fbpx Óscar Arnulfo Romero, “la voz de los sin voz”

padre_gSAN SALVADOR, 22 de mayo (Al Momento Noticias).- Luego de 35 años de ser asesinado, monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez fue beatificado esta mañana en San Salvador.

El proceso de beatificación de Romero inició el 24 de marzo de 1990 con la introducción de la causa, pero la solicitud oficial fue hecha el 12 de mayo de 1994. Posteriormente en 1996 el Vaticano determinó que la causa era válida, aunque quedó estancada hasta 2005.

Con la llegada del Papa Francisco la beatificación revivió, pues la desbloqueó en 2013 y en 2015 aprobó el decreto para reconocer su martirio “por odio a la fe”.

Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez nació en 1917 en Ciudad Barrios, El Salvador, y era arzobispo del país cuando fue asesinado por un francotirador de los escuadrones de la muerte de ultraderecha.

A los 13 años inició su formación en el seminario menor de San Miguel, en 1937 ingresó al Seminario de San José de la Montaña y posteriormente se trasladó a Roma para estudiar en la Pontificia Universidad Gregoriana.

En su estancia en Roma, Romero fue formado como un cura conservador que no compartía la Teología de la Liberación y las normas del Concilio del Vaticano II.

En 1942 se ordenó como sacerdote y regresó a El Salvador, donde inició su carrera en la parroquia de Anamorós.

Para 1974 era obispo de Santiago de María, región cafetalera, donde realizó varias acciones para apoyar a los campesinos pobres.

Su atención en la situación política que vivía El Salvador a causa de la guerra civil inició en 1975, cuando varios campesinos fueron asesinados por la Guardia Nacional  mientras regresaban de un acto religioso.

En 1977, fue designado arzobispo metropolitano de San Salvador, pocos días después fue amenazado de muerte por denunciar graves violaciones a los derechos, como expulsiones y asesinatos de monjas, sacerdotes y laicos.

Una de sus principales denuncias fue por el asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande.

“La voz de los sin voz”, como se le conocía, también denunció la violencia militar oficial y la de la insurgencia, lo cual le dio reconocimiento internacional.

Antes de su asesinato, el arzobispo Romero envió una carta al presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, para exigirle ayuda.

El 23 de marzo de 1980, Romero dio una homilía en que llamaba a las bases del Ejército a desobedecer la orden de matar.

padreromero3“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios”, dijo el arzobispo.

Al día siguiente, el 24 de marzo, Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez fue asesinado mientras realizaba una misa, antes de la consagración en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Romero fue asesinado por un francotirador de la ultraderecha, quien le disparó al corazón.

De acuerdo con el Informe de la Verdad de la Organización de Naciones Unidas (ONU), los asesinos del cura eran comandados por el militar Roberto D’Aubuisson.

En la homilía de ese día invitaba al cese al fuego y a recordar la ley de Dios antes de las órdenes de los superiores de los elementos del  Ejército.

Aquí el discurso que le costó la vida:

“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles.

Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice “No matar”.

Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.

Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado.

La iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.

Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.

En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.

AMN.MX/la/bhr

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