Obras maestras de melancolía en el fin del mundo. El escritor húngaro recién galardonado ha colaborado en numerosas ocasiones con su compatriota Béla Tarr, creando algunas de las películas más importantes del fin del siglo XX.

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LOS ÁNGELES, CALIFORNIA.- El escritor húngaro László Krasznahorkai ha sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura de 2025. Un reconocimiento a su narrativa ambiciosa y visionaria que, además de sus lectores (en España, Acantilado ha editado varias de sus novelas), la comunidad cinéfila también ha podido disfrutar en las adaptaciones cinematográficas de sus principales obras literarias.

De acuerdo con CINEMANÍA, porque en el cine el nombre de Krasznahorkai es indisociable de su compatriota Béla Tarr. Con su rigurosidad formal a prueba de balas y facilidad para la plasmación de atmósferas amenazantes, envueltas de misterio y melancolía apagada, el vínculo creativo entre ambos dio pie a películas tan majestuosas como Sátántangó (1994), Armonías de Werckmeister (2000) o El caballo de Turín (2011), entre otras.

La primera colaboración entre ambos fue La condena (1988), drama romántico en asfixiante blanco y negro cuyo guion firman al unísono y que supuso un dique para abrir camino a las férreas características formales de las futuras películas del director, que acabarían encumbrándolo como uno de los autores imprescindibles de finales del siglo XX.

Lo planteado en La condena se expandió de manera torrencial en la posterior Sátántangó (1994), monumental adaptación de la novela Tango satánico (1985) de Krasznahorkai que Béla Tarr llevaba intentando trasladar a la pantalla desde su publicación y acabó convertida en faro iluminador del cine contemplativo moderno; y también un poco Santo Grial, pues con su apabullante duración de más de 7 horas de metraje durante mucho tiempo fue imposible de ver fuera de escasas proyecciones en filmotecas a las que se acudía en peregrinaje.

El caudaloso desarrollo de Sátántangó está dividido en capítulos, con una riqueza visual incomparable y concienzudos planos secuencia que dan a la cámara una presencia inaudita como testigo impasible de la degradación moral y el engaño al que son sometidos unos campesinos incautos, manipulado por un dúo de diabólicos estafadores.

Los travellings circulares por espacios despojados y el seguimiento distanciado de las espaldas de los personajes mientras se desplazan impactaría de tal manera a directores como Gus Van Sant que el estadounidense tuvo que dedicar una triada de películas –Gerry (2002), Elephant (2003), Last Days (2005)– a digerir la influencia.

Van Sant también estaba bajo el influjo de otra obra maestra: Armonías de Werckmeister (2000). Una adaptación no menos virtuosa de Melancolía de la resistencia (1989), uno de los libros más famosos de Krasznahorkai, donde prolifera el humor negro mientras se cuentan las desventuras de su crédulo protagonista junto a su tío, durante la visita de un siniestro circo que acaba de llegar a su pueblo.

El tono sombrío y melancólico, siempre como si los personajes vivieran al filo de un precipicio existencial, se trasladó a la adaptación de Georges Simenon que el propio Krasznahorkai firmó para Tarr en El hombre de Londres (2007), con Tilda Swinton.

Y si de habitar el fin del mundo se trata, nada más explícito que El caballo de Turín (2011), despedida del cine para ambos autores, de nuevo con un guion a cuatro manos, en el que la muerte de su caballo asegura el apocalipsis para un pobre granjero y su hija.
AM.MX/FM

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