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Teresa Gil/

laislaquebrillaba@yahoo.com.mx

 

Las páginas deportivas han actualizado en los últimos días la figura de Fernando “Toro” Valenzuela, el sonorense  que le dio renombre a Etchohuaquila el pueblo sureño de Sonora. El lanzador zurdo,

-¿repatriado?-,  dirigirá el equipo de beisbol  Los Tigres en Quintana Roo. Es una figura mexicana que debe ser reconocida. El apodo que usa este deportista exhibe el anhelo del mundo deportivo del espectáculo, de igualar con sus atributos a las grandes especies de la naturaleza, tigres, leones, jaguares, águilas, halcones, etcétera, como una manifestación de poderío, de fiereza, de embestida, de arrojo y de valentía ¿Pensarán esos destacados deportistas en la realidad que viven los animales auténticos, muchos de ellos en peligro de extinción? El famoso Toro ¿habrá pensado en esa fiesta brava que pone como centro a un animal que tiene que luchar por su vida ante lo absurdo de un espectáculo y al final  morir en las infames lanzas de un premeditado opositor? En las últimos tiempos también se ha mencionado que el jaguar, una de las especies más hermosas de los felinos está en peligro de extinción ¿Pensarán en ello los integrantes del club Los Jaguares de Chiapas, uno de los estados que alberga a este animal en la selva Lacandona?¿Donarán algo de sus abultados sueldos a los programas de conservación de ese felino que están haciendo científicos de la UNAM? ¿Pensará el gobernador de ese estado, el verde Velasco, que el ave que le da imagen a su partido, el tucán, está en peligro de extinción? Si se leen esas series que presentan información tan triste, Los animales que ya no podemos ver, sobre las especies que el clima, el hombre o la propia alimentación destruyeron, el jaguar podría estar en unas décadas en esa situación como lo están el alce irlandés, el mamut y muchos otros. Investigadores de Chiapas calculan su desaparición en menos de cien años pero las circunstancias la pueden acelerar. Actualmente se sostiene que existen en el mundo alrededor de 50 mil jaguares y en México el cálculo fluctúa entre diez mil y cuatro mil. Animal perteneciente a la raza de los felinos, se mueve en el mundo en zonas desérticas y en México tenemos la fortuna de localizarlo en 16 estados de la república. Dentro de la especie felina es el tercero en tamaño superado por el león y el tigre y pertenece al género de las phanteras, así que un jaguar con su color naranja de manchas cafés o negras, es hermano de la novelística pantera negra. Con excepción de algunos países, la caza del jaguar está prohibida en el mundo y se supone que en México también, aunque la clandestinidad se presenta. Los que se enorgullecen de integrar a sus habilidades deportivas la grandeza que emana de los animales mencionados, deberían de tener la responsabilidad de luchar por su defensa. Aunque eso parece una quimera. El gatopardo o leopardo jaspeado no es un jaguar pero si su hermano menor, de la misma especie panthera. También como todos los felinos está en peligro de extinción, pero por una razón, literaria, su nombre durará mucho en la historia. El gatopardo (Editorial Argos Vergara, S.A 1980) fue publicada por primera vez, a la muerte de su autor  el príncipe  Giuseppe  Tomasi di  Lampedusa, en 1958. Tomada como un símil de la doble moral, la hipocresía, la obra se ha hecho famosa por esa dualidad que utilizan sobre todo los políticos para engañar con un presunto cambio. La obra causó polémica cuando fue publicada porque en la historia de su familia que relata el autor, queda plasmada la idea de que aún con un cambio revolucionario, las cosas siguen iguales. “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, dice el cínico personaje Tancredi, frasesita que escuchamos cada rato en el medio intelectual y político. El príncipe Lampedusa  detalló sin embargo en una historia larga de desencuentros tras el triunfo de Garibaldi, un rejuego de intereses, ambiciones, amores frustrados, siempre teniendo como fondo el escudo de un gatopardo. Era el emblema de la familia del príncipe Fabrizio de Salina, abuelo del escritor. Luchino Visconti el director italiano llevó al cine la obra en 1963, en un filme que fue muy aclamado.

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