Por
Rafael Serrano y Sergio Ortiz
En 2025 y antes del tsunami ultra-conservador que invade la región latinoamericana, se reunieron historiadores de la región para hablar o contarnos qué pasa con las derechas. Fue en el V Coloquio Internacional “Pensar las Derechas en América Latina”, en Montevideo, Uruguay celebrado en julio del 2025. En ese evento se describió con precisión como el discurso conservador ha desarrollado diversas narrativas que justifican su proyecto político: restaurar el orden norteamericano (pax americana), heredero del colonialismo inglés e implantado al triunfo de la Segunda Guerra Mundial; lo que algunos llaman la “democracia imperial”; en realidad, una dictadura capitalista planetaria en manos de oligarquías corruptas y burocracias que inventan o “construyen” una “realidad” paralela ante su evidente decadencia. Una esquizofrenia política planetaria que omite/evade la existencia de un nuevo mundo: distal más que poli-céntrico o multipolar, basado en la colaboración y profundamente anticolonial: ¿los estertores del imperio anglosajón?
Como lo profetizó Mao, el hegemón norteamericano no puede ya imponer las reglas del juego en un mundo globalizado que lo ha desplazado o convertido en un “tigre de papel”. Su estrategia, de siempre, consiste en crear conflictos permanentes, desestabilizar naciones, controlar y mantener bajo subordinación a los países a través de diversas formas de vasallaje. Para ello cuentan con una maquinaria guerrera que combina poder económico con el poder militar; con miles de ojivas nucleares, un ejército enorme y costoso que controla los mares del mundo y sus rutas de comercio. Sin embargo, “las guerras de la posguerra” y las del siglo XXI muestran que la democracia imperial norteamericana se ha resquebrajado: desde las guerras de Corea, Vietnam hasta las guerras del Medio Oriente pasando por la Guerra de los Balcanes muestran que tanto las sanciones económicas como el dominio militar (aéreo naval) no concluyen en triunfos definitivos ni en ventajas competitivas. Más bien destruyen economías, el derecho internacional y merman la reputación del imperio que es cada vez menos democrático y su sociedad, más descompuesta. Una estrategia retro condenada históricamente al fracaso.
Hace tiempo que la democracia estadounidense se clausuró: las “donaciones” millonarias en sus campañas matan el voto libre, ciudadano. Existe un soborno legalizado para apoyar candidaturas que defiendan los intereses oligárquicos: la democracia usurpada por los lobbies militares, tecnológicos, sionistas, armamentistas, etcétera. Si alguien se sale de este guion “democrático” lo excluyen, lo reprimen o lo asesinan. Muestra la verdadera naturaleza del imperio norteamericano: subversiva, conspiradora, chantajista y criminal. Refiere a lo que se llama el ”Régimen” norteamericano: una urdimbre que amalgama fundamentalmente dos vertientes malsanas: el sindicato del crimen organizado norteamericano y el sionismo judeocristiano. Es una entelequia seguir creyendo en Tocqueville. Hace tiempo que Estados Unidos es una plutocracia que se legitima con un proceso electoral desprestigiado y obsoleto.
El “Régimen” estadunidense, Deep state, tiene sus aparatos y sus burocracias para cumplir diversas funciones: para operaciones secretas dentro y fuera de Estados Unidos con fines represivos cuenta con la CIA, el FBI, la DEA y el complejo industrial militar; con el FMI, Wall Street y Silicon Valley para someter financieramente a los países; para imponer la ley fuera de sus fronteras; un sistema de Justicia que no respeta el derecho internacional; con las iglesias evangélicas envueltas en el mito del destino manifiesto que vacuna ideológicamente; con un sindicato del crimen organizado que administra los inmensos recursos de la droga, etcétera. Que se acompaña de una estructura comunicativa que domina todo el imaginario social/cultural; desde Hollywood pasando por el control del ecosistema mediático tradicional hasta el dominio pleno de las plataformas digitales y sus intervenciones en la modelación de una opinión pública sumisa, ignorante y confundida.
Ayer como hoy: Latinoamérica como patio trasero (back yard)
Lo que ha estado sucediendo ahora es un alineamiento perverso y humillante de las oligarquías latinoamericanas al imperialismo norteamericano. Hoy, con la variable del trumpismo, la ultraderecha no sólo llega al poder con la espada de ejércitos “corruptos/racistas/enemigos del conocimiento/continuadores trasnochados de la “Doctrina Monroe”, sino a través del uso de propaganda y la conquista de la percepción ciudadana para controlar la opinión pública y las tendencias electorales. En esta nueva cruzada del siglo XXI, lo mismo incluyen el lawfare con órdenes de aprehensión contra líderes de izquierda, invasiones directas con secuestros “quirúrgicos” como el de Nicolás Maduro, o la intensificación de tareas de infiltración a través de opositores políticos afines, como el caso más reciente en México de la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, y sus vínculos con la CIA para desestabilizar el gobierno progresista de Claudia Sheinbaum.
