Por Pablo Cabañas Díaz
La política exterior mexicana, cuando ha sido pensada con rigor histórico, ha producido algunas fórmulas de notable densidad conceptual. No se trata de simples frases retóricas, sino de verdaderas condensaciones doctrinales que revelan la manera en que el Estado mexicano se ha concebido a sí mismo frente al mundo. Una de esas formulaciones fue la llamada Doctrina Guaymas, pronunciada en 1960 por el presidente Adolfo López Mateos, quien afirmó que su gobierno era “de extrema izquierda dentro de la Constitución”. Aquella frase encerraba una idea política precisa: la posibilidad de una izquierda nacional, constitucional y soberana, desligada de las ortodoxias ideológicas que en plena Guerra Fría pretendían monopolizar la interpretación de la historia.
La expresión no fue un capricho retórico. Detrás de ella estaba la reflexión del filósofo Emilio Uranga, una de las inteligencias más penetrantes del pensamiento político mexicano del siglo XX. Uranga sostenía que la legitimidad de un proyecto nacional no surge de consignas revolucionarias repetidas mecánicamente, sino de la articulación entre libertad, legalidad y soberanía. En otras palabras, la izquierda constitucional era una forma de responsabilidad histórica: la política debía pensarse desde la razón de Estado y no desde el sentimentalismo ideológico.
Esa tradición parece hoy extraordinariamente distante del tono que ha dominado el discurso del expresidente Andrés Manuel López Obrador en relación con Cuba. En un mensaje reciente difundido en la red social X, el exmandatario afirmó que le hiere que se pretenda “exterminar, por sus ideales de libertad y defensa de la soberanía, al hermano pueblo de Cuba”. La frase intenta colocarse en la tradición de la solidaridad latinoamericana evocando incluso la postura de Lázaro Cárdenas durante la Invasión de Bahía de Cochinos de 1961. Pero la comparación es, en rigor histórico, profundamente equívoca.
Cárdenas actuaba dentro de una lógica geopolítica concreta: la defensa del principio de autodeterminación frente a una intervención militar directa. López Obrador, en cambio, ha convertido la política exterior hacia la isla en una narrativa moralizante donde la solidaridad se transforma en adhesión automática al régimen encabezado por Miguel Díaz-Canel, heredero político de Raúl Castro y continuador de una estructura estatal profundamente autoritaria .
La diferencia es sustancial. La solidaridad entre pueblos pertenece al terreno de la ética política; el respaldo incondicional a un régimen dictatorial pertenece al terreno de la propaganda. Confundir ambos planos constituye una forma de frivolidad estratégica que ningún Estado responsable puede permitirse.
Durante el sexenio de López Obrador esa confusión adquirió dimensiones materiales. México no sólo defendió discursivamente al gobierno cubano; también comprometió recursos energéticos y financieros de magnitud considerable. Desde 2023 Petróleos Mexicanos ha enviado a la isla cargamentos de combustibles que diversos registros energéticos sitúan entre 16 mil y 20 mil barriles diarios. En términos anuales, esa cifra equivale a más de seis millones de barriles.
Si se calcula un precio internacional promedio cercano a los 75 dólares por barril, el valor económico del suministro ronda los 400 millones de dólares anuales. Para una economía sometida a una crisis energética crónica y a apagones recurrentes, ese flujo representa un apoyo estratégico de enorme importancia. En otras palabras, la retórica de la fraternidad latinoamericana terminó convirtiéndose en una transferencia concreta de recursos públicos mexicanos hacia un régimen extranjero.
El mismo patrón puede observarse en el programa de cooperación médica impulsado a través de IMSS-Bienestar, mediante el cual brigadas médicas cubanas han sido contratadas con recursos públicos. Diversos informes han señalado que una proporción considerable de esos salarios no llega a los profesionales de la salud, sino que es retenida por el propio Estado cubano, lo que transforma la cooperación sanitaria en un mecanismo indirecto de financiamiento gubernamental.
El escenario internacional añade todavía mayor complejidad. Con Donald Trump en la presidencia estadounidense, la política hemisférica ha adoptado un tono más unilateral y confrontativo. En ese contexto, insistir en una política exterior basada en afinidades ideológicas con gobiernos que Washington considera adversarios no constituye un gesto de valentía moral; constituye una imprudencia estratégica.
La verdadera enseñanza de la Doctrina Guaymas era precisamente la contraria. Emilio Uranga comprendía que la soberanía de una nación no consiste en repetir consignas ideológicas, sino en pensar con autonomía crítica las condiciones concretas del mundo. Donde la Doctrina Guaymas proponía independencia crítica, el obradorismo apela a las emociones, en lugar de utilizar argumentos racionales; donde Uranga defendía la razón de Estado como brújula de la política exterior, el sexenio de López Obrador privilegió la épica retórica sobre el cálculo estratégico. Cuando la emoción sustituye al análisis, la política exterior deja de ser una herramienta de poder nacional y se transforma en un escenario de autoafirmación ideológica.
