Luis Alberto García / Morelia, Mich.
*El pensamiento vivo de don Luis González y González.
*Corundas y queso: un desayuno en San José de Gracia.
*Fusilamiento reciente a la vieja usanza revolucionaria.
*Bajito y malvado”, caracterizaba el historiador a Chávez García.
*Paraíso perdido y los horrores del crimen, la peste y el hambre.
“El Estado debe usar todos los medios a su alcance para proteger la vida humana, pues de otro modo el pueblo de San José de Gracia, Michoacán, y el país entero, seguirán en vilo”, se publicó en el diario capitalino Reforma el 6 de marzo de 2022.
La frase la escribió el historiador Enrique Krauze al destacar que “quizá nunca, en su casi siglo y medio de historia, San José de Gracia, Michoacán, había llegado a ser noticia nacional como lo fue en 2022, cuando las redes sociales difundieron el fusilamiento de un grupo de personas a la vieja usanza revolucionaria: en un muro, frente a un pelotón”.
Sin embargo, la memoria colectiva recogida por un personaje nacido en ese pueblo, pensador lúcido, don Luis González y González, sabe bien que, por desgracia, este episodio es un capítulo más de la vieja y atroz “matonería” que ha padecido ese sitio, pequeño; pero típico del occidente mexicano y de México entero.
Hace poco más de un siglo, el bandido José Inés Chávez García, cobijado por la bandera villista, recorría como un Atila la región michoacana, guanajuatense y jalisciense dejando a su paso una estela de sangre.
“Bajito y malvado”, lo define don Luis: “Lo adornaban muchas virtudes animales y algunos vicios humanos”, y es que veinte soldados de línea que supuestamente resguardaban San José fueron los primeros en huir ante los chavistas.
Y fue un vecino, Apolinar Partida, quien -como el ex alumno del H. Colegio Militar, Salvador Urrutia en Huandacareo, cerca de Morelia y Cuitzeo- organizó la defensa con poco más de una docena de voluntarios, mientras el 90 % de los pobladores huía hacia los montes.
El ataque fue terrible, solamente uno de los defensores sobrevivió, y Partida murió acribillado al salir de una casa en llamas, luego de que Chávez ordenó incendiar San José y formó a veinte prisioneros para degollarlos en la plaza, y cuentan que la intervención del cura los salvó.
Ya casi nadie recordaba esos hechos en las décadas de 1970 y 1980, tiempos idílicos en que Enrique Krauze visitaba a don Luis en la casa familiar de San José: “Después de desayunar corundas y quesos, cruzábamos el patio –las baldosas impecables, el viejo pozo, la clavelina floreada– y salíamos a caminar por las calles soleadas, risueñas y pacíficas de San José”.
“Buenos días, Luisito”, le decían los viejos, muchos de ellos veteranos cristeros, y al llegar a la plaza central, junto a la estatua del padre Federico –su tío, el venerable fundador del pueblo–, nos sentábamos a escucharlo hablar sabrosamente de historia.
Hijo único, hijo predilecto, hijo pródigo en amor a su pueblo, don Luis nació en los albores de la Cristiada (1926-29), salió del pueblo arrasado por aquella guerra y regresó de niño para ser testigo de la reconstrucción.
“Su libro Pueblo en vilo puede leerse como una saga bíblica: la memoria del Génesis y del paraíso perdido; los horrores del crimen, la peste y el hambre; el dolor del exilio y, finalmente, la vuelta y la reedificación de la tierra prometida”.
“Quizá de esa experiencia -escribió Krauze- extrajo su vocación constructora. El hombre sabio, apacible y bueno que había visto crecer y multiplicarse a su progenie y a su pueblo a partir del fuego y las cenizas, solo podía concebir la vida para celebrarla, respetarla, enriquecerla, recrearla”.
Por eso, González y González escribió sus libros, educó a generaciones, fundó El Colegio de Michoacán, fomentó e inventó la microhistoria, método que utilizó para elaborar un pequeño libro que ya es clásico contemporáneo.
Por eso criticó la periodización de nuestra historia en episodios destructivos -la Independencia, las guerras civiles del siglo XIX, la Revolución- y concibió una teoría radicalmente opuesta: “México –nos decía– es una construcción cultural que nació en el crisol del siglo XVII y transmitió su vocación constructiva a las etapas pacíficas, como la era liberal (de Benito Juárez a Porfirio Díaz), la vertebración institucional (de José Vasconcelos a Manuel Ávila Camacho), la etapa democrática que comenzó hace unas décadas.
Don Luis pensaba que “los revolucionarios” –siempre una minoría violenta– habían infligido un daño inmenso a la pacífica mayoría para la que acuñó el término perfecto: “los revolucionados”.
El gran maestro de nuestra historia nacional murió el 13 de diciembre de 2003, cuando la delincuencia organizada comenzaba a asolar Michoacán, su patria chica, su “matria”, como le llamaba.
Con la actitud estoica que lo caracterizaba, interpretaba esa proliferación como una irrupción más de nuestra “matonería”; pero sus ancestros no habían claudicado ante los asesinos y él nunca aconsejó claudicar.
“Creo que Luis González habría condenado la pasividad del actual régimen con la nueva matonería que asuela regiones enteras.
“En aquellos tiempos del México bronco a nadie se le hubiera ocurrido ofrecer a José Inés Chávez García más que balazos. Hoy a sus émulos se les ofrecen abrazos”, apunta es escritor, autor de Biografía del Poder, que compendia los brillos y sombras de ocho jefes revolucionaros.
Para Krauze, “ni abrazos ni balazos. Con los delincuentes, la solución reside en la aplicación de la ley por parte de un Estado que debe hacer uso de todos los medios a su alcance para cumplir con su mandato primero: proteger la vida humana. De no hacerlo, “los transformadores” habrán hecho un daño inmenso a “los transformados”. Y no solo el pueblo, el país, seguirá en vilo”.