Por Pablo Cabañas Díaz
Nacido en 1935 y fallecido en 2018, Fernando del Paso ocupa un lugar inclasificable —y por eso esencial— en la literatura mexicana del siglo XX. Su obra es desmesura, inteligencia y belleza verbal llevada al límite. Fue un hereje del estilo, un barroco del lenguaje, y un autor que entendió la novela como un espacio para la libertad absoluta. Escribirlo hoy, desde el presente donde triunfan las voces neutras y los relatos “eficientes”, es reconocer en él una forma de resistencia.
Desde José Trigo (1966), su primera novela, del Paso mostró que no venía a formar parte de una escuela ni a repetir fórmulas. En ese libro, ambientado en el mundo ferroviario de Nonoalco-Tlatelolco, se atrevió a experimentar con una estructura fragmentaria, polifónica y profundamente mexicana. Con Palinuro de México (1977), entregó una novela de culto: una celebración del cuerpo, de la medicina, del erotismo, del absurdo y de la historia, contada por un estudiante de medicina que podría haber salido de un sueño entre James Joyce y Juan Rulfo.
Pero fue con Noticias del Imperio (1987) que alcanzó su consagración. Obra monumental, lúcida y alucinada, recupera la voz de Carlota de Bélgica —ya anciana y enloquecida— para reinterpretar el efímero Segundo Imperio Mexicano. El monólogo de Carlota es una de las cumbres de la literatura hispanoamericana, y demuestra que el exceso, cuando es lúcido, es otra forma de verdad. Años después, con Linda 67 (1995), del Paso incursionó en la novela policiaca, sin abandonar su afán por desarmar el lenguaje.
En la tradición de los grandes renovadores de la novela —Rabelais, Sterne, Joyce—, del Paso se erige como un hereje de la forma. Cada frase suya es una provocación, un guiño, un desafío. En una época que premia lo funcional, él escribió libros inabarcables. Le Monde, si lo hubiera leído en francés, lo habría ubicado junto a Raymond Roussel o Georges Perec: escritores experimentales, radicales, obsesivos y solitarios.
Fernando del Paso es un autor que aún incomoda. Y eso es lo mejor que puede decirse de un escritor. Su obra sigue hablándonos porque no nos ofrece respuestas, sino preguntas complejas en un idioma propio.
