JUEGO DE OJOS: No se admiten milagros

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Miguel Ángel Sánchez de Armas
El escepticismo y la duda son la naturaleza del espíritu científico. Un verdadero investigador pone en duda todo aquello para lo cual no encuentra una explicación racional y comprobable.
Cuando Charles Goodyear se propuso encontrar un uso industrial al hule –que antes de 1840 no tenía futuro pues el frío lo hacía quebradizo y el calor lo ablandaba- no escatimó tiempo, dinero e imaginación. Lo mezcló con cuanta sustancia tuvo a su alcance. Lo combinó con azufre y también fracasó. Pero un día por descuido dejó un trozo del material en un horno y … ¡zas! … descubrió la vulcanización.
No crea el lector que Goodyear salió loco de contento a la oficina de patentes más cercana a registrar su producto. No. Se encerró en su laboratorio y repitió el experimento hasta que estuvo seguro de que había un principio científico comprobable antes de cantar victoria. Fue tan meticuloso y se tardó tanto que otros le ganaron el registro y se hicieron millonarios, pero ese es otro cuento.
A lo largo de toda la historia el conocimiento se ha construido con la duda. El progreso de la humanidad se debe a quienes no se permiten el asombro automático ante nada, no creen en las consejas y con gran disciplina y decisión todo lo comprueban.
Gracias al historiador Flavio Josefo sabemos de un ejemplo memorable. Estando Vespaciano al frente de la Legión Décima en el año 67, visitó el Mar Muerto. Científico además de militar, decidió comprobar por sí mismo si las aguas eran tan densas como se aseguraba en antiguos textos que habían pasado de generación en generación.
El emperador preparó cuidadosamente su pesquisa. Eligió a varios centuriones, se aseguró de que no supieran nadar, y mandó arrojarlos al agua. Para mayor rigor científico hizo que los ataran de pies y manos. Se puso a observar y a tomar nota y constató que los cuerpos de los desgraciados subían de regreso a la superficie, aunque Flavio Josefo no nos dice si vivos o muertos. El experimento sobre la densidad del agua fue un éxito. Que los hombres se ahogan no estaba a comprobación, pues era algo ya sabido.
Así, hace dos mil años, aquel romano estableció un principio que a nuestros días rige a la ciencia: el conocimiento no admite milagros. Dios y la ciencia son cosas distintas.
Por ello resulta doblemente fascinante la polémica desatada en nuestros días por una corriente científica que sostiene que en la evolución de nuestra especie hay un diseño inteligente.


Es la reedición del debate entre darwinistas y escépticos. Hace un tiempo en un panel de premios Nobel en Nueva York se debatió si un buen científico puede creer en Dios y por los aires voló la tapa de una caja de Pandora de los tiempos modernos. “¡No!”, fue la respuesta contundente de H. Haupman, Nobel de química.
Por una parte, la ciencia ortodoxa sostiene que la naturaleza nos da sus propias explicaciones, que toda propuesta científica es provisional y puede ser sobreseída por nuevos conocimientos derivados de la experimentación y de la observación, y que la creencia religiosa es poco menos que pensamiento mágico.
Denis Diderot dejó en la Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts e des métiers, o sea la Enciclopedia, una clara muestra de lo que pensaba al respecto: en la entrada a “Canibalismo”, remitió a la definición correspondiente a la consagración de las hostias en la misa católica.
Pero los seguidores del diseño inteligente se preguntan si algunas maravillas biológicas como la precisión óptica del ojo, los motores que impulsan a las bacterias y la cascada de proteínas que permite la coagulación de la sangre, pueden ser la evidencia de la mano de un ser superior.
En última reducción, los seres humanos estamos formados por átomos. Los átomos no tienen vida, pero se reúnen por razones que nadie ha explicado satisfactoriamente y construyen las células y los tejidos de seres que tienen conciencia de sí mismos. Los átomos son los elementos más democráticos del universo. Lo mismo se agrupan para dar vida a la madre Teresa que a Donald Trump que a Vladimir Putin que a Winston Churchill que Javier Milei e incluso a submarxistas de apellido Arriaga.
Y cuando la conciencia de ese conjunto de tejidos llega a su fin, los mismos átomos se desensamblan y se dispersan por el universo y algún día se vuelven a juntar en un sapo o en una piedra o en Nathuram Godse y la Beretta con la que asesinó a Gandhi.
Visto así, uno se pregunta si nuestro mundo realmente sólo es producto del azar y la evolución o si debemos empezar a creer en los milagros.

juegodeojos@gmail.com

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