Por José Luis Camacho López
Cuando quien fuera delegado en Coyoacán, Leopoldo Sánchez Duarte, por allá por la década de los setenta, se le ocurrió proponer levantar una estatua de Hernán Cortés en la plaza Hidalgo del Centro Histórico de esa jurisdicción del sur de la Ciudad de México, provocó toda una polvareda cismática opositora en su propio partido, donde la memoria del conquistador y de los conquistados hizo cortos circuitos.
La iniciativa de colocar esa estatua al violentísimo conquistador español en Coyoacán donde vivió, fue impugnada por historiadores al grito unánime de que organizó el exterminio de poblaciones indígenas en el siglo XVI. Guadalupe Rivera Marín, hija de Diego Rivera, durante su paso en el gobierno de Octavio Sentíes en la Jefatura del Departamento del Distrito Federal, documentó la barbarie de la conquista y la matanza de indígenas.
Rivera Marín aducía la terrible mortalidad de la población indígena por viruelas o por las deliberadas masacres que redujo casi a cero la comunidad azteca.
Con testimonios como los del jesuita Francisco Javier Clavijero, el cronista Salvador Novo recuperó la memoria de la matanza de unos 600 nobles, sacerdotes, guerreros, para despojarlos de sus bienes. “Terminada aquella trágica y horrenda escena-dice Clavijero- despojaron a los cadáveres de toda la riqueza que los cubría”.
El rechazo en las filas políticas e intelectuales del priismo de ese entonces fue contundente y la iniciativa del Sánchez Duarte. Nació muerta. No volvió a insistir cuando la propuesta colocada en una delegación, ahora alcaldía, reunía a una comunidad intelectual y artística universitaria, activa y vigorosa.
Un episodio semejante ocurrió con la frustrada visita de la jefa de la comunidad española de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, una de las modernas voceras del renovado falangismo inspirada en el fascismo, quien llegó a México con el simbólico cadáver de Hernán Cortés. Su agenda lo cargaba con el objetivo de reivindicar la figura de un asesino, como lo llamó la presidenta Claudia Sheinbaum en Sonora ante una comunidad de yaquis y seris.
Sánchez Duarte seguramente se inspiró en las vivencias de Cortés en la jurisdicción política que tuvo a su cargo durante la Jefatura del Departamento del Distrito Federal que estaba a cargo del profesor Carlos Hank González.
Cortés tuvo, según leyendas, entre sus habitaciones la Casa de la Malinche ubicada en la plaza de la Concepción, llamada popularmente como La Conchita, que fue habitada por dos excelentes artistas de la plástica y el muralismo mexicano, Rina Lazo y Arturo García Bustos. Una casa donde aún pervive la memoria de un fantasma que dejó Cortés: la muerte nunca esclarecida de su esposa Catalina Suárez Pacheco, la Marcaida, por la cual fue juzgado pero nunca condenado.
El historiador José Luis Martínez narra ese oscuro evento:, “El proceso es un pintoresco chismorreo de las criadas. Refirieron que, en la fiesta de aquella noche, doña Catalina y don Hernando tuvieron cierto altercado después del cual la señora se retiró llorosa a su habitación, y que poco después que don Hernando se reuniera con ella, éste dio voces diciendo que ella había muerto. Ellas afirmaron que doña Catalina fue ahogada por Cortés y que no murió de su propia muerte. Además, don Hernando no permitió que un fraile revisara el cadáver”.
Un crimen impune por el cual sus parientes le cobraron a Cortés como indemnización, cuarenta años después, unos 40 mil pesos de la época. La señora Díaz Ayuso, muy católica, de la veladora perpetua, llegó a México desmemoriada. Ni siquiera con la lectura de las memorias del propio conquistador donde narra las matanzas de indígenas. Inició su visita a México con un encuentro en la Basílica de Guadalupe, donde fue recibida cordialmente por el arzobispo primado de México y con una misa.
Cuando intentó que en la propia Catedral metropolitana se convirtiera en el acto político de encumbrar la figura del conquistador dentro de toda una apología denominada Celebración por la evangelización y el mestizaje en México: Malinche y Cortés, y una obra Malinche: el musical, las propias autoridades políticas eclesiásticas se lo negaron.
Finalmente la señora Díaz Ayuso se fue sin concluir su agenda, tras un accidentado itinerario en los dominios políticos de Acción Nacional como en Aguascalientes. Tenía previstas, entre sus reuniones, en Nuevo León con la cúpula empresarial y en el Tec de Monterrey.
Otra frustración para su visita fue su ausencia en la entrega de los premios Platino de Cine Iberoamericano realizada en las playas de Quintana Roo, organizada por la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid. Una clausura a su visita que dio lugar a lanzar acusaciones a la presidenta Sheinbaum, de inducir presiones para boicotear la presencia de Díaz Ayuso en ese evento de la comunidad cinematográfica hispana.
“Ayuso es un miembro en ascenso en el extremo de la derecha, del Partido Popular (PP), emergida de los medios, y desde 2019 presidenta de la Comunidad de Madrid”, dedujo José Murat un priista de cepa en La Jornada, en su edición del pasado 11 de mayo, quien formaba parte de esa generación de jóvenes priista echeverristas a la que perteneció Sánchez Duarte.
En efecto, Díaz Ayuso es una de las representantes del discurso más virulento y delirante de las derechas y ultraderechas españolas. En la visita de la presidenta Sheinbaum a la reunión de los gobiernos y movimientos progresistas realizadas en Barcelona, a la que acudieron el presidente Pedro Sánchez, y los mandatarios de Brasil y Colombia, Lula Da Silva y Gustavo Petro, directamente acusó al gobierno de la presidenta mexicana de ser parte de los gobiernos narcos del continente.
Al regresar a Madrid, la presidenta de la comunidad de Madrid, le hicieron una suma de sus desencuentros y calificaciones que recibió en México: “Ridícula”, “ignorante”, “fanática”, “vividora”, “hipócrita”, “rancia”, “casposa”, “apestada”, “lamebotas”, “bazofia”, “ultra” y “agitadora”.
En la Universidad de La Libertad del empresario Ricardo Salinas Pliego, la madrileña se ufanó al hacer una confusa defensa de la democracia. En ese centro educativo del magnate de la televisión Azteca, Díaz Ayuso dijo:” Uno tiene que saber convencer al pueblo en las urnas y no a través de las reglas democráticas que son de todos. Así es como mueren las democracias y así es como está pasando en México y como está pasando en España. Exactamente de la misma manera” (El País, 5 de mayo de 2026).
Admiradora de María Corina Machado, la lideresa venezolana que le regaló a Trump su Premio Nobel, en Aguascalientes, ante una festiva mayoría legislativa local de Acción Nacional de la cual recibió una medalla “por su contribución a la identidad cultural, la democracia y la libertad”, su recorrido empezó frustrarse.
La confrontó un México profundo que no se escribe con j y regresó corriendo a Madrid con el cadáver simbólico de Hernán Cortés en sus manos, sin lograr la veneración al señor Malinche, patriarca de los malinchistas mexicanos que ven en Trump, por ahora, a otro señor Malinche.
