La piedra de Sísifo: Sheinbaum y Trump: entre la guerra fría y la guerra caliente

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Por José Luis Camacho

Contra todo pronóstico, pésimos augurios y temores, la presidenta Claudia Sheinbaum   logró con el presidente Donald Trump otra tregua este 31 de julio, ahora de noventa días  en la aplicación de los aranceles, convertidas por el delirante republicano en otro instrumento de dominación de su estrategia de imponer en el mundo un imperio geopolítico global, donde México ocupa un lugar central para su “Estado de Seguridad Nacional”  históricamente dentro de sus doctrinas Monroe y Destino Manifiesto.

Trump cree poseer  y ser propietario de  la divina creencia de estar predestinado a continuar  ese viejo sueño de otro delirante:  John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos de América,  quien alucinaba desde 1804 que su nuevo país era heredero de la “avidez de saqueo que dominó a los romanos en sus mejores tiempos” y que México estaba “ante nuestros ojos”.

El actual inquilino del Salón Oval de la Casa Blanca está obsesionado en crear otra etapa de la Doctrina Monroe iniciada en 1823, ahora más allá de “América para los americanos” e imponer ahora vía de los aranceles un imperio más dominante en el siglo XXI.

Trump ha revitalizado esa doctrina intervencionista. En sus objetivos figura superar sus tres etapas. La primera de “acumulación originaria” encarnada por su expansión territorial que sufrió México con el despojo brutal de la invasión de 1846-1848; la segunda de la “libre concurrencia” con el libre comercio y competencia y la tercera simbolizada por la transición del “capitalismo en imperialismo”, siempre con la aspiración de control y dominio en cada fase como lo resume el historiador Gastón García Cantú.

El corolario de la etapa imperialista se corona con el presidente Theodoro Rossevelt a principios del siglo XX al extender los dominios hacia el sur y el Caribe del continente, con invasiones, despojos y la exportación de capital norteamericano.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo norteamericano se enfrenta al otro imperio creado en Europa del este en la disputa por otro orden internacional entre el capitalismo y el sueño socialista. Vence al imperio soviético y gana la batalla después de que el presidente Ronald Reagan, la primer ministra Margaret Thatcher y Karol Wojtyla, el jefe de la Iglesia Católica emprenden la campaña conservadora para cambiar la faz del planeta en su lucha contra el “comunismo”. La caída del Muro de Berlín es el epílogo de esa batalla de la llamada “guerra fría” y del  mundo geopolítico bipolar.

En la tercera década del siglo XXI México se encuentra en el epicentro de otra etapa del imperialismo norteamericano, que en la doctrina del divino Trump ambiciona extenderla del río Bravo al río Suchiate.

La batalla silenciosa que ha estado enfrentando la presidenta Sheinbaum es de una sorda violencia. Trasciende las negociaciones de su gobierno con los mandarines del gobierno republicano. Enfrenta una sinuosa y retorcida política de intervención como parte de ese derecho consuetudinario, al que se acoge el presidente Trump por la historia expansionista e intervencionista del imperio desde que surgió en el siglo XVIII.

Las relaciones de México y Estados Unidos están cargadas de agravios, ni siquiera han sido motivo de ser referentes en los informes de los mandatarios sean republicanos o demócratas. Con ninguno nos ha ido bien.

Ejercer y defender la soberanía como lo ha hecho la presidenta Sheinbaum en sus acciones de exigir respeto a nuestra integridad y dignidad nacional, en sus entrevistas telefónicas y reuniones con representantes del maniático mandatario estadunidense, ilustran las ásperas dificultades de una relación cada vez más compleja y desafiante para una nación como la nuestra,  con una dependencia donde los intereses del imperio han predominado.

A diferencias de otras naciones, con México la mirada de Trump es de variadas tonalidades y durezas, de hablar quedito  y con el palo dando. Con sus secuaces en el gabinete sea la de seguridad interna o su fiscal, desde que tomó posesión el magnate decidió poner en jaque al gobierno de la presidenta Sheinbaum.

Lo inició con la imposición de nuevos aranceles, la exigencia de frenar  las corrientes migratorias provenientes del sur; amenazar con intervenciones militares contra el tráfico de drogas  y combatir las organizaciones dedicadas al narcotráfico ya calificadas como “terroristas” con la argucia de que dominan partes del país. Y para aumentar la presión:  las sospechas inducidas sobre tres instituciones financieras de lavar dinero. A lo que se agrega las desatadas sospechas del gusano barrenador para impedir la exportación de ganado mexicano a su país.

No hay descanso para la presidenta Sheinbaum con un disímbolo gabinete y controvertidos liderazgos en los Congresos que empañan su dirección nacional, y un Trump que poco le importa el derecho internacional con las lecturas, en su despacho del Salón Oval de la Clase Blanca, de las doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto.

Son 90 días de tregua de una guerra igual de silenciosa. Es una etapa decisoria para el México del siglo XXI. La presidenta Sheinbaum demuestra hasta ahora no solamente que habla con soltura la lengua del imperialismo. Ha sido capaz de entender al iluminado fanático empresario republicano. Loable su empeño, en un espacio delimitado por el mismo Trump, de un respeto con cabeza fría, temple y defensa con firmeza a una soberanía como la mexicana tan lastimada e irrumpida por ese voraz imperio que tenemos como vecino, merece ser valorada sin estigmas ni dogmas.

Redacción/dsc
Redacción/dsc
Periodista en crecimiento; siempre buscando algo que contar.

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