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*Si lo fuera no se serviría del poder de la institución presidencial para dividir al país, escarnecer y exhibir a sus enemigos, facilitar la tranza de las adjudicaciones directas, violentar la independencia y autonomía de los poderes Legislativo y Judicial; tampoco violentaría el debido proceso, ni la secrecía de las carpetas judiciales que están en curso de investigación

 

Gregorio Ortega Molina

Es de Enrique Krause la propuesta y el ensayo Por una democracia sin adjetivos. En el título aportó lo que por definición de la palabra es. Este ejercicio de participación ciudadana en política no puede ni debe adjetivarse, como tampoco puede establecerse una cantidad. Se es o no demócrata. No hay más ni menos democracia. Es el respeto y la práctica de un derecho que los gobernantes deben garantizar.

     El último 25 de agosto José Woldenberg y José Ramón Cossío publicaron, en El Universal, textos de ineludible lectura sobre el riesgo que corre el ejercicio de nuestros derechos fundamentales, notoriamente los que amenazan la libre elección de nuestros gobernantes, sobre la que se ejerce una enorme presión para enajenar la libertad del voto secreto. El arma principal son los plásticos de los programas sociales que, supuestamente, tienen la función de promover el consumo. Olvidan, los promotores de ese dispendio, que se fondean con recursos fiscales, y ante la recesión pronto empezarán a escasear.

     Además, el efecto de esa peregrina idea de reactivar la economía por el consumo, y no gracias a la creación de empleos e impulso a la producción, tendrá efectos negativos en la relación sociedad-gobierno, porque habrá hambre, lo que propiciará mayor violencia e inseguridad y linchamientos, por la ausencia de Estado allí donde los malandros y los hambrientos creen que podrán imponer su voluntad.

     Lo primero que tenemos que reconocer es que la democracia en México no existe, pues en la mayoría de los ámbitos de la actividad y la vida continúa aplicándose la ley del más fuerte, la tranza política y la línea para garantizar esa impunidad que tanto daña.

     En los hogares no hay democracia -de ahí tanto feminicidio-, como tampoco en los sindicatos, en las oficinas (donde el acoso sexual hace de las suyas), en las instituciones de educación superior, en la administración pública… José López Portillo definió bien el comportamiento de los mexicanos, donde sólo sus chicharrones truenan.

     ¿Es AMLO un demócrata? Si lo fuera no se serviría del poder de la institución presidencial para dividir al país, escarnecer y exhibir a sus enemigos, facilitar la tranza de las adjudicaciones directas, violentar la independencia y autonomía de los poderes Legislativo y Judicial; tampoco violentaría el debido proceso, ni la secrecía de las carpetas judiciales que están en curso de investigación. Mucho menos violaría la Constitución como lo hace, aunque es preciso señalar que en este país y desde hace mucho, los presidentes de la República incumplen, por norma, el mandato constitucional.

     Que no nos vengan con el cuento de que la democracia está en riesgo. Es urgente que reconozcamos que la tal democracia en México es un esbozo, un apunte, un inicio de vida en sociedad, y también es muy importante aceptar que los culpables de que así suceda no son nada más los gobernantes. Somos, los mexicanos todos, corresponsables de que así suceda, porque estamos dispuestos a creernos nuestro cuento y nos da güeva asumir la responsabilidad de defender nuestros derechos. Al menos a la mayoría.

www.gregorioortega.blog                                              @OrtegaGregorio

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