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*El problema con nuestro actual mandatario es que no vive en el presente, sino en esa época en la que el oficio de mandar que conoció de adolescente, le permitió ensoñar su futuro como presidente constitucional de México; resulta que se impuso, pero no ha podido gobernar

 

Gregorio Ortega Molina

Los que gobiernan también fantasean, tienen ensueños, sufren nostalgias y angustias, pero sobre todo se dejan llevar por la posibilidad de un éxito imaginario que rompe moldes y fronteras. No importa que las épocas y las sociedades gobernadas sean totalmente distintas a las que sus héroes soñados impusieron un sello personal e histórico.

     Obviamente el presidente constitucional en funciones no es la excepción, lo que está bien, sus inalcanzables y hasta el momento malogrados ensueños de triunfo, son legítimos.

     Pero, siempre hay uno, debe hacer un alto y meditar sobre quiénes pagan el costo de sus malogrados proyectos. No es él, ni sus allegados y familiares. Todos ellos concluirán el sexenio sin sobresaltos anímicos y con un tranquilizador futuro económico. Obvio que no quieren emular a Emilio Lozoya Austin, pero tampoco quieren verse como los huéspedes del Asilo Arturo Mundet.

     Los parámetros para medir la fortaleza moral y la estatura ética y política se modificaron. Imposible convertirse en un héroe similar a los del pasado histórico-político con la realidad del presente. Sobre todo, porque la medida del sueño frustrado de AMLO, es el costo social y económico de otro sexenio que se va al caño y paga la sociedad.

     Allí están los maestros contemporáneos para mostrarnos lo que realmente ocurre. Escribe Juan José Millás en La vida a ratos:

-En la antigüedad –dice, refiriéndose a mi juventud-, la gente no daba limosna porque creía que era un modo de perpetuar la injusticia. Ahora que la injusticia forma parte de la normalidad, la gente no da limosna por vergüenza.

– ¿Por vergüenza? –pregunto extrañado.

-Sí, les da apuro que alguien conocido les sorprenda en ese trance. Ayudar a un mendigo implica en cierto modo identificarse con él. Es una cuestión de imagen.

     Es el quid del asunto. La imagen. Hoy, sobre todo hoy, los políticos dicen y hacen todo por la fotografía oportuna, la selfie con los fans. El resultado histórico, el beneficio a la sociedad, la posibilidad de arreglar un entuerto que lleva años pasmado, los tiene sin cuidado si con ello se afecta su imagen. Lo que desean es parecer, no ser, porque ser implica cultura, conocimiento, afecto, humanidad, reconocerse en el otro con esa alteridad que nos permite identificarnos sin necesidad de confrontar, mentir, escarnecer, triturar verbalmente: al contrario, al opositor, al distinto, al diferente, porque legalmente no puede hacerlo pues lo haría sin sustento moral, y de eso presume.

     El problema con nuestro actual mandatario es que no vive en el presente, sino en esa época en la que el oficio de mandar que conoció de adolescente, le permitió ensoñar su futuro como presidente constitucional de México; resulta que se impuso, pero no ha podido gobernar.

www.gregorioortega.blog                                       @OrtegaGregorio

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