J. Inés Chávez, el bandido más temido en la Revolución

Fecha:

Luis Alberto García / Morelia, Mich.

*En 1917 y 1918 tuvo temible actividad delictiva.
*Tenía varios apodos, entre ellos en “Terror de Michoacán”.
*Incendios, secuestros, homicidios y violaciones, su sello.
*Su trayectoria criminal comenzó como rural porfirista.
*Su vida se apagó a los 29 años, en Purépero, Michoacán.

Uno de los bandidos más brutales en la época de la Revolución Mexicana fue, sin duda alguna, el bandolero y falso revolucionario José Inés Chávez García, y solamente al escuchar que ese forajido estaba cerca, provocaba gran temor entre los pobladores del Bajío michoacano y del sur de Guanajuato en aquellos días.
Por eso comenzaron a llamarlo el “Terror de Michoacán”; pero anterior a su fama de bandido, existe poca información sobre Chávez García; pero se sabe que nació en abril de 1889 en el rancho de Godino, tenencia de Puruándiro, Michoacán.
Según cuenta un sacerdote que lo conoció, era un hombre de baja estatura y de complexión robusta que sabía leer y escribir, participaba en eventos de la iglesia, se dedicaba a las labores del campo como peón y era un excelente jinete.
Esa es una imagen lejana al hombre que sería después al comenzar la carrera en las armas en la policía rural porfirista; pero desertó en 1911 para enlistarse como revolucionario bajo las órdenes de Salvador Escalante, líder maderista michoacano.
En 1913, se unió a las fuerzas de Gertrudis Sánchez en Michoacán y estuvo bajo las órdenes de Anastasio Pantoja, de quien fue su segundo al mando.
En agosto de 1914, al suprimirse el gobierno huertista en Michoacán, José Inés, junto con Anastasio Pantoja y Gertrudis Sánchez, resultó victorioso para alcanzar el grado de capitán primero, y permanecer fiel a Pantoja.
De manera que, cuando este fue fusilado, en 1915, Inés regresó a Puruándiro, en donde Pantoja y él tenían muchos partidarios, de modo tal, que organizó su propia gavilla, formada mayoritariamente por campesinos.
Aunque durante su etapa como revolucionario ya era conocido por sus abusos, pillajes y crueldades, cuando su nombre cobró fama después de 1915 pues sus ataques y saqueos se volvieron constantes en distintas poblaciones de Michoacán, Guanajuato y algunos puntos del estado de Jalisco, comenzando así su carrera como bandido temible.
El clímax del movimiento de José Inés Chávez García se dio en 1917 y 1918, cuando sus tropas o banda de asesinos llegó a alcanzar los tres mil hombres, un ejército irregular con organización militar que se desplazaba de un lugar a otro cometiendo robos, saqueos, actos vandálicos, incendios, secuestros, golpes, asesinatos y violaciones.
En ese entonces, su gavilla dominaba ya amplias regiones de Michoacán, y quienes lo conocieron, lo describieron como un hombre sin piedad cuyos asaltos se caracterizaron por un uso indiscriminado y abundante de violencia.
Cometió numerosas depredaciones en esos años, asaltando violentamente pequeñas rancherías, pueblos y hasta cabeceras municipales, sin contar los innumerables asaltos y ataques a las haciendas y ranchos agrícolas de la zona, los cuales, para muchos de los dueños, significaron la ruina.
Las poblaciones donde quedaron más registros de su crueldad, fueron Degollado y Abasolo, en donde asesinó a hombres, mujeres y niños: en 1918, saqueó e incendio por completo el pueblo de Cotija, y lo mismo ocurrió con La Magdalena en el Valle de Santiago.
Mientras que, en Uriangato, después del saqueo, también ordenó quemar casas y negocios: hay testimonios de que en el ataque a Manuel Doblado, los pobladores que huyeron con pavor a los cerros, murieron calcinados o asesinados brutalmente, pues las órdenes de José Inés eran claras.
Todos aquellos que trataran de huir del fuego debían “ser cazados como animales”, era su orden, y es que las confrontaciones contra las defensas civiles organizadas, en la mayoría de las poblaciones, fueron dramáticas.
Los vecinos, tratando de hacer resistencia, muchas veces morían en la batalla, y si no era así, ordenaba fusilarlos sin piedad; tanta, que hasta le divertía verlos morir mientras se acompañaba con bandas de música, obligadas a tocar con lágrimas en los ojos.

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