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Víctor Pavón

Para Fernando Díaz de León (QEPD),

César Gutiérrez,

Gerardo Martínez

y Miguel Ángel Guzmán

edificio1985-La pala mecánica mueve los escombros del edificio destruido. Una cuadrilla de voluntarios espera la señal para buscar sobrevivientes entre los montones de concreto. Las personas van y vienen. Otras están atentas a los trabajos de auxilio. Los rescatistas han dicho que luego de varios días los habitantes de los primeros pisos tendrían pocas posibilidades de salir con vida.

Ya casi es de noche. Unos faros colocados al costado del inmueble destruido iluminan el trabajo de la máquina. Fernando está sentado en la banqueta de enfrente. Mira al cielo. “Espero que hoy no llueva como ayer”, piensa mientras fuma un cigarro. Siente su calor entre los dedos porque está a punto de consumirse. Extrae una cajetilla de su pantalón y toma otro más. Lo enciende con el que casi se termina.

Aspira el cigarro recién prendido, mientras arroja el otro con el dedo más largo de su mano derecha. Al rodar por el piso, la colilla suelta una pequeña estela de partículas encendidas hasta quedar a la mitad de la calle. Fernando observa las líneas onduladas del humo en el asfalto mientras recuerda la mañana del día del terremoto, ocurrido dos semanas antes.

Ese día, al salir de la ducha, vio a su mujer que le preparaba el desayuno. “Como quisiera quedarme en casa, me tiene harto el ambiente en la oficina”, le dijo en esa ocasión. Luego entró a la recámara para vestirse.

—Ya falta poco para tus vacaciones —dijo la mujer cuando Fernando salió de la habitación. Le dio una taza con café.

Su esposa traía puesta una bata rosa y la cabellera la tenía amarrada con una cinta blanca.

—Cada día que pasa mi jefe está más insoportable. Siempre nos amenaza con lo del recorte de personal —le comentó luego de un sorbo de café.

Y entre esos recuerdos Fernando levanta la mirada y observa a unos rescatistas que dan instrucciones a la cuadrilla de voluntarios. Vuelve a chupar el cigarro y se incorpora. Tira el tabaco y se dirige hacia donde está el grupo. Luego de expeler el humo se acomoda el cubrebocas que lleva en el cuello y mira sus manos maltratadas por el acarreo de los escombros. Antes de llegar hasta donde está el grupo, pasa a un lado de una ambulancia que tiene las puertas traseras abiertas. A un costado de la unidad hay unas camillas.

La pala mecánica se detiene. Los rescatistas llaman a los voluntarios de la cuadrilla. Fernando se acerca para buscar a su mujer y a su hijo entre el concreto y las varillas. Uno de los auxiliares le dice:

—Debes descansar, casi no has parado.

Lo ignora y se reúne con los voluntarios que forman una cadena humana. Fernando va al frente. Toma un pedazo de concreto y lo da al que está atrás de él. Y así, uno tras otro, pasan los escombros como si fueran hormigas. Entre los tabiques esparcidos ve un cuadro del matrimonio que vivía arriba de su departamento, en el cuarto piso. Ellos se salvaron porque el día del terremoto salieron temprano para ir a trabajar.

Luego observa un disco de acetato roto de la Sonora Santanera, y recuerda a los vecinos del departamento 407, los que no dejaban dormir los viernes porque se reunían para bailar y cantar. Entre los tabiques y las varillas retorcidas encuentra una lámpara de esquina, pedazos de sillas de madera de otros inquilinos, pero nada de su familia.

Ese día su esposa le había dicho que el niño no iría a la escuela porque la noche anterior había vomitado, posiblemente debido una infección estomacal. Cuando terminó de desayunar Fernando encendió un cigarro, mientras veía por el televisor el noticiario de la mañana. Su mujer terminaba de lavar los trastes recién utilizados.

—Te va a hacer daño fumar tan temprano —le dijo ella, al sentarse para beber café con su marido.

Él ignoró el comentario de su esposa y le dijo:

—Espero que hoy no se les ocurra pedir que me quede a trabajar tiempo extra, si no saldré muy noche y no volveré a ver al niño porque ya estará dormido —dijo Fernando y dio otro sorbo a su café. Luego se levantó para ponerse el saco. La mujer tomó el florero japonés que estaba en el centro de la mesa y quitó las hojas secas del ramo de rosas.

Antes de irse a trabajar Fernando abrió la puerta de la recámara de su hijo y lo vio dormido, cubierto con una cobija que tenía la figura del Hombre Araña.

La voz de un rescatista lo saca de sus pensamientos. Las instrucciones son que los voluntarios bajen de lo alto de los escombros porque la pala mecánica entrará otra vez en acción.

—¡Esperen, estamos cerca, he visto pertenencias de mis vecinos, estamos cerca! —grita Fernando y toma otro trozo de concreto y lo pasa al voluntario más próximo.

Los rescatistas insisten en que es necesario mover los escombros, dicen que es imposible encontrar con vida a alguien más. Que ya ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, Fernando continúa moviendo los pedazos de concreto. Los demás sólo lo miran. Es evidente el cansancio en sus rostros a pesar del polvo y los cubrebocas. Empieza a llover.

El operador de la máquina enciende el motor. Algunos voluntarios tratan de convencer a Fernando para que baje de la montaña de piedras. Lo toman de los brazos, pero se resiste y logra soltarse. En seguida se hinca y escarba con sus manos la tierra húmeda. El sudor de su frente se confunde con la lluvia que resbala por su cara. Entonces encuentra un trozo del florero japonés que estaba en la mesa donde tomaba café la mañana del temblor. Grita que ya llegaron donde está su familia.

Las luces de los faros se dirigen hacia donde está Fernando. Los demás voluntarios que ya bajaban regresan de inmediato y empiezan a mover de manera desordenada los escombros. Luego de algunos instantes uno de ellos siente que oprime algo blando y quita la tierra. Una parte sobresale de un cuerpo hinchado, ennegrecido. Tiene la bata de la mujer de Fernando.

En seguida llegan otros rescatistas y hacen a un lado a la gente que estaba escarbando. También suben los camilleros y un médico forense. Dos voluntarios toman de los brazos a Fernando y observan cuando quitan la tierra y los trozos de concreto. La posición de la mujer está bocabajo cubriendo a su hijo con su cuerpo. El niño aparece envuelto en una cobija con la figura del Hombre Araña.

Fernando se sienta en una piedra a un lado de los rescatistas y observa cuando introducen a su mujer y a su hijo en unas bolsas de plástico negras. Después los llevan en las camillas hacia la ambulancia. Fernando se levanta. Mientras los observa enciende un cigarro y aspira profundamente. Contiene el humo por unos instantes y luego se va.

*Tomado de la Antología Prohibido Fumar, editado por Marea Alta

Prohibido fumar

AMN.MX/bhr

 

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