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Adrián García Aguirre / San Ignacio Arareco, Chih.
*Cuando Fernando Benítez recorrió bosques y barrancas.
*Aun no existía el Ferrocarril Chihuahua Pacífico, el Chepe.
*Los pueblos de Creel. Madera, Bocoyna, La Junta y San Juanito.
*Siglos en la soledad: ríos y valles en territorios indómitos.
*Los indios rarámuris viven en las cuevas, lejos del mundo.
*“Estamos ante la historia de siempre”, se lamentaba el maestro.

“Mientras el muro al que a principios del siglo XX se refería Francisco Bulnes siga de pie, dividiéndonos en dos facciones opuestas y hasta enemigas, no podremos hablar de un todo coherente y unido, y si bien asistimos al desplome silencioso de sus culturas, los indios tienen cosas valiosas que enseñarnos”, decía el maestro Fernando Benítez en 1970, como si se estuviese hablando del presente.
En este viaje en 2020, llevados a la Tarahumara por el Ferrocarril Chihuahua Pacífico, vimos, como lo hizo Benítez en 1957, una cascada que semejaba un hilo de plata, y caminos como serpientes que se alargaban sin final visible; pero esos son detalles fundidos en los que queda una grandeza enorme, porque en esta orografía, ríos y hondonadas están siempre ligados.
Igual que ahora contemplamos los ríos, Fernando Benítez también los miró y estuvo en el norte de la Sierra Tarahumara, cuando aún no se construía el Chepe, el Ferrocarril Chihuahua Pacífico que apareció en 1961 para romper los silencios, acercándose ese año a las poblaciones de Madera, Bocoyna, Creel, La Junta y San Juanito.
Todos éstos son caseríos casi iguales, vistos como hermanos por su parecido, en la mitad de un ambiente cuya dureza ha enseñado a los indios rarámuris a sufrir las mayores adversidades en los bosques fríos tupidos de pinares, transitados por comerciantes, aventureros, cazadores y seres humanos originarios de ahí mismo.
Benítez los definía como “restos del paleolítico”, como extraños que, por escapar de la codicia de españoles primero y de los mestizos después, escaparon a los montes y ahí permanecieron por siglos, en la soledad, apenas cultivando parcelas a orillas de los ríos y en valles angostos que han tenido que abandonar y emprender la fuga.
“¿Adónde se fueron?”, cuestionaba el maestro aquella tarde levantándose mortificado de su sillón: “¡A las cuevas, a las laderas de los montes, a los cañones solitarios!, lejos del mundo y es que las cercas que señalan los linderos de los terrenos avanzan y son movidas durante las noches para despojarlos -estamos ante la historia de siempre-, obligando a los indios a ponerse en marcha hacia sitios estériles, infértiles y deshabitados”.
Y cómo no rememorar cuando Benítez nos señaló que, entre esos peñascos cubiertos de musgo que se desprenden de las montañas el tiempo no existe, y por eso hay que dejar sentir el paso de las horas en la laguna de Arareco, insertos en la intemporalidad, en otra dimensión.
Tuvimos una sensación de extrañeza que se apodera de uno al contemplar a aquellos hombres y mujeres venidos de sus cabañas miserables perdidas en los bosques, envueltos en sarapes y un trapo blanco en la cabeza, alimentados con pinole y tortillas, dueños de parcelas diminutas sembradas de maíz.
A la orilla del lago, aprisionado gratamente por el recuerdo del viejo Fernando, hubo que voltear hacia el cielo azul pálido y luego al horizonte para ver brillar la llanura con los sembradíos de maíz en espera de la cosecha cuyos frutos, ocasionalmente, sirven para nutrir el cuerpo y el alma.
Y como si fuesen dichas ayer, están las palabras de nuestro guía sabio: “Tengamos en cuenta que la fuerza en reposo de los tarahumaras, de los rarámuris de la sierra, también es espiritual, contenida en esos seres reducidos a la mendicidad por maniobras incomprensibles de los blancos, los chabochis que los roban, ignorantes de que serían millonarios, dueños de sus bosques; pero muriéndose de hambre”.
¿Qué hacer?, planteamos al hombre que dejó una vastísima obra escrita sobre el indigenismo, la historia nacional, la biografía del general Lázaro Cárdenas y la Revolución mexicana y cientos de textos periodísticos que guardamos reverentemente.
“El problema de los indios no es irreversible –respondió-, ni está fuera de las posibilidades económicas y políticas de los gobiernos, y en el caso de los tarahumaras bastaría con darles los títulos de propiedad de sus tierras y hacer que ellos mismos las explotaran; pero algo tan sencillo tropieza con los latrocinios y factores aparentemente insuperables”
Y a juzgar por las peticiones dramáticas que vienen haciendo desde que se celebró en Creel un encuentro para dar solución a tal situación, en junio de 1958, poco o nada se ha avanzado en un lapso de tiempo que parece increíblemente eterno.
La acusación no tiene pierde: “Históricamente, los indios han sido despojados de todo, y si hay bosques, propiedad legítima de los tarahumaras, no son de ellos sino de los talamontes millonarios quienes los usufructúan, mientras los indios piden limosna en las aceras de las ciudades, en Delicias, Camargo o en la misma capital de Chihuahua”.
“El problema de los bosques tampoco ha sido resuelto satisfactoriamente, y en los días de nuestra entrevista en 1970, el profesor Benítez se enteró de que, en Cusárare, se le habían cancelado los permisos de explotación a los indios, lo que significaba volver a la antigua miseria”, resumió.
Uno de los méritos de “Viaje a la Tarahumara” consistió en recoger voces, ir a los extremos, porque son ellos quienes hablan y los que dan a sus páginas su visión del mundo, no del nuestro: “No se trató de un libro imparcial ni objetivo, porque frente a los asesinos, los ladrones y los poderosos que se ensañan y desprecian a los desvalidos, imparcialidad y objetividad suena a burla e hipocresía”.
Como una última reflexión sobre aquel diálogo, concluimos que lo dicho con tanta sapiencia supone un trabajo de años, una contribución importante al estudio de los problemas de los otros mexicanos, nuestros indios, cuyas duras existencias debían servir para una toma genuina de conciencia.

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