Teodoro von Wernich le fotografió y prometió que lo haría mundialmente famoso, por lo que reprodujo y distribuyó entre cientos de personas una fotografía de Fidencio. En ella, Fidencio aparecía ataviado “con un traje, camisa blanca y corbata, sus manos al frente, apoyadas en la cabeza de un bastón, [con] el labio inferior caído en forma característica”.2 Esta fotografía sería la primera imagen pública de Fidencio, renombrado por la prensa de la época como “el Taumaturgo de Espinazo” o el “Hipócrates Rústico”.
Desde el 8 de febrero de 1928 las noticias, reportajes y entrevistas en torno a las prácticas de Fidencio se intensificaron, apoderándose de la opinión pública. Ese día arribó a la estación ferroviaria de Espinazo el tren presidencial Olivo. La llegada del presidente Plutarco Elías Calles, en compañía del general Juan Andreu Almazán; Aarón Sáenz, gobernador del estado de Nuevo León; Dámaso Cárdenas, alcalde de Mina; y de otros militares, sorprendió y atrapó a la opinión pública del país durante las tres horas que permaneció en ese desolado lugar. De acuerdo con algunos testimonios publicados en la prensa, al arribar el tren presidencial, los seguidores de Fidencio primero entonaron el himno nacional, e inmediatamente después cantaron el “himno” de Espinazo: “La hija del penal” (“¡Ay, Virgen del Consuelo, ven! / Ayúdame a salvar mi bien / porqué mis penas son mis dolores / !Ay Virgencita, sálvalo! / que quiero su cariño ser / y el preso eterno de sus amores”).

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