La oligarquía rusa, nueva subespecie de ladrones

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Luis Alberto García / Moscú

* Muerto Chernenko, aparecieron dos raros ejemplares políticos.

* Gaidar y Chubais, jefes del “gabinete kamikaze” de Borís Yeltsin.

* La “liberalización” como consigna mayor del gobierno.

* Pistoletazo de salida a un viaje vertiginoso a lo desconocido.

* “La alternativa del diablo” reveló con anticipo plagas y hambrunas.

* El mayor robo de la historia, sin lugar a comparaciones históricas

Al morir de vejez Konstantin Chernenko, el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, asumió el liderazgo nacional en marzo de 1985, para encabezar una etapa histórica hasta diciembre de 1991 y ser desplazado por otro reformista; pero mucho más ambicioso y disparatado.

Así, Borís Yeltsin, su sucesor, no tardó en ir mucho más allá que el más radical de su equipo de jóvenes economistas al anunciar que, antes del 1 de enero de 1992 -una fecha fatal- el gobierno de Rusia liberalizaría todos los precios.

Ello bastó para sumir en estado de hibernación durante una década a la disciplina centralista, que al cabo de más de setenta años de comunismo había penetrado hasta en el último rincón de la vida de la gente, y en pocos meses, Rusia se sumió en un surrealista capitalismo anárquico.

Los pilotos y jefes del “gabinete kamikaze” de Yeltsin eran dos jóvenes economistas, Yegor Gaidar y Anatoly Chubais, que con la palabra “liberalización” como consigna mayor estrellaron sus aviones contra la sala de máquinas del contrato social soviético, que durante y después de la Revolución bolchevique de 1917 había mantenido un rumbo más o menos estable.

La liberalización de los precios, un áspero término económico, fue el pistoletazo de salida para un vertiginoso y accidentado viaje hacia lo desconocido”, explica Miguel Cayetano García Reyes, sovietólogo mexicano, con especialidad en la Universidad Lomonosov de Moscú.

En coincidencia con otros científicos sociales que han hecho investigaciones sumamente serias sobre esa etapa convulsa, García añade que la economía rusa era una gigantesca probeta de laboratorio para la escuela de Chicago, de la economía de mercado; pero “entre los cultivos con los que experimentaban había un Frankenstein que se escapó por la puerta sin que las pesquisas se dieran cuenta de su aparición”.

Las reformas contenían una serie de anomalías catastróficas; los precios más importantes para millones de rusos eran los del pan y la vivienda, pero tales equivocaciones fueron calificadas por los gurúes de Yeltsin como “una falla”, manteniendo bajos los precios de los enormes recursos naturales de Rusia: petróleo, gas, diamantes y muchos metales.

El gobierno que sucedió a Mijaíl Gorbachov privatizó el monopolio que se mantuvo en el pasado, cuando se habían elaborado impuestos a la importación y exportación de los productos y servicios, que obligaba a los consorcios extranjeros a recurrir al Ministerio de Comercio Exterior como intermediario en sus negocios.

La suma del mecanismo privatizado del comercio exterior y el mantenimiento de los bajísimos precios protegidos originó en pocos meses una subespecie totalmente nueva de ladrón, para decirlo claro: el oligarca ruso como los Jodorkovski, Abramovich, Kushnerovich, Fridman, Gusinsky, Beresovsky, Potanin, Tarasov y muchos otros nombres que pasarían a engrosar las listas de “Forbes” a futuro.

Los dos primeros, por ejemplo, operaron en la lógica de volverse multimillonarios en breve lapso de tiempo, al comprar el barril de petróleo de Siberia en un dólar y venderlo en treinta en cualquiera de las naciones europeas carentes de él.

En menos de un lustro había aparecido un minúsculo grupo de personajes inmensamente ricos, una camarilla de multimillonarios que formaron parte del entorno familiar y político de Yeltsin, empezando por su hija Tatiana, parásitos y amigos que siempre la acompañaron.

Entre los oligarcas y las decenas de millones de personas que habían caído en la penuria con el hambre por delante, había una clase media frágil y desesperada, como lo consigna Frederick Forsyth en “La alternativa del diablo” (Ediciones G.P., Barcelona, 1980), novela en la cual el autor británico predice la aparición de plagas sobre las cosechas de trigo de la Unión Soviética.

El espectro del hambre se pasea por todo el territorio nacional, de Asia a Europa, dando lugar a lo que sobrevendría con el tiempo, debido a que el enriquecimiento de unos cuantos constituyó el mayor robo de la historia, sin admitir otra comparación histórica,

Fue en esa fase canallesca en que capitalistas poderosos saquearon los bienes de un país para venderlos en dólares, y depositarlos en paraísos fiscales, con una gigantesca evasión de impuestos nunca antes conocida.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) inyectaba miles de millones de dólares en Rusia para estabilizar la eco0nomía y apuntalar el rublo, y los oligarcas enviaban cada vez mayores sumas a bancos de Suiza, Islas Caimán, Panamá, Mónaco y de otras latitudes cercanas y lejanas.

Esas cantidades desaparecían en un instante a través de ingeniosos y desconcertantes montajes de lavado de dinero, muchísimo dinero, desde el momento en que las estructuras gubernamentales abandonaron su tarea rectora y ayudaron a las estructuras privadas, envueltas en sistemas mafiosos jamás vigilados.

Era de suponerse que los burócratas que aun administraban el Estado lo controlaban, pero no regulaban ni adjudicaban los principios elementales del intercambio comercial interno ni externo, como explica la socióloga Olga Kristanovskaya, inmersa seriamente en ese fenómeno para su análisis y revisión, como lo hicieron muchos de sus colegas de ahí en adelante.

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