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Luis Alberto García / Moscú, Rusia

* Al principio contó con numerosos simpatizantes.
* Luego hubo fragmentaciones, pleitos y pugnas ideológicas.
* El trotskismo no ha sido un movimiento, sino muchos.
* Pensamiento representado por decenas y centenas de siglas.
* “Somos un movimiento libertario”: Nahuel Moreno.
* “El mundo es un planeta sin visado para León Trotski”

Aunque no se dijera ni se conociera, Lev Davídovich Trotski tuvo tras su asesinato numerosos fieles y seguidores estadounidenses, mexicanos, centroamericanos y sudamericanos, como se hizo patente en México después de 1940 y luego de llegar al país que gobernó el general Lázaro Cárdenas del Río de diciembre de 1934 a noviembre de 1940.
Llegó a México en 1937, y a ochenta años de su asesinato, el movimiento trotskista en América Latina se ha caracterizado por su diversidad y sus fragmentaciones, entre divisiones de las divisiones, discusiones bizantinas, pleitos ideológicos que nunca llegan a nada entre esos grupos revolucionarios que han aparecido en diferentes países de Latinoamérica.
El retrato de Trotski aparece pintado en un mural en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, cuyo autor, Diego Rivera, famoso muralista mexicano, militante comunista y amigo personal del revolucionario ruso lo acogió en su casa desde su llegada, en enero de 1937.
En ese mismo centro del poder, a pocos metros hay otra pintura, de David Alfaro Siqueiros, también afamado muralista, militante comunista, organizador de un asalto a la casa-fortaleza de Trotski, autor del intento de asesinato contra Trotski el 24 de mayo de 1940.
A esa agresión –de la que salieron ilesos él, su esposa Natalia y su nieto Esteban-, sobrevivieron de milagro pesar de los cientos de disparos de pistolas, fusiles y metralletas hechos contra el interior de su casa, además de las bombas incendiarias utilizadas para aniquilarlos.
Este curioso retazo de historia, ocurrido en apenas unos metros cuadrados, muestra que el político ruso siempre ha despertado grandes pasiones, a favor y en contra: la mayoría de las veces, éstas no llegaron solamente desde facciones opuestas, sino desde sus propias filas, incluido el movimiento comunista que él ayudó a construir y al ascenso de los bolcheviques en la Rusia posterior al zarismo.
El movimiento trotskista en América Latina, y en el mundo en general no ha sido uno solo, sino un sinfín, como los que apoyaban los movimientos obreros y los que no; entre ellos los partidarios de la lucha armada y los pacifistas; los que simpatizantes del guevarismo, el castrismo, las guerrillas el Ejército de Liberación Nacional de Colombia, por mencionar sólo algunos.
Hubo y hay, en la actualidad, incluso “trotskismos silvestres”, grupos que surgen en medio de la sierra y el monte, que saben de la existencia de Lev Davídovich Trotski, y primero se adhieren a esta corriente y luego empiezan a estudiar sus tesis y propuestas.
Nahuel Moreno, dirigente trotskista argentino, subraya que el hecho de que haya tantas diferencias en su seno: “Eso muestra que somos un movimiento libertario, independiente, porque no tenemos ningún Vaticano, no tenemos ningún Moscú, no cargamos con ningún crimen, no hay sangre entre nosotros”.
Y carga la mano en contra de quienes trataron de extirpar el trotskismo hace ocho décadas: “En cambio los estalinistas y los maoístas se han matado entre ellos, y nosotros, si nos dividimos, seguimos luchando”.
Sin embargo, hay otras opiniones: esa fragmentación y sus continuas disidencias, aunque saludables, le han restado fuerza, y son pocos los países donde consiguieron levantar un partido lo suficientemente influyente como para convertirse en actores políticos.
En Argentina, por ejemplo, donde el movimiento disfruta de bastante buena salud, la organización Política Obrera (PO), de origen trotskista, nunca consiguió llegar al 2% en las elecciones presidenciales.
El pensamiento trotskista, pues, representado en decenas y centenas de siglas, nunca ha conseguido unir masivamente a los obreros y campesinos que se suscriben a ellas, y sus propuestas nunca han llegado a discutirse en ninguna sede de gobierno.
“El mundo es un planeta sin visado para León Trotski”, aseguró el escritor francés André Bretón, quien lo conoció en la casa de Diego Rivera en México, al recordar que Lev Davídovich llegó a esa nación en enero de 1937, después de deambular durante años, desterrado y perseguido por Stalin, y sin un país dispuesto a acogerlo.
“Los gobiernos tenían temor no solamente de él como figura emblemática de una gran revolución, sino también por la conflictividad que implicaba tenerlo en el país gobernado por Lázaro Cárdenas”, recuerda Olivia Gall, historiadora y autora del libro Trotski en México.
De ahí la frase acuñada por André Breton, en tanto Esteban Volkov, nieto de Trotski, recuerda el legado revolucionario de su abuelo y lo que hicieron los mexicanos por él y su familia: “Gracias a las gestiones del maestro Diego Rivera, que junto a su esposa Frida Kahlo, formaba una unidad en el mundo del arte, el gobierno del general Cárdenas aceptó generosamente darles asilo político”.

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