martes, febrero 20, 2024

ISEGORÍA: Después de la batalla

Sergio Gómez Montero*

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago

R. Castellanos: “Memorial de Tlatelolco”

 

No sé por qué (quizá por mí mismo, que en la medida en que los años pasan más siento en mí el 68), pero la noche del debate fue parecida en mucho a Tlatelolco: sentir la plaza vacía, mojada, con los cuerpos ausentes, corriendo hacia los autobuses que me llevarían lejos de allí. Pero estaba vivo, aún estaba vivo. Llegando a la casa en donde nos veríamos para ver qué nos tocaba seguir haciendo. Por eso el epígrafe también de esta nota y las reflexiones que de esa noche del debate se desprenden.

La jauría, desde el principio, se fue sobre AMLO. Su orden era el ataque; no esperar. Y como muñecos de guignol obedecieron sumisos el movimiento de los hilos y de las manos que desde fuera del escenario estaban prestos a mover a su antojo a los cuatro arlequines cuya voz era sólo una: “Es un peligro para México”, una y otra vez como si no supieran ningún otro discurso. Triste discurso, pues; repetitivo y aburrido, sin orden ni concierto. La melodía, durante la primera hora era un canto unánime a cuatro voces (“Abajo López Obrador”), en donde la variante era la lista de acusaciones que cada una de las voces oponentes recitaba. En la segunda hora, cuando aparentemente por error se dio un extraño enfrentamiento entre Meade y Anaya que dejó en el piso al primero (y de allí parece que ya no se levantará) y ayudó mucho a AMLO, quien como gallito no perdió ninguna pluma, y por eso el debate de aquí en adelante parece perfilarse claramente entre dos oponentes: el cuarteto encabezado por Ricardo Anaya en contra de López Obrador quien debe enseñarse a eludir los golpes bajos de sus oponentes dejando que sea el pueblo el encargado de responder a lo que Anaya definió ya como el enfrentamiento de dos proyectos de nación: por un lado, el neoliberalismo que él defiende a capa y espada y un proyecto del pueblo sustentado en la democracia, en la justicia y en la libertad, que es el del Peje que no es cocodrilo.

Puede que Anaya no sepa ni quién es Pierre Bourdieu, pero mucho de lo que dijo el queretano inmobiliario chueco se derrumba con la crítica devastadora que el sociólogo francés encaminó al neoliberalismo: “¿Y si se tratara, en realidad, de la verificación de una utopía, el neoliberalismo, convertida de ese modo en programa político, pero una utopía que, con la ayuda de la teoría económica con la que se identifica, llega a pensarse como la descripción científica de lo real?” Como real, no como utopía, el neoliberalismo, afirma Bourdieu, es sólo expresión de sus brazos armados, el FMI o la OCDE, y de las políticas que estos imponen: reducción del coste de la mano de obra, restricción del gasto público y flexibilización del mercado de trabajo, lo que va a afectar más que nada el mundo del trabajo de los jóvenes. En contra de estos jóvenes es precisamente que trabaja el discurso de la mala copia de Steve Jobs llamado Ricardo Anaya.

Por si no teníamos candidato es hora de que cada quien comience a trabajar por el suyo, ¿o no?

*Profesor jubilado

gomeboka@yahoo.com.mx

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