domingo, mayo 19, 2024

Moscú y Vladivostok, principio y fin del Transiberiano

Luis Alberto García / Javárosk, Rusia

*La última estación es un edificio anterior a la Revolución de 1917.

*Antiguas tradiciones y modernidad en 87 pueblos y ciudades.

*Tren “Rossiya”, el número 1 que atraviesa Rusia de lado a lado.

*Es el único que hace el recorrido directo desde 1904.

*Seis días, doce horas y 25 minutos sobre una ruta legendaria.

*Las 14.25, hora señalada para cubrir 103 años de historia.

En la tarde soleada, la estación hierve de viajeros y vendedores ambulantes procedentes de distintas regiones del antiguo imperio soviético, y a la sombra de la estación, una hermosa construcción de ladrillo de la época prerrevolucionaria situada en el centro, los pasajeros arrastran por el andén bultos llenos de ropa y comida.

Cerca de allí, un grupo de rusos permanece detrás de mesitas plegables vendiendo pan caliente y fruta, mientras los pasajeros, muchos de ellos vestidos con ropa deportiva barata de fabricación china, compran salchichas y frascos de salsa de tomate para el viaje.

En medio del torbellino de gente, una joven que representa la modernidad utiliza su teléfono celular, y en contraste, una corpulenta anciana (babushka en ruso) que lleva un pañuelo colorido tradicional contempla asombrada lo que ocurre cerca de ella, como pasa en las 87 ciudades pequeñas, medianas y grandes por las que el tren pasa y en las que casi siempre se detiene.

En el aire flota un olor que todos relacionan con los viajes en tren por Rusia, provocado por el humo de carbón que sale de las locomotoras, que ahora funcionan con diésel o electricidad, en medio del gentío que sortea los recipientes usados en calentar agua para preparar té, sin el cual ningún ruso que se precie viajaría ni un kilómetro.

No es difícil encontrar el tren número 1, el “Rossiya”, el célebre y llamativo Ferrocarril Transiberiano que atraviesa la nación de lado a lado, el único y más llamativo que se encuentra en la estación, cuya mitad superior es de color azul celeste y la inferior es roja.

Es el Transsib, como muchos rusos lo llaman, es un transporte especial con derivaciones a otras regiones a través de una serie de vías férreas que se extienden de Este a Oeste y viceversa, de ida y vuelta, aunque todos los días muchos trenes parten hacia el Oriente este desde Moscú; pero solamente el “Rossiya”, efectúa el recorrido directo desde el siglo pasado.

Si uno sube a bordo en la estación de Yaroslaviskii de Moscú y permanece en él, según la guía de salidas y llegadas, debe arribar a la costa del Océano Pacífico puntualmente, en seis días, doce horas y 25 minutos después.

En el andén también se encuentra formado el cuerpo de inspectores, la mayoría mujeres vestidas de uniformes azules, quienes recorren todo el trayecto revisando y cobrando el pasaje.

El tren da una sacudida y sale de la estación a tiempo, a las 14:25, con 322 pasajeros, cerca del 70 % de su capacidad, empezando a recorrer el clásico paisaje ruso de bosques de abedules, cabañas de madera y huertos, mientras la luz dorada del atardecer se extiende por el paisaje.

Valentina Aleksandrovna, de cabellera rubia rizada, es una funcionaria veterana de los ferrocarriles rusos, encargada de supervisar el trabajo de las treinta inspectoras del “Rossiya”, quien se asegura de que el tren salga y circule puntualmente de cada estación.

Cuenta que extraña la época en que existía la Unión Soviética, cuando el “Rossiya” partía de Moscú todos los días lleno de gente y la vida en el ferrocarril era estable, cuando tranquilamente se avanzaba hacia el Este del país cruzando ocho husos horarios, hasta Jabárovsk, luego de que un gran número de rusos -adaptables o fatalistas-, empiezan a ser atrapados en la transición entre dos mundos, del Oriente al Occidente y al revés.

Este desorden emocional siempre se ha sentido en el Transiberiano, lo cual –especialmente a fines del siglo XX, cuando hubo un cambio económico radical al desaparecer la Unión Soviética- llevó a una caída en el movimiento de pasajeros: pero aun así, resulta sorprendente ver lo importantes que siguen siendo los trenes en Rusia.

No existe ninguna carretera transcontinental, de modo que es casi imposible viajar en automóvil de Moscú a Vladivostok, excepto en el invierno; pero por caminos de hielo llenos de baches y a menudo poco firmes.

Superado sólo por las fuerzas armadas, el ministerio encargado de los ferrocarriles da trabajo a un millón y medio de personas y posee una amplia red de escuelas, hospitales y departamentos como parte de las prestaciones sociales de los trabajadores, que se refieren a ellos como “un Estado dentro de otro Estado”, no obstante que hay participación privada.

De lo que no hay duda es que el Ferrocarril Transiberiano es el corazón del sistema que mantiene unido al inmenso país, el factor que permitió conocer el tesoro que representaban los recursos naturales de Siberia y que aceleró la colonización del vasto territorio entre los montes Urales y el Océano Pacífico.

Para 1914, debido a la inquietud política y al caos económico prevaleciente entonces, unos cinco millones de colonos principalmente campesinos, ya habían emigrado de la Rusia europea a la asiática a bordo del ferrocarril.

En mayo de 1891, cuando el gran duque Nicolás -quien sería el último zar- visitó Vladivostok para poner en marcha las obras del Transsib, la línea férrea se extendía hacia el Oriente sólo hasta la ciudad de Tyumén situada las proximidades de Ekaterinburgo, en los montes Urales.

Siberia estuvo conectada con la Rusia europea mediante el Trakt, un camino riesgoso, sin pavimentar y en tan malas condiciones que los viajeros, si sobrevivían, fácilmente podían tardar un año o más en llegar a San Petersburgo -la antigua capital- desde las costas del Pacífico del imperio.

Puestos fronterizos aislados a cargo de oficiales cosacos vigilaban las largas fronteras con China, y con Japón convertido en una amenaza creciente, suscitando la reacción del zar Alejandro III, padre de Nicolás, quien se percató de que tenía que mantener unido su ilimitado y gigantesco imperio.

El penúltimo zar de Rusia se percató entonces de que el ferrocarril era única solución al aislamiento; pero que, palmo a palmo, había que conquistar y dominar los territorios infinitos que consideraba propiedad exclusiva de su autocracia, coronada por obra y gracia de Dios.

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