OTRAS INQUISCIONES: El Profesor Hank y el testigo

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POR PABLO CABAÑAS DÍAZ

En los últimos años de su vida, Carlos Hank González decidió hablar. No con un periodista cualquiera, sino con un testigo de otro tiempo: Fernando Benítez. Escritor de temple sereno y oído agudo, Benítez supo escuchar lo que pocos habían oído del llamado “Profesor”. Juntos construyeron un libro que permaneció embodegado por orden del propio Hank, como si quisiera protegerse de sí mismo: Relato de una vida.

Aquellas conversaciones no eran confesiones. Eran piezas de un rompecabezas nacional. Hank no buscaba redención, sino relato. Hablaba sin culpas, con la seguridad de quien había cruzado los pasillos del poder con zapatos de suela gruesa. De maestro rural a secretario de Estado, su ascenso no fue meteórico, fue a la velocidad de la luz

Todo comenzó en un internado. Un director emprendedor —él mismo— enseñaba a los niños a hacer dulces con tejocote y azúcar. Con esa “fabriquita”, según recordaba, ganó diez veces más que como maestro. Así empezó una cadena que incluiría camiones, refrescos, transportes para Pemex y, más adelante, bancos y constructoras. No necesitó milagros, solo amigos y previsión.

Benítez, escéptico y exigente, no interrumpía. Preguntaba. Y recibía frases con filo: “Nunca aspiré a ser presidente”, le dijo Hank. Sabía que su origen alemán lo excluía. Aun así, fue gobernador, regente, operador. Nunca dejó de influir. “La política es un virus —decía—, y ese virus lo tengo en la sangre”. Había algo de fatalismo en la declaración, pero también un orgullo inconfesado: ser indispensable sin necesidad de  figurar.

Contaba también de cómo quiso vender sus empresas para evitar conflictos. Gustavo Díaz Ordaz lo impidió con una orden seca: “Eso es el patrimonio de sus hijos”. José López Portillo fue más cordial, pero igual de claro: “No las vendas, Carlos; el país necesita hombres como tú que piensen en grande”. Hank obedecía, con la sonrisa de quien sabe que su poder no depende de cargos.

Lo fascinante para Benítez no era el dinero, sino el método. La manera en que Hank construía sin alardes, sin discursos. El tono llano, la memoria precisa. El Profesor hablaba como si todo estuviera en orden. Hasta los escándalos eran para él “exageraciones” o “chismes”.

En uno de sus últimos encuentros, Hank reveló sus tres preocupaciones finales: el agua de su tierra, la unidad política del Estado de México y la integridad territorial de su región. No hablaba de ideología, hablaba de control. Era su modo de entender la patria.

Benítez, que había retratado a indígenas, poetas y revolucionarios, se encontró frente a una figura distinta: un constructor del sistema. No un soñador, sino un hombre de cálculo. El Profesor no necesitó monumentos. Su legado fue más invisible, pero más duradero. Porque hay figuras que no buscan gloria, sino permanencia. Y Carlos Hank fue una de ellas.

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