HOMO ESPACIOS: Ritmo Mob & Gang

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Por Glen Rodrigo Magaña / HOMO ESPACIOS
Operaciones de clubes clandestinos durante la Ley Seca, la gestión de derechos y regalías en la era del rock y el soul, crooners en los casinos de “la cosa nostra” en Las Vegas y las estructuras empresariales en el hip-hop contemporáneo. Episodios en la historia de la música que ha bailado al ritmo de la mafia, entre explotación, lavado de dinero y violencia que ha condicionado las carreras de íconos como Louis Armstrong, Sammy Davis Jr. y Young Thug.
En el periodo de la Ley Seca (1920-1933), la prohibición del alcohol creó el caldo de cultivo perfecto para que mafias como el Chicago Outfit de Al Capone tomaran el control de la vida nocturna a través de los “speakeasies” o bares clandestinos. En este entorno, grandes figuras del jazz como Louis Armstrong, encontraron sus primeros escenarios, aunque el precio fue una vigilancia criminal constante. El mánager de Armstrong, Joe Glaser, fue un hombre con profundos nexos con el sindicato del crimen, que lo protegía de extorsiones rivales a cambio de controlar su vida y gran parte de sus ganancias. La coerción era moneda corriente y en 1926, el pianista Fats Waller fue secuestrado a punta de pistola después de una actuación, llevado a Cicero para tocar en la fiesta de cumpleaños de Al Capone durante tres días consecutivos, regresando a casa ileso y con los bolsillos llenos, pero marcado por la amenaza latente de sus anfitriones.
A medida que el sonido evolucionó hacia el rock and roll y el R&B a mediados de siglo, la mafia sofisticó sus métodos de control, infiltrándose en la estructura corporativa de las discográficas. Ejecutivos como Morris Levy de Roulette Records, fueron señalados por tener vínculos con familias criminales de Nueva York y por aplicar políticas brutales para apropiarse de derechos de autor, una práctica resumida de pagar a los artistas con “un sándwich y una pistola”. En Chicago, los hermanos Leonard y Phil, de Chess Records, bajo la protección del Outfit, establecieron un sistema donde leyendas del blues como Muddy Waters recibían Cadillacs regalados, en lugar de sus regalías legítimas, manteniéndolos ricos en apariencia, pero perpetuamente endeudados con la compañía. Además, cuentan que la payola -sobornos para sonar en la radio-, se institucionalizó con ayuda de la mafia para romper barreras raciales, permitiendo que la música negra llegara a audiencias blancas a través de DJs como Alan Freed.
En el brillo de Las Vegas, la relación entre artistas y gánsteres alcanzó un nivel de complejidad social y racial. El Rat Pack, liderado por Frank Sinatra, operaba bajo la mirada de dueños de casinos vinculados a la mafia como Sam Giancana. Si bien Sinatra usó esta influencia para desafiar la segregación exigiendo trato igualitario para Sammy Davis Jr., la protección tenía límites siniestros. Cuando Davis Jr. inició un romance con la actriz blanca Kim Novak en 1957, los jefes de los estudios recurrieron al hampa para amenazarlo con dejarlo ciego o romperle las piernas, forzándolo a contraer un matrimonio falso con la cantante afroamericana Loray White para salvar su vida. Quienes se negaban a someterse a estas reglas, como el crooner Jimmy Roselli, pagaban un alto precio a pesar de su talento, fue vetado de radios y grandes escenarios por rehusarse a compartir sus ganancias con la mafia, quedando relegado por este boicot a su carrera artística.
Hacia finales del siglo XX y principios del XXI, la dinámica experimentó un giro drástico, el hampa dejó de ser el jefe en las sombras para convertirse en los creadores de la industria. La Black Mafia Family (BMF), fundada por los hermanos Flenory, acusados de usar su sello discográfico para lavar cientos de millones de dólares procedentes del narcotráfico, invirtiendo la vieja fórmula al usar la música como plataforma para el capital ilegal, este vínculo, ha culminado en casos recientes como el juicio bajo la ley RICO contra el rapero Young Thug y su sello YSL, donde la fiscalía ha utilizado las letras de las canciones como evidencia literal de actividad criminal, reavivando el debate sobre cómo el sistema de justicia interpreta la cultura urbana.

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