Una estrategia desestabilizadora permanente que lo mismo usa la propaganda y manipula las percepciones ciudadanas para “ganar las elecciones” y “cambiar los regímenes hostiles” que subvierte el orden democrático excluyendo a los “zurdos” y enalteciendo a las derechas; incluso participando en sabotajes a sus infraestructuras y a sus sistemas de seguridad; invirtiendo con fuerza y furia en las “guerras cognitivas”, mediáticas, para derrocar a gobiernos progresistas o adversos. En México, como en toda Latinoamérica, estamos viviendo los embates contra los programas sociales y contra las gigantescas obras de infraestructura en la industria petrolera, el sector salud, la educación, el Tren Maya, el Interoceánico y el AIFA. Con falsas banderas que hablan de corrupción, ineficiencia; de narco políticos y narco estados todos encabezados por la “zurdería”, según la embestida ultra conservadora.
Lo hacen por las buenas o por las malas: plagando de mentiras a los medios comunicación, sobornando/cooptando a medios y periodistas, infiltrando o financiando organizaciones sociales (gobiernos opositores, ongs, iglesias, partidos políticos, sindicatos, etc.); incluidas las “decapitaciones” de líderes (represión y/o secuestros “quirúrgicos” como el del Mayo Zambada, el de Maduro y de muchos luchadores sociales antimperialistas; o girando ordenes de aprehensión contra líderes no afines a la paranoia de Washington. Labores, todas, injerencistas que violan el derecho internacional y la soberanía de las naciones. Bastaría con mencionar el chantaje económico que hizo ganar la mayoría en el Congreso argentino a Milei, el triunfo de radicales ultraderechistas en Chile, Bolivia, Perú y Ecuador. La conversión de Venezuela en un protectorado y recientemente el trabajo de la CIA para manipular las elecciones en Colombia, estrangular a Cuba y ahora cambiar el régimen mexicano y derrotar a MORENA por las malas.
El revival del “Make America Great Again”, acuñado por el furibundo anticomunista Ronald Reagan allá por los años ochenta, ha envalentonado a las actuales derechas criollas siempre identificadas como pro-neocoloniales y nativistas, algunas veces mirando al occidente europeo, y otras añorando la vuelta del American way of life. Para ello, cuentan con el poder económico y el control de los medios de comunicación y sus opinion makers, hoy bajo la forma de “influencers” en lo que ellos mismos llaman de forma entusiasta “guerra cognitiva” o “batalla cultural”. Apoyados en un sistema con jueces conservadores que limitan o sancionan los avances progresistas, en los últimos años esas estrategias han rendido grandes frutos con Bolsonaro en Brasil, Bukele en El Salvador, Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Kast en Chile, Paz en Bolivia y, más recientemente, De la Espriella en Colombia y un eventual regreso de la familia Fujimori al poder en Perú.
Estamos ante una modalidad hibrida y proxy en la que se pautan y alientan narrativas de odio y miedo, además de que se construyen realidades políticas convertidas en posverdad (el fantasma del comunismo y el caos inmanente); se interviene a la vieja usanza con bloqueos navales y comerciales; se alimenta la tensión mediante amenazas de intervención o se lanzan provocaciones sangrientas; se imponen sanciones y aranceles salvajes para asfixiar económicamente y hay una desestabilización sistemática buscando cooptar grupos empresariales, partidos políticos, miembros del ejército e incluso usan como instrumento de violencia al crimen organizado a los que, ahora sabemos, arman y de alguna manera controlan a través de estrategias de guerra cognitiva con sus agencias de inteligencia (la CIA y la DEA).
Así, se fomenta el debilitamiento institucional de la democracia latinoamericana modulando la percepción ciudadana con expresiones estridentes y vulgares de la anti-política, bulos donde se espanta con el petate del muerto: el caos social y económico se le atribuye a la izquierda (zurdos colectivistas y ateos). Y si no han logrado tomar el poder, como en Colombia, Brasil o México, conspiran infundiendo miedo y confusión ideológica que finalmente se convierte en un nuevo golpismo, de desgaste, que llegado su momento será más violento. Venezuela, Cuba, y ahora Colombia, son asediadas por Estados Unidos y por sus vecinos Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y Ecuador. Ni hablar de las débiles democracias centroamericanas y del Caribe en donde no hay gobiernos independientes, sino administradores o regentes del imperio: República Dominicana, El Salvador, Panamá, Costa Rica y Honduras, en cuyas elecciones intervino Washington de forma tan cínica como grotesca y, como todo parece apuntar, sucederá eventualmente con Nicaragua
Ante el panorama actual, es conveniente y necesario hacer una pausa para leer, escuchar, reflexionar y actuar sobre esta feroz embestida reaccionaria. Si bien ha resultado una calamidad para los proyectos emancipadores y para la calidad de la democracia en nuestra región, no todo está perdido. Habrá vida después de Trump. El neocolonialismo recargado de la Casa Blanca y la vetusta oligarquía de Miami es inviable y muy costoso para la población estadounidense que intenta revivir el capitalismo nativista basado en la explotación de los recursos ajenos… ¿considerarán viable otro esquema en el que deban invertir tanto?




