Miguel Ángel Sánchez de Armas
Manuel Buendía nació en Zitácuaro, al oriente del estado de Michoacán, el 24 de mayo de 1926, hoy hace 100 años. Fue el tercero de los seis hijos del maestro molinero José Buendía Gálvez y de Josefina Tellezgirón Tinoco.
Los Buendía Tellezgirón eran una familia conservadora y apegada a las tradiciones. A los doce años Manuel fue internado en el Seminario Menor en Tlalpujahua. Además de la motivación católica, los Buendía vieron que era el camino para que un hijo inquieto e inteligente recibiera una buena educación.
Manuel permaneció en el seminario de 1939 a 1941. A la muerte de su madre regresó a Zitácuaro. Dio clases de primaria y comenzó el camino del periodismo con una columna en un periodiquito que él y sus amigos formaban letra por letra en una vieja prensa de pedal no distinta a la de Juan Pablos. Luego lo voceaban por las calles del pueblo y con frecuencia eran correteados por los genízaros del cacique en turno. Fueron el dolor de cabeza de la autoridad municipal.
A mediados de 1943, recién cumplidos los diecisiete años, Manuel dejó la casa familiar para continuar sus estudios en la capital. Lo recibieron en el Instituto Patria y en Bachilleratos cursó la preparatoria de Filosofía y Ciencias Sociales. Pasó a la Escuela Libre de Derecho. La muerte de su padre y la obligación de velar por sus hermanos lo obligó a dejar los estudios en el segundo año.
En 1948 ingresó como redactor a La Nación. Que un joven provinciano sin antecedentes profesionales en el DeFe lograra una plaza en la publicación del más importante partido opositor al régimen de la Revolución, habla de las capacidades del joven michoacano.
En La Nación publicó reportajes y escribió sus primeras columnas bajo la dirección del poeta Alejandro Avilés, quien lo llevó a dar clases a la escuela de periodismo que hoy conocemos como “Carlos Septién García”.
En 1953 fue contratado en La Prensa y pronto se distinguió como un reportero excepcional. En siete años cubrió la información policíaca, la diplomática, la política y la de la Presidencia de la República. Creó la columna que le habría de dar fama, “Red Privada”. Y el lunes 29 de febrero de 1960, poco antes de cumplir treinta y cuatro años, fue nombrado director de La Prensa, puesto del que fue separado a mediados de 1963 por un conflicto en la cooperativa.

Entre 1964 y 1976 Manuel Buendía tuvo su propio semanario, Crucero; después fue jefe de prensa en la CFE, el DDF, Nafinsa y Conacyt. En enero de 1977 regresó al periodismo con “Red Privada”, y llegó a ser el más destacado analista político de su generación. En 1977 recibió el Premio Nacional de Periodismo.
A Manuel Buendía lo asesinaron el 30 de mayo de 1984. De ese episodio nos quedan tres certezas: su muerte, la acción de un sicario profesional y cinco tiros de una pistola de alto calibre. Todo lo demás se difuminó en una bruma de conjeturas y sospechas no aclaradas al día de hoy.
Hoy lo recordamos principalmente por Red Privada. “¿Ya leíste a Buendía?” era el saludo entre ciudadanos informados y pendientes del rumbo que seguía el país. Al mismo tiempo esa columna lo puso en la mira de los poderes que un día decidieron silenciarlo.
Un cronista de la época apuntó que sin considerarse héroe por un instante, Buendía “asumió la responsabilidad de todo un gremio, y eso lo hizo ejemplar e irrepetible.” Fue el más exitoso columnista sindicado de la era. Red Privada aparecía en la primera plana de los más importantes diarios mexicanos -más de 100- y se publicaba en otros países de Latinoamérica.
Manuel confiaba en la dimensión civil de cada uno de sus textos. No veía en sus lectores sólo a un conjunto de ciudadanos curiosos, anónimos o impersonales. Siempre tuvo conciencia de que jugaba un papel al servicio de la opinión pública y que ésta era vital para la salud de la República.
No se dedicó a registrar escándalos o a describir la superficie del poder. Su trabajo consistió en identificar las conexiones profundas entre actores que en apariencia, pertenecían a esferas distintas: agencias de inteligencia extranjeras, organizaciones ideológicas clandestinas, élites políticas y estructuras criminales emergentes.
La información privilegiada que ofrecía, la temática con la que podía identificar diversos grupos, la claridad, ritmo, contundencia y sentido del humor de su redacción y una amplísima red de contactos y relaciones, pronto lo singularizaron entre el conjunto de los profesionales del análisis político y social.
Su obra fue y sigue siendo relevante porque los temas que abordó permanecen en la vida pública mexicana, porque ejerció un oficio periodístico empeñado en revelar lo que el poder buscaba ocultar y porque su asesinato, en 1984, se convirtió en símbolo de los riesgos que enfrenta la prensa crítica e independiente en México, hoy el país más peligroso del mundo para ejercer esa profesión.
Su trabajo es un punto de referencia ético y profesional para comprender el papel esencial que juega el periodismo en una sociedad democrática. Buendía sigue entre nosotros porque la esencia del periodismo en el que él creía sigue siendo la misma. Su asesinato desató una ola de dolor, indignación y temor. La sensación de que “si pueden matar a Buendía pueden matar a cualquiera” fue la confirmación de la impunidad en que vivíamos entonces y que hoy sigue entre nosotros.
José Emilio Pacheco identificó a Manuel Buendía como uno de los grandes prosistas mexicanos del fin de siglo. Y el significado de su desaparición fue para este poeta una profecía: la prueba trágica e irrefutable del poder de las palabras.
Su trabajo inspiró a generaciones de columnistas y sigue siendo un ejemplo para las nuevas generaciones de periodistas. A 100 años de su nacimiento, lo recordamos con cariño y respeto.
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