CIUDAD DE MÉXICO.- A medida que la escritura generada por IA se vuelve más frecuente y difícil de distinguir, empieza a aparecer un fenómeno inverso: escritores, periodistas y creadores que buscan demostrar activamente que sus textos no fueron producidos por máquinas.
Algunas de las estrategias que empiezan a circular incluyen:
Incorporar errores tipográficos intencionales
Usar puntuación excesiva o desordenada
Escribir con un tono exageradamente coloquial
Introducir referencias culturales improbables o demasiado específicas
Evitar ciertos patrones asociados a modelos generativos
Empieza así a consolidarse una especie de repertorio informal de “marcas de IA”. Para muchos lectores, los textos demasiado prolijos, equilibrados o estructurados despiertan sospechas automáticamente. Frases extremadamente correctas, párrafos perfectamente organizados o una claridad excesiva pueden empezar a leerse no como señales de buena escritura, sino como indicios de automatización.
Ahí aparece uno de los desplazamientos más interesantes de este momento: la dificultad ya no pasa solamente por distinguir qué fue escrito con IA, sino por demostrar lo contrario. El fenómeno también muestra hasta qué punto los modelos generativos empiezan a influir sobre la propia estética de la escritura. A medida que ciertas estructuras, tonos y ritmos se vuelven omnipresentes, incluso quienes no usan IA pueden terminar escribiendo de maneras cada vez más parecidas a ella (The Wall Street Journal, 5 minutos).
Ese escenario conecta con una pregunta más amplia y antigua: ¿qué significa exactamente autoría cuando las máquinas también pueden producir lenguaje convincente?
La posibilidad de imaginar “máquinas escritoras” no nació con ChatGPT. Décadas antes de la IA generativa actual ya existían ficciones, experimentos computacionales y teorías literarias que exploraban la idea de sistemas capaces de producir textos, poemas o narraciones mediante combinaciones automáticas.
En 1953, Roald Dahl publicó The Great Automatic Grammatizator, un relato sobre Adolph Knipe, un ingeniero eléctrico y escritor frustrado que construye un “motor de computación automático” capaz de producir ficción aceptable aunque mediocre. La máquina genera docenas de textos que Knipe vende a un precio inferior al de escritores humanos, hasta establecer un casi monopolio ofreciendo a autores potenciales un “contrato dorado” que, a cambio de usar sus nombres, les paga por no escribir.
El mismo año del relato de Dahl, Christopher Strachey en la Universidad de Manchester programó una computadora Ferranti Mark 1 para generar cartas de amor mediante una selección aleatoria de vocabulario de 70 palabras. La poesía era deficiente, pero los productos eran inteligibles y las posibilidades combinatorias se contaban en decenas de miles de millones.
Italo Calvino propuso una perspectiva diferente. En una conferencia de 1967 titulada “Cybernetics and Ghosts”, el escritor italiano reconoció que los “cerebros electrónicos”, aunque limitados en habilidad, pronto proporcionarían un “modelo teórico convincente” para procesos complejos de memoria, asociaciones mentales, imaginación y conciencia.
Calvino concluyó que era inevitable que pronto las máquinas fueran “capaces de concebir y componer poemas y novelas”. Su premisa era esencialmente que escribir era un “juego combinatorio” en el cual autores, consciente o inconscientemente, seguían ciertas reglas al ensamblar palabras para hacer textos. El “genio o talento” de un autor, entonces, era nada más que “encontrar el camino correcto empíricamente”, un proceso avanzado por la experiencia y la autoconfianza.
La pregunta deja de ser únicamente si una máquina puede escribir para desplazarse hacia otro lugar: ¿qué entendemos por autoría cuando la producción textual puede surgir de sistemas entrenados sobre enormes volúmenes de escritura humana? Si las fronteras entre autoría humana y generación automatizada continúan desdibujándose, ¿qué criterios permanecerán disponibles para valorar una obra literaria cuando la procedencia del texto se vuelva indeterminable o irrelevante?
Lo interesante es que, mientras las máquinas intentan parecer cada vez más humanas, muchos escritores empiezan a hacer el movimiento inverso: exagerar rasgos humanos para diferenciarse de las máquinas. La frontera entre escritura “natural” y escritura “artificial” se vuelve entonces menos estable, más ambigua y, en muchos casos, más difícil de definir.
AM.MX/fm
