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Juan Vives Rocabert/

 

-Juan Carlos I ha anunciado su abdicación al trono de España. Como estaba previsto, el que vendrá a ser Felipe VI será ungido como rey de España el próximo 19 de junio. Desde la perspectiva de las leyes dinásticas, la sucesión no tiene vuelta de hoja y se ha programado by the book.

Queda, sin embargo, el pequeño detalle de saber si los españoles desean seguir con la monarquía o si, por el contrario, prefieren un régimen de corte republicano. España ha tenido dos Repúblicas en su pasado histórico y no le ha ido muy bien con ellas, principalmente en virtud de la impertinencia de personas que, no importándoles el proceso democrático de unas elecciones que manifiestan la voluntad del pueblo, se han erigido como dictadores de aquella nación. Pero no es cuestión de desangelarse o desesperar ya que Francia, por poner el ejemplo de su vecina, ha necesitado de cinco Repúblicas con el fin de más o menos enderezar el rumbo de la nave gubernamental.

Si bien es verdad que la figura de Juan Carlos I fue, en su momento, decisiva para superar la profunda crisis de España que sobrevino con la muerte del dictador Franco y el problema del relevo en el poder en una nación torturada por una tiranía y maniatada en sus derechos ciudadanos, las circunstancias actuales no son las mismas, ni mucho menos. España se ha consolidado como una nación capaz de sobrevivir al régimen franquista y de superar, al menos en lo aparente, los conflictos habidos durante su segunda República.

El problema es que España sigue dividida, tajantemente, irresolublemente, en dos facciones al parecer irreconciliables: una derecha católica, falangista, conservadora, aristocrática y monárquica (en el mejor de los casos; pues en cualquier descuido son capaces de volver a acogerse a caudillos por la gracia de Dios que se quedan en el poder de manera permanente y bajo administraciones férreas, dictatoriales, de privilegios para los ricos y crueles con los pobres y con el pueblo); y una izquierda de aspiración socialista y democrática, de cara a las necesidades de la gente, pero fragmentada en múltiples orientaciones y modalidades sin cuento, cuyas posibilidades de acuerdo son escasas y con frecuencia problemáticas.

La mitad de España es monárquica, pero la otra mitad es republicana. En este momento no importa tanto determinar qué mitad pesará más en el momento histórico actual. Pensamos que lo que habría de cuestionarse en la imposibilidad de acuerdos entre esas dos mitades que, como los hermanos bíblicos, no son capaces de entender la convivencia más que por medio del asesinato.

Podemos advertir que los reyes, en la actualidad son innecesarios y cumplen primordialmente una función simbólica y, en ocasiones, desempeños puramente de ornato. Al menos las manifestaciones multitudinarias de la mitad de los españoles que desean un régimen republicano así lo publicitan. Tanto en España, como en Inglaterra, por poner los ejemplos más evidentes, los negocios del Estado pasan por un régimen parlamentario en el que los reyes (o reinas) poco tiene que hacer en la realidad. Por otra parte, y más allá de dar material para revistas del jet set o servir para la comidilla cotidiana por los escándalos de algunos de sus componentes, sus funciones están restringidas a contadas y selectas ceremonias oficiales de mucho boato, inaugurar olimpiadas, y para otorgar premios de todo tipo así como copas de futbol.

El pueblo español debería tener la palabra -derecho inalienable- sobre su destino, pero principalmente podría comenzar a preocuparse sobre sus dificultades internas para acordar, civilizadamente, sus asuntos domésticos. No basta resolver la disyuntiva Rey o República (eso se resuelve con un referéndum); lo relevante es posibilitar la convivencia pacífica entre las dos Españas, entre personas que piensan diferente que, obligadamente, son capaces de defender sus ideologías, pero de manera tal que el proceso de lleve a cabo de manera democrática y sensata.

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AMN.MX/jvr

 

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