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Luis Alberto García / Vladivostok

*Mijaíl Stadujin partió de Yakutsk en Siberia, buscando el río Amur.

*La tarea de exploración fue proseguida por Pedro I y Catalina II.

*Semión Dezhniov, el navegante que llegó al cabo que llevaría su nombre.

*Los ríos Kolimá, Anádyr y la península de Kamchatka, destinos remotos.

*El archipiélago de las Kuriles, en largo e histórico diferendo con Japón.

La gran hazaña que significó el descubrimiento, exploración y colonización del extremo oriental de Rusia, fue una tarea que se encargaron de documentar el geógrafo Stepán Zharki y otros científicos que realizaban valiosas labores bajo el mecenazgo y patrocinio del imperio zarista.

Con rigor, disciplina y el mayor vigor posible, trabajaron para los zares Pedro I y sus sucesores, Catalina I y Pedro II, conscientes de la necesidad de fortalecer el comercio y la economía, y ganar territorios a China y Japón, imperios hegemónicos en el siglo XVII.

En 1642, dos años antes de dejar la corona, Mijaíl Romanov fundador de la dinastía que gobernaría Rusia a lo largo de tres siglos, ordenó que se integrara un grupo expedicionario comandado por Mijaíl Stadujin, que partió de la población siberiana de Yakutsk en busca del río Amur y otros territorios del Este.

Fueron recorriendo más de mil kilómetros por tierra, por una región que actualmente se llama Oimiakón, en una de las latitudes más frías del planeta, donde la temperatura puede oscilar entre los -65 y los -70 grados centígrados.

En el río Kolimá, Stadujin levantó un fuerte que dejó a cargo de Semión Dezhniov, convertido con los años en uno de los exploradores más famosos de Rusia, conocido por ser el primer hombre en llegar a Chukotka y atravesar a vela el canal existente entre Asia y América, el punto más al Este de Eurasia, llamado Cabo Dezhniov en su honor.

En julio de 1648, el capitán Dezhniov llegó a lo que llamó el “Mar Helado” -el Océano Glacial Ártico actual-, mientras buscaba oportunidades comerciales para las pieles de nutria marina, foca y marfil de morsa.

Las fortísimas tormentas de aquellos parajes infernalmente blancos destruyeron tres de las siete naves de Dezhniov; pero las que sobrevivieron llegaron a Chukotka, encontrándose con los esquimales, que llevaban mucho tiempo allí y los llamaron “hombres de dientes blancos” por los colmillos que llevaban colgados de sus ropajes de piel de morsa.

Cuando Dezhniov alcanzó el río Anádyr, dos tercios de sus hombres habían muerto y solamente quedaban vivos veinte de ellos, que pasaron los siguientes dos meses caminando por las montañas, hambrientos y sin ver a nadie ni reconocer un camino por el cual proseguir su peregrinaje.

Aferrados a la idea de seguir siempre adelante, fueron los primeros occidentales en llegar a Chukotka, hazaña comparable a la que, entre los siglos XIX y XX, realizarían el estadounidense Robert Peary y el noruego Roald Amundsen, conquistadores de los Polos Norte y Sur.

Stepán Zharki hizo la crónica de la llegada de Stadujin -que había descubierto el Kolimá, también convertido en el primer ruso en ver la cordillera de los montes Sredni de la península de Kamchatka, aunque fuese a la distancia-, cuando estaba por llegar a las costas del mar de Ojotsk en 1651.

El primer hombre en llegar a territorio peninsular fue Iván Kamchatka -mercader originario de una aldea ribereña del Yeniséi- que dio su nombre a esa hermosa, prolongada y agreste lengua de tierra, a la que arribó en 1658 para fundar Petropavlovsk, transitando luego por la orilla Norte del mar de Ojotsk en busca de pieles de foca y marfil de morsa.

Todo lo que encontró allí fueron perlas de río, aunque gracias a las indicaciones de los aborígenes descubrió que había un gran rio hacia el Sur, que también se llamó Kamchatka en su honor, aunque, con justicia, finalmente la rocosa y larga península también recibió el nombre del temerario explorador.

Y en cuanto a las islas Kuriles, no está del todo clara la identidad del primer ruso en llegar hasta ese archipiélago que une Rusia y Japón, disputado históricamente por ambas naciones en un diferendo serio; sin embargo, el primero en llegar y en describirlas fue Iván Koziravski, en las que desembarcó, acompañado por algunos pobladores de Kamchatka.

Exploraron la región entre 1711 y 1713, mientras hacían bocetos de mapas de las islas por encargo del zar Pedro el Grande, quien, anticipándose a su abdicación en 1725, pudo sentirse más que complacido por la extensión que había alcanzado el imperio ruso, que abarcaba una tercera parte del planeta conocido hasta entonces.

En la cúspide del poder y pocos años antes de dejarlo en las manos de Catalina I, Pedro el Grande conoció a Vitus Bering, un marino danés en condición de retiro, quien había combatido del lado de los rusos en la Guerra del Norte contra Suecia, encomendándole un proyecto ambicioso y temerario.

El zar deseaba saber qué y cómo era la lejana Kamchatka, “donde terminaba la tierra de los chukchis”, le dijo a Vitus Bering, un hombrecillo danés, rechoncho, de mejillas sonrosadas y pelo rojizo que le caía sobre los ojos, según lo describe James A. Michener en “Alaska”, una de las grandes novelas históricas del siglo XX.

Pedro el Grande también quería saber qué naciones europeas tenían colonias en la costa del Oeste de América, con la duda razonable de ignorar la posibilidad de que el territorio ruso estuviese unido por tierra con ese continente, en poder de los ingleses y franceses.

El 5 de febrero de 1725, en una reunión que guardaba cierta solemnidad –escribe Michener en el capítulo inicial de su formidable novela- el zar dio el nombramiento de capitán de primer rango a Bering, encargándole la misión de la que le habían hablado, referida a la existencia de la península enigmática situada en el fin del mundo.

Ese día invernal, Bering –con el cosaco Trofim Zhdanko como segundo de a bordo- fue nombrado capitán de la flota que, por el Mar Glacial Ártico, llegaría hasta donde casi se unen dos continentes, hasta un estrecho que llevaría su nombre, inmortalizándolo para siempre, a una distancia de nueve mil 600 kilómetros de San Petersburgo, la capital de todas las Rusias.

Vitus Bering murió de escorbuto en 1741 en una isla desolada y sin árboles barrida por los vientos, días después de cumplir cincuenta y un años, dejando incompletas su vida y su obra, que mucho contribuyó al oficio de la navegación: “era un jefe con mala suerte, sin aptitud para el mando”, expresó en San Petersburgo algún cortesano insidioso, intrigante y mal queriente.

Comerciantes, gerentes y aventureros crueles, militares tiránicos, empresarios enfermos de codicia y otra fauna nociva de dos pies fueron los ejemplares que, al paso de los años, avanzaron por el Oriente ruso, cruzando un brazo de mar y llegar hasta las costas y tierras americanas.

Ellos fueron los pioneros rusos que se aventuraron a poblarlas y desarrollarlas, aunque las perdieron definitivamente en los siglos XIX y XX tras una historia de abandono que merecía mejor final.

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