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Como oportunamente se enteraron, el amigo y colega Octavio Raziel García Ábrego dejó este mundo el pasado día 3. Pero dejó también su última columna La vida como es, para su difusión de manera póstuma.

A nombre de la familia García les comparto en archivo adjunto ese texto, con el reconocimiento de todos ellos -esposa, hijos, nietos, hermana y muchos familiares más- y el mío personal por haber recibido y leído durante varios años los artículos, cuentos y poemas que Octavio Raziel -escritor, poeta y gran reportero del diario El Nacional– produjo a manera de -según escribió una vez- una catarsis después de conocer las irreversibles amenazas para su salud.

Nuestro amigo escribió también diversos libros; algunos editados y otros inéditos. Existe el propósito de publicarle de manera póstuma dos de estos últimos, de lo cual les informaré llegado el caso.

 

Despedida:

A todos mis lectores semanales; amigos y conocidos que se han interesado en las reflexiones sobre el devenir del ser humano, ese que transcurre de diversa forma por este planeta azul, tan bello desde la distancia de un satélite y tan vapuleado cuando es visto desde la superficie.
Las reflexiones, los cuentos, los temas diversos fueron fantasmas que debían ser liberados y habría que darle forma a los pensamientos en tipos de imprenta.
Esta despedida, como sucede en muchas ocasiones, es unilateral.
Llegó la depresión, el miedo, el enfado, la enfermedad y la paranoia, que no eran fantasmas sino realidad cruel de un hombre que siente la necesidad de un descanso.
Al voltear la vista hacia el pasado me doy cuenta que fue una vida, la mía, tan rápida, que me olvidé de vivir. Olvidé la familia, los amigos, todo, por ser el mejor periodista, el mejor corresponsal, el mejor enviado especial a los lugares más extraños del planeta. ¿Cumplí con mi profesión? Tal vez si; pero ¿cumplí con vivir o hacer felices a quienes me rodeaban? Tal vez no.
Cuando repasen estas líneas habré traspasado el umbral que nos separa de la luz, esto es, la nada.
Mientras, seguramente la vida continuará.
La última reflexión de fin de semana pudiera ser: Carpe diem, disfruta la vida. Disfruta el momento.

Muerte de Alberto

Alberto murió a los 77 años, tal como estaba escrito en sus juegos infantiles. Hubiera querido fuera mirando al mar, conociendo la armonía que éste representa. Paseando por las arenas de aquel que lanzó olas de 30 metros sobre pueblos ribereños y al otro día, calmo, mustio, olvidó a los que ahogó. Caminó arrojando sus culpas al mar, para que fueran esas aguas las que lavaren su pasado.
Antes de partir, Alberto se reunió en la playa con Ana Laura. La encontró mirando hacia esa enorme masa de agua. Desde el lugar donde estaba, sólo veía esa espalda que mostraba el cobrizo del sol, el brillo del sudor y los pequeños granos de arena, como diminutos diamantes que relumbraran a contraluz.
Se acercó y la abrazó; ella no volteó; un leve temblor de su piel fue la respuesta a la cercanía de su alma gemela. Pareciera que las dos auras se hubieran reconocido y simplemente se fundieran.
Miraba hacia el final del océano. Alberto deseaba, con Ana Laura, irse hundiendo en esas aguas cristalinas, mientras escuchaba los acordes del “Dios nunca muere” y de “A mi manera”.
El escritor decía que si tuviera que escoger entre los cementerios que conocía, optaría por el mar en si mismo que es el que más horizontes abarca.
Así, Alberto, después de muerto, navegará junto con los obscuros e invisibles navegantes cuyo espíritu flota sobre las aguas. Navegar junto a los náufragos cuyas almas el mar ha tragado.
Junto con él murió Laura, su compañera de vivencias.
¿Sería porque ella fue un fantasma que existió, junto con Alberto, sólo en la mente del escritor?

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