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Portada de “La razón de estar contigo”/Cortesía: Penguin Random House.

CIUDAD DE MÉXICO, 18 de enero, (AlMomentoMX).- La historia que nos muestra el escritor W. Bruce Cameron,  originario de Petroskey, Michigan, en el libro “La razón de estar contigo” es enternecedora pero sobre todo, nos dan un amplio panorama a la pregunta: ¿cuál es nuestro objetivo aquí?

Por ello, editorial Penguin Random House nos ofrece esta tierna historia que nos enseñará que el amor nunca muere, que nuestros verdaderos amigos estarán siempre a nuestro lado y que cada criatura en la Tierra ha nacido con algún propósito en específico.

Fragmento

“Fuera cual fuera el destino de nuestro viaje, tenía la sensación de que allí habría otros perros. La jaula estaba impregnada del olor de otros perros: de su orín, de sus heces, incluso de sangre mezclada con pelo y saliva. Madre se aplastaba contra el suelo, intentando clavar las uñas para no resbalar. Sin embargo, Fast y yo nos movíamos de un lugar a otro con el morro pegado al suelo, olfateando y distinguiendo el olor de un perro al de otro. Fast intentaba marcar las esquinas de la jaula, pero cada vez que trataba de mantenerse en pie sobre tres patas, el camión botaba y él salía despedido hacia el otro extremo de la jaula. Una de las veces aterrizó sobre Madre, por lo cual se llevó un buen mordisco. Yo lo miré con desaprobación. ¿Es que no se daba cuenta de que Madre estaba triste?
Al final, aburrido de oler a perros que ni siquiera estaban allí, apreté el morro contra la rejilla de alambre e inhalé con fuerza el aire del exterior. Mientras lo hacía, recordé la primera vez que enterré el morro en una de las suculentas latas de la basura, que había sido nuestra principal fuente de comida. Ahí fuera había miles de olores inidentificables. Cada uno de ellos llegaba hasta mí con tanta fuerza que no podía dejar de olerlos.
Fast se colocó en el extremo opuesto de la jaula y se tumbó. No quiso unirse a mí porque oler el aire no había sido idea suya. Y cada vez que yo olisqueaba, él me miraba, malhumorado, como advirtiéndome de que la próxima vez que quisiera hacerlo le pidiera permiso. Y cada vez que mi mirada se encontraba con la frialdad de sus ojos, yo miraba a Madre, pues, aunque estaba intimidada por todo lo que había pasado, por lo que a mí respectaba ella seguía estando al mando.
El camión se detuvo. La mujer se acercó a nosotros y nos habló mientras aplastaba las manos contra la pared de la jaula para que se las lamiéramos. Madre permaneció donde estaba, pero Fast se dejó engatusar tanto como yo y se puso a mi lado, meneando la cola.
—Sois tan monos. ¿Tenéis hambre, pequeños? ¿Tenéis hambre?
Nos habíamos detenido delante de una casa grande y baja. En el suelo, la hierba alta sobresalía por entre los neumáticos del camión.
—¡Eh, Bobby! —gritó uno de los hombres.
La respuesta fue desconcertante: de detrás de la casa nos llegó un alboroto de ladridos. Tantos que no pude contarlos. Fast se puso a dos patas y apoyó las manos contra la pared de la jaula, como si así pudiera ver mejor.
El alboroto continuaba. Otro hombre salió de uno de los lados de la casa. Tenía el pelo castaño y la piel tostada por el sol; al caminar, cojeaba ligeramente. Los otros dos hombres lo miraron, sonriendo con cierta expectación. Al vernos, se detuvo en seco y con los hombros caídos.
—Oh, no, señora. No más perros. Ya tenemos demasiados.”

AM-MX/mlac

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