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Pablo Cabañas Díaz

Las presiones de Washington sobre México han sido la regla y no la excepción. En 1976, el presidente José López Portillo desde sus primeros meses de gobierno tuvo problemas con la administración que encabezaba James Carter. En 1977 la empresa Petróleos Mexicanos (PEMEX) logró un acuerdo con seis compañías estadounidenses para abastecerlas de gas natural. Entusiasmado, López Portillo aprobó la construcción de un extenso gasoducto de mil 350 kilómetros que correría desde estado de Chiapas hasta Reynosa en el estado de Tamaulipas a fin de conectarse con la red estadounidense.

En el mes de diciembre 1977 , cuando el proyecto estaba en marcha, el presidente Carter ordenó cancelar el contrato a menos que México aceptara bajar su precio, el gobierno mexicano respondió con la seguridad que le concedía su riqueza petrolera y antes que reducir sus precios, prefirió no venderle nada a los Estados Unidos. López Portillo decidió desquitarse y esperó pacientemente a que el tiempo le diera la revancha.

La visita del presidente James Carter a México en febrero de 1979 se presentó como la oportunidad de oro para López Portillo. A la prensa estadounidense le molestó el discurso del presidente mexicano al señalar que “entre vecinos permanentes y no ocasionales, el engaño o el abuso repentinos, son frutos venenosos que tarde o temprano revierte. Nada injusto prevalece sin violentar la decencia y la dignidad.”

Los políticos de la época pensaban que el presidente mexicano se había excedido con su homólogo. Mayores fueron las críticas que James Carter recibió en su país por haber mencionado en su discurso la “venganza de Moctezuma” refiriéndose a un mal estomacal que lo aquejaba y por no poder contestar con comentarios más inteligentes lo dicho por López Portillo. Alguna vez se llegó a decir, que al terminar la visita de Carter a México, el presidente mexicano, musitó orgulloso: “me lo chingué”.

En el mismo año otra determinación mexicana molestó a Estados Unidos. En el mes de junio el gobierno mexicano había autorizado el ingreso a territorio nacional del recién depuesto Sha de Irán. Su caída era el preludio de la nueva paranoia estadounidense; con la elevación del Ayatolah surgía un nuevo enemigo de Estados Unidos: el fundamentalismo islámico.

A fines de 1979, el Sha tuvo que viajar a Estados Unidos a una revisión médica, cuando intentó volver a México el gobierno decidió no renovar su permiso migratorio e impidió su ingreso. La justificación fue el temor a posibles represalias terroristas por dar asilo al principal enemigo del Ayatolah.

Washington lo consideró una afrenta y declaró en tono amenazante: “México no puede contar con nosotros para una cooperación futura en áreas vitales tales como el comercio, mientras corteje a nuestro enemigo… en un asunto tan sensible para los Estados Unidos como lo es la crisis en Irán.

El 10 de junio de 1979, el Sha arribó a México invitado por el presidente José López Portillo. Rentó una casa muy bonita, y segura, en la avenida Palmira de la ciudad deCuernavaca, Morelos. Durante su estancia en México, el Sha desarrolló ictericia, fiebre y pérdida de peso. Sus médicos de cabecera, una pediatra iraní y un médico general francés, considerando los síntomas de fiebre e ictericia y que el paciente se encontraba en un lugar semitropical, diagnosticaron paludismo y le iniciaron tratamiento. Al no mejorar, el Sha solicitó ayuda a su amigo David Rockefeller, quien envió al Dr. Benjamín H. Kean, especialista en enfermedades tropicales del New York Hospital, para valorarlo. El Dr. Kean llegó a la conclusión de que no era paludismo, sino que se trataba de un caso de ictericia obstructiva y recomendó que el Sha fuera admitido a los Estados Unidos.

Si los amigos del Sha no habían podido lograr que fuera admitido en los Estados Unidos por motivos políticos, ésta era la excusa ideal para admitirlo: “su estado de salud era muy grave y en México no existían las facilidades adecuadas para su diagnóstico y tratamiento”.

Después de 41 días en el New York Hospital, y ante la amenaza de muerte a los rehenes, el gobierno de los Estados Unidos determinó la salida del Sha y ordenó su regreso a México “para terminar su recuperación”. El embajador de México en Washington, Hugo B. Margain, sugirió al presidente López Portillo no admitir nuevamente al Sha. Oficialmente esta decisión se tomó por temor a represalias de los países islámicos, pero aparentemente tuvo algo que ver el orgullo de no haber dejado que el Sha se tratara en México; si no nos habían tenido la confianza para operarlo, no debíamos aceptarlo para su recuperación.

Al donde iba, causaba rechazo: en Panamá, puso al general Torrijos en serios aprietos. En marzo de 1980 el shah volvió a Egipto. Su enfermedad empezaba a hacer estragos y murió en El Cairo el 27 de julio de ese año. Aunque vivió sus últimos años como un apestado, su funeral se celebró con grandes fastos ya que acudieron personalidades como Richard Nixon o Constantino II de Grecia. Fue enterrado en la misma mezquita donde reposan los restos de otro rey depuesto: Faruk de Egipto.

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