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Mónca Herranz Ocampo*

amarCIUDAD DE MÉXICO, 12  de agosto (Almomento MX).- Desde pequeños nos han enseñado que el amor de pareja tiene forma de corazón, un gran, feliz y rechoncho corazón rojo y crecemos con la idea de que mientras no haya en nuestras vidas una representación de amor con la forma de ese corazón, no encontraremos la felicidad. ¿Será realmente que el amor de pareja tiene forma de corazón?  ¿Será que el color “correcto” de ese corazón es rojo? ¿Necesariamente tiene que ser rechoncho?

Una de las formas más conocidas del amor es el de la pareja heterosexual que se casa, tiene hijos o mascotas,  una chimenea en casa, cenas con amigos y son felices por siempre; sin embargo, esto es más común en los cuentos de hadas que en la vida real.

El ejercicio de la práctica clínica ayuda a darse cuenta que la gama de formas del amor es amplia, más allá de juicios, más allá de convencionalismos, normas sociales o culturales están las otras formas del amor. Son formas que pueden parecer deconcertantes, poco comunes, incluso extrañas. Lo interesante es ¿cómo reaccionarías si te encontraras ante una de estas formas de amor?

Pongamos un primer caso: Candela es una mujer casada, casi satisfecha con su vida marital, excepto por que su cónyuge no participa de la sexualidad con la frecuencia y deseo que a ella le gustaría. Él cumple con sus deberes de esposo en la intimidad, pero así, cumple, no hay estrellas ni hay fuegos artificiales para ella. Ella se lo ha planteado a él una y mil veces, sin obtener mayor respuesta que la acostumbrada. Candela, se ha disfrazado, ha sido enfermera, azafata, conejita o gatúbela, ha recurrido a juguetes eróticos para nutrir la pasión, ha usado ropa sensual, ha recurrido a fantasías y películas, pero la realidad termina por imponerse. Así un día Candela decidió dar solución a este conflicto, y optó, justo porque ama profundamente a su esposo, porque quiere una vida con él y envejecer junto a él, optó por  tener un amante. Un hombre que la hizo sentir deseada, atractiva, única y plena, uno con el que sí hubo estrellas y fuegos artificiales. El hombre en cuestión sabía que Candela estaba casada, que no lo amaba ni quería un futuro con él y que la historia sería breve y así fue, al poco tiempo los encuentros cesaron y cada quien continuó con su vida, aunque Candela no era la misma. Encontró en este hombre y en la experiencia con él, las respuestas que necesitaba y buscaba para poder seguir con su matrimonio.

Esto nos lleva a pensar, ¿Puede una persona casada tener intimidad sexual con otra que no es su cónyuge en pro de rescatar su matrimonio? ¿Es esto un acto de amor? La respuesta es: Sucede y en muchos casos funciona.

Ahora hablemos de Alicia, ella conoció en redes sociales a un chico divorciado. Este chico, al ver la afinidad entre ambos y la posibilidad de que iniciaran una relación sentimental le habló a Alicia sobre su bisexualidad. Le habló sobre cómo a él le atraen los hombres y las mujeres por igual, le dijo  cómo puede disfrutar la sexualidad con uno y con otro y le planteó que él podía mantenerse en un vínculo de exclusividad sexual y emocional con ella, siempre y cuando de vez en tanto, ella jugara un rol masculino en la intimidad y le brindara placer como un hombre lo haría, valiéndose de algún juguete sexual o, que si no le apetecía esta opción, siempre estaría la de recurrir a otro chico pudiendo él tener  encuentros hombre – hombre o  encuentros donde participaran los tres, de tal manera que ella no estuviera comprometida a vincularse íntimamente con el otro hombre pero si a concensuar el encuentro íntimo entre ellos.

Cualquiera a bote pronto podría decir “no” a esta propuesta, ya que sale bastante de la idea convencional de amor, sin embargo, más allá de la decisión que Alicia tomó, su experiencia nos lleva a pensar si el amor es exclusivamente de dos, o si una de sus formas puede ser la del número tres. ¿Es el amor compartido una forma válida de las formas del amor?

Hablemos ahora de Ana, una mujer en sus treinta y tantos que tras un divorcio abre de nuevo las puertas al amor. Su visión del amor cambió tras el divorcio, porque si bien sigue creyendo en él, la experiencia le indica que puede ser que no dure toda la vida. Ella ha ido aprendiendo a ser más selectiva con las parejas que la cortejan, ha aprendido a tolerar y llevarse bien con su soledad, más que a aceptar la compañía de cualquier persona por no estar sola. Recientemente apareció en su vida un hombre que cubre punto por punto todo lo que ella pudiera desear en una pareja, aunque la duda la inquieta por que ella sospecha que él es bisexual. Si bien aún no está confirmado o descartado, Ana ha decidido que en caso de que él le confirme esta sospecha, aceptaría a este hombre con todos sus aspectos porque estaría dispuesta a amarlo y aceptarlo tal y como es. Este breve caso nos lleva a pensar en el amor en su forma íntegra, la de aceptar al otro con todos sus aspectos, favorables o desfavorables, positivos o no, pero reales, sin falsas expectativas, sin mentiras. ¿Cuántos amores de corazón rojo, rechoncho y “feliz” no están llenos de engaño y parcialidad hacia el otro?

Estos ejemplos son sólo pequeñas historias cotidianas, que nos hacen reflexionar sobre la posibilidad de que el amor, en su forma más pura, realmente no tiene forma. La forma idealizada que se describió al inicio, es eso, una forma idealizada, porque en lo real, podemos pensar que más allá de los corazones rojos, rechonchos y felices, están los corazones rosas, azules, verdes, morados o naranjas, que la única forma del amor no es la forma de corazón, que puede haber amores con formas de estrella, de círculos, de triángulos, de esferas, de rombos o rectángulos.

El propósito de este escrito no es analizar si los ejemplos descritos son patológicos o no, o si son formas perversas del amor o no, ni plantear si las distintas formas de amor atraviesan por  la  heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad u otros estilos de amor como el poliamor. El propósito es podernos plantear tras la lectura, que el amor tiene formas caprichosas, borrascosas y  distintas y que no por ello, necesariamente, dejan de ser formas de amor. Habrá a quienes puedan asombrar, asustar, causar resquemor o sorpresa estas otras formas de amor y habrá quienes simplemente encuentren en ellas la felicidad.

*Mónca Herranz Ocampo

Psicología Clínica – Psicoanálisis

psiherranz@hotmail.com

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