LA COSTUMBRE DEL PODER: Morir joven en 2018

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Gregorio Ortega Molina

*No es fortuito, no es el azar, es una elección; señala que se modifican usos y costumbres, que los jóvenes así fallecidos perdieron la vida en la búsqueda de otras oportunidades, en el afán de encontrar otra manera de vivirla, lejos de la humillación que les impone el modelo de desarrollo

 

La idea, la percepción de la muerte camina por muchos derroteros. Puede convertirse en una elección, la más de las veces llega de sopetón, porque no se quieren reconocer los avisos, por miedo, temor a que de verdad exista la vida después de la vida; otras, luego de eterna enfermedad, se camina sobre ella montado en la duda: ¿qué llegará primero: el milagro o la negación?

     La muerte como piel de la civilización, como espíritu y hueso y músculo de la cultura. Vivir requiere haber aprendido a ver la muerte de frente, sin rodeos, con temor, sí, pero también como algo inevitable que es necesario cruzar, lo que puede convertirla en una bendición para alguien derrotado, aunque el Libro de Job difiere del aserto, porque vivir es, para los cristianos, para los católicos, una consigna que sólo concluye con la voluntad de Dios.

     El terrorismo islámico impone otras consideraciones culturales y religiosas a la idea de la muerte: morir matando, atado a una bomba, es el ascenso espiritual, pero también la entelequia, porque es una deformación del verdadero mensaje del Profeta. La fe de Mahoma no demanda, no requiere matar para vivir.

     Lo que hoy sucede con los jóvenes mexicanos, su proximidad con esa idea de la muerte como liberación, la explica con todo detalle Roberto Saviano, primero en Gomorra, y con más precisión en La banda de los niños. Lo que él narra, describe como incontrovertible, es la muestra de modificaciones profundas en la cultura y la civilización. Es la inseguridad, la violencia, el hambre, la que determina modos y momentos para decidirse a mirar a la muerte con los ojos vivos y el espíritu inerte.

     Lo anterior viene a cuento por las alentadoras cifras proporcionadas por el Inegi: el número de jóvenes asesinados de entre 15 y 24 años aumentó 193.5% en 2016, en comparación con el registrado 10 años antes, en 2007.

     Las estadísticas que se desprenden de los registros de los Ministerios Públicos de los 32 estados, indica que -además de los fallecidos de los que no se tiene conocimiento, por estar desaparecidos o haber terminado en una fosa clandestina- mientras en 2007 murieron mil 785, durante 2016 fueron cinco mil 240.

     Las cifras del horror nos indican que entre 2007 y 2016, 46 mil 754 jóvenes fueron asesinados, principalmente con armas punzocortantes o de fuego, por golpes, ahogados o quemados. De ese total, 41 mil 296 eran hombres, cinco mil 445 mujeres y en 13 casos se desconoce el sexo. ¿Qué opinan los candidatos?

     “Los cinco años en los que hubo más homicidios contra este sector de la población fueron 2011 con seis mil 345; 2012 con seis mil 283; 2010, seis mil 46; 2016, cinco mil 242 y 2013 con cinco mil 105”.

     No es fortuito, no es el azar, es una elección; señala que se modifican usos y costumbres, que los jóvenes así fallecidos perdieron la vida en la búsqueda de otras oportunidades, en el afán de encontrar otra manera de vivirla, lejos de la humillación que les impone el modelo de desarrollo, que no se modificará con el cambio.

www.gregorioortega.blog

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