La Costumbre del Poder: Bodas de diamante

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*Imposible vivir sin errores ni dolor. Bien lo señala Ernest Renan en Vida de Jesús, porque es evidente que completar el sentido humano de esta oportunidad que es vivir, sin ninguno, puede ser equivalente a no haber vivido

Gregorio Ortega Molina

Estoy a un tris de llegar a las bodas de diamante con la vida, la razón, el espíritu, el alma y todos esos sentimientos -desde el filial y el paterno hasta el de agradecimiento- que transforman a los humanos en lo que son.

     ¿Mucho que agradecer? Ustedes dirán. En el avionazo de Poza Rica en enero de 1970, no hubo un único sobreviviente, sino dos: Jesús Kramsky y Gregorio Ortega Molina. Imposible, ahora, olvidar la voz de Moisés Martínez conminándome a ceder mi lugar en el avión siniestrado a Ismael Casasola Tezcucano, porque ya estaba yo sentado y con mi lettera 22 guardada en el compartimento superior. Mauro Jiménez Lazcano puede, todavía, confirmar el hecho.

     O, durante la misma década, cómo dejar atrás la invitación de Silvia Hernández, directora general del CREA, para acompañarla en avión a Querétaro. En ese accidente hubo tres sobreviviente. Ella, Mariano Lemus y quien esto escribe, porque cortésmente le dije que yo la alcanzaría en el aeropuerto de esa ciudad, donde me enteré de su accidente. La misma señora Hernández puede desmentir esta versión.

     Agradecer padres, hermanas y hermanos, mis más de cincuenta años de matrimonio, hijos y nietos. Amigos y patrones. Con ellos aprendí lo que es la esencia de la vida profesional.

     Tres personajes inolvidables. Adolfo Bioy Casares , quien en marzo de 1994 me recibió en su casa, perfectamente atildado y dueño de todas sus emociones, a pesar del muy reciente fallecimiento de su hija. Está publicada la entrevista en la primera plana del unomásuno.

     Javier Wimer Zambrano, a quien me unió una amistad de casi treinta años, a pesar de que fui su secretario particular. Siempre me trató con la deferencia del amigo con el cual se comparten lecturas y experiencias.

     Susana Ibarra, mujer entera, entrañable, sabia. Escuchaba y sabía poner un hasta aquí a quien debía dejar quieto, principalmente a Julio Scherer García.

     Imposible vivir sin errores ni dolor. Bien lo señala Ernest Renan en Vida de Jesús, porque es evidente que completar el sentido humano de esta oportunidad que es vivir, sin ninguno, puede ser equivalente a no haber vivido.

     Naturalmente que también hay desengaños y sorpresas. Cuando en 1979 llamé a Julio Scherer García para agradecer el envío de las obras completas de Mariano Azuela, me respondió que las había elegido porque en sus páginas descubriría la verdadera personalidad de mi padre.

     Y así fue hasta la parte final del tercer tomo, donde el propio doctor Azuela dedica unos párrafos a la intervención de Orteguita para contribuir a convertirlo en un escritor famoso, gracias a Demetrio Macías.

www.gregorioortega.blog                                              @OrtegaGregorio

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