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Luis Alberto García / Moscú

* Quedó en el asta central del edificio del Parlamento en Moscú.

* El intento de derrocamiento, por error de cálculo histórico.

* Mijaíl Gorbachov había nombrado en sus respectivos cargos a golpistas.

* Yázov, Pugo, Pávlov, Lukiánov y Kriuchkov conspiraron contra el Presidente.

* Ofreció purgar a sus enemigos internos e impulsar la “perestroika”.

* “No podía ser un personaje envuelto en engañoso celofán”: Thomas Butson.

A partir de la extinción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el país retomó su antiguo nombre y recuperó el uso de la bandera tricolor que utilizara el zarismo desde 1883 por decreto de Alejandro III, y el gobierno provisional entre febrero y octubre de 1917, sustituido en definitiva ocho meses después con el triunfo de la Revolución bolchevique.

La bandera, que había ondeado desde las amarras de un globo aerostático elevado sobre el Parlamento ruso, encontró por fin su lugar en el asta central del edificio y en la sala de sesiones de ese lugar, donde dos funcionarios la colocaron cuidadosamente arreglada.

La bandera anterior era roja, con la hoz de los campesinos y el martillo de los obreros estampados junto a una franja azul, en tanto que el secretariado del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en su intento de salvar lo salvable, ordenó investigar el papel de los altos dirigentes de la formación política en el fracasado golpe de Estado del 19 agosto de 1991.

Un Mijaíl Gorbachov triste, casi patético, reconoció ante numerosos periodistas nacionales y extranjeros su “error de cálculo histórico” –admitió- por haber nombrado para puestos clave a los hombres que ese domingo de madrugada intentaron derrocarlo y cortar el proceso de reformas iniciado desde que llegó al Kremlin, en marzo de 1985.

Entre ellos estaban el ministro de Defensa, Dimitri Yázov; el del Interior, Borís Pugo, que se suicidó cuando iba a ser detenido; el jefe del Gobierno, Valentín Pávlov; el presidente del Soviet Supremo, Anatoli Lukiánov; y el del Comité de Seguridad del Estado (KGB), VIadímir Kriúchkov.

“No hice todo lo posible para evitar el golpe”, afirmó el todavía líder del país; pero la realidad era que, la capacidad de maniobra de Gorbachov, que había prometido purgar de traidores el PCUS y profundizar la “perestroika”, parecía disminuida por el papel que había desempeñado Borís Yeltsin en la crisis.

El hombre nacido en Stavropol el 2 de marzo de 1931, aseguró que el golpe de Estado había sido una lección para él y para todos: “Fue una experiencia difícil y, personalmente para mí, un drama”, y en un tono sincero no empleado antes en público, contó la angustia sufrida durante sus 72 horas en poder de los golpistas bajo rigurosa y estrecha vigilancia.

Relató cómo trataron de presionarlo psicológicamente para que firmara el decreto sobre el estado de excepción o dimitiera, y temeroso de que la situación condujera a su muerte, la de su familia y la de quienes se mantuvieron fieles a él -entre ellos los hombres de la escolta personal-, Gorbachov trató de buscar un método para hacer saber la verdad.

Realizó cuatro grabaciones de vídeo en una cinta, que su hija Irina y su yerno Anatoli dividieron en cuatro partes para su distribución, y pidió a su médico de cabecera que escribiera varios certificados sobre su estado de salud para su difusión.

Gorbachov reconoció haber seguido el desarrollo de la gravísima situación del día 19 a través de la British Broadcasting Corporation (BBC) de la Gran Bretaña y la “Voz de América” de los Estados Unidos, para después referir sus vivencias durante el cautiverio, mientras los golpistas se enfrentaban a su destino.

Pugo se suicidó cuando los agentes que iban a detenerlo tocaban la puerta de su casa; Lukiánov, fue suspendido de su cargo al considerársele sospechoso de cooperar con los involucionistas, previamente acusado por Yeltsin, con el agravante de que fue íntimo colaborador de Gorbachov y de haber sido el cerebro de la conspiración.

Los demás fueron arrestados, excepto Vasili Starodúbsev, presidente de la Unión de Campesinos, en paradero desconocido, y Oleg Baklánov, vicepresidente del Consejo de Defensa, y pese al silencio de los órganos de mando del PCUS durante el golpe, Gorbachov no abandonó la organización política, aunque anunció la expulsión de sus antagonistas y enemigos internos.

El intento de golpe de Estado ideado por éstos y otros comunistas de la línea dura, obedientes a los lineamientos trazados desde los tiempos posteriores a la época de Nikita Khruschev –con la troika compuesta por Leonid Brezhnev, Yuri Andrópov y Konstantin Chernenko al frente- fracasó indiscutiblemente gracias a la movilización organizada por Yeltsin.

“Los cabecillas de la asonada pretendieron salvar inútilmente al PCUS y a la nación, pero sin entender que los tiempos habían cambiado, apresurando con sus acciones poco inteligentes el colapso de ambos”, explicó Roy Medvedev en su libro “La Rusia postsoviética” (Editorial Paidos, Barcelona, 2004).

El científico social, autor de numerosos estudios sobre su país de origen, es de los convencidos de que Mijaíl Gorbachov se había convertido en artífice del advenimiento de una nueva era, en un régimen que había sido dirigido por dictadores burócratas no desde el pasado reciente, sino desde 1923, a la muerte de Vladímir Ilich Ulianov, Lenin.

“Como máximo dirigente de la Unión Soviética, Gorbachov eliminó los protocolos creados por sus antecesores, hablando abiertamente de problemas tan graves como la ineficiencia de la industria y la agricultura”, añadió Medvedev, como quien, más que otro dirigente soviético en la historia reciente, alimentó la esperanza de mejores relaciones entre sus compatriotas y los ciudadanos de otros países.

Thomas Butson, autor del estudio “Líderes del Mundo” (Editora Cinco, Bogotá, 1987), advirtió que Occidente aún no había visto el liderazgo de Mijaíl Gorbachov, quien no podía ser considerado un personaje del antiguo comunismo envuelto en un engañoso y atractivo celofán, sino alguien perteneciente a una clase política ilustrada, un hombre destinado a modificar una parte del mundo con pasos decididos y valientes, como lo hizo él desde sus primeros momentos.

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